Aquellos diciembres…

Por Alberto Barranco Chavarría


Árbol de Navidad en el mercado de la Merced 1957

Más allá de la escarcha temblorosa en fresnos, sauces y álamos de la Alameda; del nácar en llamas de la luna, y del azul olor a eucalipto, a diciembre lo adivinaba el trajín: la carrera del farolero contra la oscuridad, ocote en ristre embistiendo a la trementina y al aguardiente; el lavado ritual de las cazuelonas para las torrejas enmieladas, los confites y canelones; la paciente confección: plumas de ganso, cera de Campeche, alambre de zinc, de las alas de los ángeles de la pastorela…

Y los parlamentos de Sor Juana Inés de la Cruz, que a veces ni con sangre entran:

“Festejen y aplaudan en
aqueste día
la posada hermosa
de José y María
ángeles y arcángeles
venid a cantar
hoy en la posada
que hay en mi corral”.

Y luego, la devoción, orgullo de la casa y sonrojo de las solteronas, de las rodajas de jícama en forma de estrellas; el modelado de las aceitunas para volverlas animalitos; los rábanos calados hasta hacerlos flores, velas encendidas, faroles y a veces hasta Niños Dios. El bordado de los manteles. El desempolvamiento de las figuritas de barro para el Belén…


Nacimiento en la Plaza de la República, Ciudad de México. 25 de noviembre de 1977.

… mientras se prepara la inevitable marcha al Zócalo, al vuelo de cuatro canastas y la fuerza de dos criados de cordel: “La plaza de la Constitución -evoca Antonio García Cubas en “El libro de mis recuerdos” – era en los días del Novenario o de las Posadas una babel, en donde las voces de los que ofrecían sus mercancías y de los compradores, los gorgeos mal imitados que producían los muchachos soplando sin cesar sus flautillas de carrizo y pitos de hoja de lata y el murmullo de la multitud producían una confusión inexplicable. Por aquí veíanse montones de grandes ramas de oloroso pino o cuevitas de nacimiento de heno y algunas flores, y por allá las mesas con sus sombrajos y tiendas improvisadas en que se vendían juguetes muy variados en sus formas y tamaños, hechos de diversas materias y destinados para repartir en ellos la colación durante la noche… ”

Si en Semana Santa los portales de mercaderes y de la Diputación, uno frente al Palacio Nacional, otro frente a la Catedral, albergaban la venta de judas y matracas, y el 2 de noviembre los entierritos de barro y alambre, además de la vitualla para la ofrenda, en el último mes del año estaban ahí los peregrinos; las mulas, los bueyes, los pastores, los ángeles, los portales de madera adornados de algodón y rociados de talco; los pocitos capaces de hacer fluir agua; las estrellas y cometas de estaño; los arbolitos y pinitos; los farolitos de papel, los dulces de colación, los perones, jícamas, granadas chinas, cacahuates y huacamoles…

… mientras al interior del Parián -el mercado de importación que se robaba, hasta 1843, la mitad de la Plaza de Armas, donde se puso el zócalo del frustrado monumento a la Independencia diseñado por el arquitecto Lorenzo De la Hidalga- se conseguían las figuras de porcelana, los abanicos, los espejos de marco de carey, las peinetas, las mantillas para adornar los árboles de Navidad, en tanto media docena de mozos colgaban ramas de pino entre las trabes de la puerta para formar arcos, de los que colgaban farolitos de cristal, a la par de la colocación de docenas de bujías en la sala, los corredores y el patio de la casa.

El revoloteo, sin embargo, hacía un paréntesis la madrugada del 12, para cruzar a pie, en carretela o en ómnibus la calzada de Guadalupe o del Tepeyac, que nacía en el Puente de Santa Ana, justo frente a la antigua Garita de Peralvillo, y desembocaba en la Villa.

“Es la Ciudad de México -escribía Ignacio Manuel Altamirano- que se traslada al pie del santuario, desde la mañana hasta la tarde, formando una muchedumbre confusa, revuelta, abigarrada, pintoresca, pero difícil de describir.


Iluminación navideña 1967

“Allí se codea la dama encopetada de mantilla española o de sombrero de plumas con la india enre¬dada de Cuautitlán o de Azcapotzalco; allí se confunde el joven elegante con el tosco y barbudo arriero de Ixmiquilpan, o con el indio medio desnudo de las comarcas de Texcoco, de Coatepec o de Zumpango, o con el sucio lépero de la Palma o de Santa Ana. Y no existen allí las consideraciones sociales, todo el mundo se apea y se confunde con la multitud. La señora estruja sus vestidos con la humilde hija del pueblo, con los calzones del peregrino de la tierra adentro. No se puede entrar al santuario sino a empellones, no se puede circular por la placita, sino dejándose arrastrar por una corriente inevitable”.

“Después de oír misa precisamente en la Colegiata o fuera de ella por la gran aglomeración -escribió a su vez Manuel Payno-, van a la Capilla del Pocito y beben en unas jarras de cobre que hay allí una gran cantidad de agua salobre y sulfurosa. De la Capilla Pocito pasan a la del cerro y se encomiendan de nuevo a la Virgen y de allí se van a almorzar en medio de las breñas y los abrojos de la montaña. El almuerzo se compone de piernas de chivo secas, que llaman chito, con una salsa de chile amasada con pulque que llaman borracha.

