Aquel Hotel México y este World Trade Center

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“Entre diciembre de 1966 y enero de 1967 una horda de albañiles e ingenieros invadió el viejo Parque de la Lama, con 54000 metros cuadrados de abedules y palmeras, en las esquinas de Dakota y Filadelfia con Avenida Insurgentes.

Sobre el parque el multimillonario Manuel Suárez alzaría una torre de 219 metros. Según la publicidad, el Hotel de México tendría 51 pisos para alojar a 3100 personas, 1508 habitaciones hexagonales, entre ellas, 1118 recámaras, 132 suites ejecutivas, tres suites ministeriales y dos presidenciales, cuatro cafeterías con capacidad para 800 personas, seis restoranes para 1240 comensales, un restorán giratorio en lo alto de la torre, catorce comedores privados que atenderían a 850 personas, un elevador panorámico para mirones y diecinueve más para cargar y descargar botellas, pasajeros, equipaje, un mirador cubierto y dos al descubierto para contener a 1000 personas cada hora, cinco salones de fiesta para seis mil celebrantes, un cabaret principal, trece bares para 2000 sedientos, un salón de convenciones para 3000 delegados y servicios para nueve mil convencionistas, estacionamiento para 2000 autos, un helipuerto con servicios aduanales (del mismo tamaño que el construido por el propio Manuel Suárez en El Casino de la Selva de Cuernavaca) y que permitiría el transporte de 40 visitantes en dos helicópteros Sikorsky, un monorriel que llevaría en menos de una hora a sus pasajeros a Cuernavaca, un health club, un centro comercial helicoidal de 2000 metros cuadrados con tiendas de artesanías, bancos internacionales, joyerías y el Polyforum Cultural Siqueiros que albergaría una pintura mural de 4600 metros cuadrados, un teatro con capacidad para 2000 espectadores, un museo con capacidad para contener a 1100 personas simultáneamente y un hotel anexo para los choferes, guardaespaldas, secretarias, mucamas y criadas de los visitantes. El Universal calculaba: “Cada quince minutos entrarán 1000 personas”

Era el tiempo en que las ilusiones todavía tenían un plazo para cumplirse: este sexenio, con este presidente, ahora sí, con 165 millones de pesos, antes de que me entierren. Manuel Suárez había declarado el 12 de septiembre de 1969, cuando el proyecto parecía interminable: “Me urge acabarlo antes de que me muera” Dieciocho años después, el 23 de julio de 1987, Suárez murió y el Hotel de México era el armazón más alto del continente, siempre en procesos alternados de derrumbe e inminente inauguración.

A Suárez lo atrapó la modernización empresarial: dueño de tierras, careció de liquidez. Varias veces trató de terminar el Hotel de México, pero nunca logró ni siquiera empezar. Primero luchó contra el regente de la ciudad, Ernesto Peralta Uruchurtu, para obtener los permisos para arrasar con un parque inmenso; después trató de conseguir créditos que siempre tenían intereses onerosos, y más tarde comenzó a vender sus fábricas de asbestos Eureka, tierras que el gobierno de Echeverría pensaba expropiarle, y hoteles. El de México era un abismo financiero. Más de 70 millones de dólares quedaron sepultados en la estructura del hotel. Al final, medía 194 metros y ya no era el edificio más alto de la ciudad.

En algún tiempo se podía subir al hotel, entre andamios, apuntalamientos con varillas oxidadas, a una discoteca en lo alto de la construcción. Ahí las lobas de Insurgentes desplazadas por los travestis llamativos negociaban su precio con los jóvenes afiebrados que habían logrado subir por las escaleras de emergencia a la cúspide del castillo. A veces estos encuentros se daban encima de las alfombras mohosas del hotel, entre los restos de un costal de cemento y las cortinas caídas, con jadeos acelerados y el ruido del chicle en las muelas tapadas de la servidora. Y fueron precisamente las putas las que primero hablaron a la prensa de aquella extraña mascota de una camarera que había muerto en 1978 dentro del hotel. La bestia salía de los rincones oscuros y, de pronto, rozaba con su pelambre a algún cliente sudoroso. Alterados, los vivos volteaban y veían un animal en dos patas chorreando leche de los pechos. Se especuló mucho: ratas prófugas del subsuelo, perros callejeros mutantes, tortugas ninja adolescentes. El Hotel México fue terminado a costa de su nombre. Hoy se llama World Trade Center”

Fabrizio Mejía Madrid
Pequeños actos de desobediencia civil
Cal y Arena
México 1996

Tomado de: www.oocities.org/es/ciudaddelaesperanza


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