boletín semanal

¿De cuatro a dos ruedas?

Por Javier Rojas Aránguiz

En la historia del hombre se han fabricado, aproximadamente, mil millones de autos de los cuales circulan actualmente más de 650 millones. Gran número de máquinas que se movilizan en las calles, los que para sus dueños no son simplemente un medio de transporte, más bien son elementos que configuran, adaptan y forman a su conductor, y no al revés como se cree.

El vehículo participa en la acción que desarrolla quien lo utiliza, no sólo transporta, sino más bien plantea nuevas definiciones sobre cómo habitar, viajar y sociabilizar en y con el mundo; pasa de ser un simple medio a ser un actor, razón que explica por qué es uno, si no el principal objeto de consumo para miles de personas.

Pero éste actor no sólo se involucra en las acciones, también produce efectos. Es uno de los principales productores de agentes contaminantes del aire, está involucrado en innumerables accidentes mortales, pero no nos quedemos sólo en eso, que ya es parte del saber común. El punto radica en que el automóvil va adaptando el espacio material y social, transformándolo en uno de los principales promotores de fragmentación y deterioro de los espacios públicos.

Conociendo estos efectos y tratando de ser consciente de los mismos, no se puede pretender proclamar un mundo sin autos. Tampoco es posible afirmar que el causante de todos los males de la sociedad es el auto, pues ha cumplido, y seguirá cumpliendo, una importante función.

Cada día parece más común oír de boca de muchas personas lo preocupados que están por el desarrollo de la ciudad, y lo sensible que son al medio ambiente y a la temática ligada a un mundo sustentable, autodenominándose “ecologistas”. Ahora viene la primera, y sin duda alguna, una de las mayores contradicciones a las que se enfrentan estos “activistas ambientales”: dejar de lado el auto y buscar nuevos medios de transportes, sin sacrificar la comodidad; y, obvio, la bicicleta no tiene cabida en esta búsqueda, ya que es considerada simplemente como un juguete infantil o un mero implemento deportivo.

Con esta mentalidad, o al menos mala aplicación de los ideales ecológicos que persiguen estos “ambientalistas”, nos pone, al menos en un nivel local, en un complejo escenario, el que dista mucho de la conciencia del uso de la bicicleta, en la que la bici es considerada un vehículo y no un entretenimiento y/o deporte. Tal es el caso de algunas ciudades europeas como Ámsterdam o Copenhague, sólo por nombrar las más emblemáticas y dignas de ser un ejemplo a seguir.

Ahora bien, si vemos que este ideal se puede llevar a cabo es válido preguntarse, ¿Cómo cambiar esta visión? O más bien, ¿Cómo generar conciencia social del correcto uso de la bicicleta?

Ante ésta problemática situación, variados urbanistas, sociólogos, ingenieros en transportes y activistas de la causa han creado una importante literatura especializada, que se dedica a mostrar los instrumentos y medidas más eficientes para fomentar y mejorar el correcto uso de la bicicleta en las ciudades.

Y es aquí donde se generan dos corrientes: la primera responsabiliza el bajo uso de la bicicleta a la falta y deficiencia de infraestructuras urbanas dedicadas al ciclismo, tales como ciclovías, señaléticas y normas de tránsito. Su principal premisa es que sólo se perderá el miedo a usar el vehículo de dos ruedas en las calles si las mejoras citadas se implementaran en un corto periodo de tiempo.

Otros autores proponen más que mejoras en infraestructura, cambios en la mentalidad, enfatizando en restructurar modos de vida y adoptar nuevos hábitos.

Es aquí donde se genera un punto de tensión, pues suele entenderse que son dos corrientes contrapuestas, pero que deberían ser complementarias, ya que ambas - entendidas como un conjunto - producirían un cambio real, efectivo y, sobre todo, posible.

Pero tras esta división se esconde una importante duda, para lograr el cambio ¿Debemos dar preferencia a los factores sociales por encima de los materiales? ¿O viceversa?

Utópico sería pensar que sólo con un cambio en la infraestructura vial se generará automáticamente un cambio social en la masa, creando conciencia dentro de ésta. Pero al menos se puede creer que producirá o proporcionará los elementos necesarios para generar una nueva mirada. No debemos olvidar que todo cambio cultural se sustenta y determina en un cambio material.

El problema está en que no se puede determinar qué va primero y qué va después, si las ciclovías o la educación en los colegios, pues en cualquier análisis serio y sistemático se observará que ambas dimensiones, tanto material como social, se coproducen y necesitan mutuamente.

Dos tesis que quizás no se unan, pero que vale la pena recordar, pues nos plantean que la bicicleta debe ser concebida como una invitación a pensar colectivamente un paradigma socio-técnico alternativo. “Capitalismo verde”, “descrecimiento”, “desarrollo sustentable”… llámenlo como quieran, el hecho es que bien implementada, puede participar significativamente en la composición de una cultura política y ciudadana diferente. La bici es una invitación a experimentar e innovar en nuestras formas de producir lo colectivo.


Fuente: El Callejero | Con los pies en la calle

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