“Luego del almuerzo duermen la siesta a la sombra de una peña o de una pared vieja y así que el sol declina bajan a la plaza a comprar unas gorditas de maíz molido con dulce, que son del tamaño de un real y que no las hacen en ninguna otra parte del país mas que en el santuario.

“Ya entrada la tarde regresan todas las familias a pie, rezando unas el rosario, cantando otras y todas amando a la Virgen de Guadalupe y con unas ramas de álamo, un cántaro de agua sulfurosa y los pañuelos y bolsillos llenos de tortillas, que son los trofeos que forzosamente se traen de la peregrinación y los regalos que ansiosos esperan los chicuelos y parientes que se han quedado en casa”.

¿Cuándo fue la primera vez?: El caso es que el Monitor Republicano del 20 de diciembre de 1878 describía el pino de Navidad de la casa del General Miguel Negrete: “El árbol sembrado de luces, cubierto de heno extendido, con sus ramas a gran distancia de las que colgaban como 250 juguetes entre los que cada invitado tenía derecho a elegir uno designado por un número que de antemano se repartió. Los juguetes eran de muy buen gusto y aún de lujo”.

Al ingreso de cada invitado a la casa de la posada (“Ábranse las puertas / rómpanse los velos / que viene a posar / el rey de los cielos”), se le presentaba una cajita, de la que extraía un papelito con un número: rosa si era dama; azul si era hombre.


Ambiente navideño en la Alameda de la Ciudad de México. 25 de diciembre de 1970.

Cantada la letanía al compás de una orquesta de salón o al menos un cuarteto de cuerdas de cieguitos; rota la piñata, repartidos los minúsculos tompeates tejidos con la colación, las bolsas de estraza con las canas, cacahuates, naranjas y mandarinas; circulados los jarros de ponche de granada y los platos de buñuelos, la señora de la casa hacía el reparto de regalos: “¿Quien tiene el 14? ¿Quien el 29?

Y el fin de fiesta era la pastorela, adornada con una escenografía de cartón corrugado, semejando tradicionalmente el paisaje del Valle de México; túnicas y zapatos de raso blanco bordados de oro, y cuernos de diablo endurecidos con almidón.

Aunque a juicio de Fray Bernardino de Sahagún los aztecas celebraban a su modo las posadas (“A los 16 días de este mes todos los populares aparejaban ofertas para ofrecer a Tláloc; las fiestas tenían características coincidentes con las posadas; su duración de cinco días era previa a la llegada de los tlaloques, los dioses del agua. Se erigía un altar en el cual se representaban las montañas del paisaje mexicano”).El origen de éstas hay que ubicarlo en el convento de San Agustín de Acolman, cuyos religiosos organizaban representaciones del advenimiento en los nueve días previos a la Navidad.

Uno de ellos, Fray Diego de Soria, le pediría al Papa Sixto V, en agosto de 1586, permiso para celebrar en la Nueva España, del 16 al 24 de cada diciembre, misas de aguinaldo, cuya modalidad era el permitir la presencia de cantos populares entre la liturgia.

Y aunque cada iglesia tenía su estilo, en la capilla de Aránzazu -hoy la iglesia de San Felipe de Jesús de la calle de Plateros, luego San Francisco y ahora Madero-, se integraron coros para ordenar la opción, en tanto en la desaparecida capilla del Calvario, en la calle Colegio, luego San Juan de Letrán, se aceptaba que los fieles tocaran instrumentos de viento. El común denominador del jolgorio eran sones populares.

Lo cierto es que a la salida de la misa de aguinaldo la gente bailaba en el atrio, y luego en la calle… mientras llegaban la música y las golosinas: ya los buñuelos bañados de miel de tejocote; ya los pasteles de yemas; ya las torrejas… y el ponche, al que se le agregaba un chorrito de ron a guiza de piquete.

“Y era de verse -comentaba el Siglo XIX del 17 de diciembre de l874-, el entusiasmo con que baila¬ban la mazurca por la banqueta de la calles de San José del Real” (hoy Isabel la Católica).

“Eran las posadas -recordaba Ignacio Manuel Altamirano- con sus inocentes placeres y con su devoción mundana y bulliciosa; era la cena de Navidad con sus manjares tradicionales y con sus sabrosas golosinas; era México, en fin, con su gente cantadora y entusiasmada que hormigueaba esa noche en las calles comiendo gallo; con su plaza llena de puestos de dulces; con sus portales resplandecientes; con sus dulcerías francesas que muestran en sus aparadores iluminados con gas, un mundo de juguetes y de confituras preciosas, eran los suntuosos palacios derramando por sus ventanas torrentes de amor y armonía”.

Si en las casonas fluían las nochebuenas, las ramas de pino, los candeleros de plata y los faroles importados de Filipinas vía la Nao de China, en las vecindades de adobe buenas eran las cadenas armadas con papel de china y pegadas con engrudo. Las tiras de hilo de cáñamo en las que se colgaban el heno y las figuras de papel picado, y los nacimientos con figuras de paja… …

y a falta de orquesta de salón, buena también era la vihuela del vecino del seis, y la flauta de carrizo del cinco.

Y quien se fija si las velas para la procesión eran de sebo.

Aquellos diciembres …

“Noche blanca de diciembres, mes azul de Navidad”, escribiría el poeta Jaime Torres Bodet.