Por Regina Zamorano*
La vocación comercial del Centro ha resistido, como ninguna otra, el paso de los siglos. En la época prehispánica se comerciaba en canoas a través de las acequias de Tenochtitlán; hoy, la zona es uno de los principales centros de comercio popular del país.
Aquí se puede hallar un botón y un piano de cola, un rubí y una podadora, un chip y un jacuzzi. No en balde el dicho "si en el Centro no lo encuentra, es que todavía no se inventa".
La Cámara Nacional de Comercio (Canaco) de la Ciudad de México apunta que de acuerdo con el último Censo Económico realizado por el inegi (2009), en la Delegación Cuauhtémoc hay 35 mil 829 comercios. De ellos, 24 mil 650 (68.8%) están en el Centro "y atraen cientos de miles de compradores todos los días". Las calles o tramos de calles especializados en algún ramo, moderno o tradicional, son más de 50. Bolívar es conocida por sus tiendas de instrumentos musicales; la zona de Mixcalco es clave para el comercio de ropa; San Pablo es la meca de las bicis y Victoria, la del material eléctrico.
Algunas de esas vocaciones comerciales datan de la Colonia, como la de Plateros, hoy Madero; de otras sólo queda el nombre, como el Callejón de Tabaqueros. Unas más nacieron recientemente: cuando en Alhóndiga declinó la venta de chiles secos, se convirtió en el "Wall Street de la belleza".
Km. cero exploró algunos casos y descubrió, además, las historias de incontables familias que han construido su patrimonio en el Centro.
Hilos, organillos y navajas
La Mercería del Refugio, en el número 109 de Venustiano Carranza, es el tercer comercio más antiguo de la Ciudad. Creada en 1826, cumple 185 años.
Los fundadores fueron dos franceses, los señores Billonneau y Cassou, quienes instalaron su tienda, llamada Gran Sedería del Refugio y luego La Barata, sobre la calle de Tlapaleros, hoy 16 de Septiembre. Luego se asociaron con don Bernardo Atchoarena y abrieron la Gran Mercería y Sedería del Refugio, en donde hoy se ubica.
En entrevista vía telefónica, don Luis Loustalot, de 89 años y dueño del negocio, rememoró cómo su abuelo entró a trabajar con aquellos empresarios a los 14 años, en 1904.
"Diario se pasaba el dinero de la venta, de La Barata a La Mercería, en una carretilla, en bolsas de lona con oro adentro. La carretilla iba atrás y mi abuelo adelante, así de seguro era México".
Su abuelo destacó, y los dueños empezaron a mandarlo a Francia a comprar la mercancía: "El negocio dependía cien por ciento de la importación, en México no se fabricaba casi nada".
La Mercería era la distribuidora más importante de artículos de sedería, mercería, organillos y navajas. "La gente en las rancherías se entretenía con el organillo, no había radio, ni nada (…) vendíamos una barbaridad de eso".
La competencia era fuerte. "En toda la calle de Venustiano Carranza empezaban las mercerías, todo Correo Mayor, Academia, hasta Moneda. La gran mayoría (de los comerciantes) eran libaneses, la única mercería mexicana era la nuestra, no sé ni cómo sobrevivimos".
Loustalot recapitula: al menos siete generaciones han estado a cargo del negocio. Durante la Segunda Guerra Mundial cambió de giro pues la mercancía (hilos, listones, tiras bordadas) dejó de llegar de Europa. Su padre introdujo algunos juguetes "muy rudimentarios" como cochecitos de hojalata, tambores y cubetitas.
Ahí nació la vocación de juguetería que conserva hasta la fecha en sus 11 sucursales. "Los niños están creciendo con la idea de que 'mercería' es juguetería. Pero quitar ese nombre, es quitar la historia", afirma.
La herencia libanesa 
Como describió Loustalot, varias calles del oriente del Centro están ocupadas en gran parte por mercerías, tiendas de telas y boneterías herencia de los libaneses.
A esa zona de La Merced llegaron inmigrantes judíos y libaneses a finales del siglo xix. En 1905 se contaban casi cinco mil libaneses en México.
Muchos empezaron vendiendo por las calles y caminos del país, cargando un cajón con artículos como calcetines, botones y agujas. Fueron los primeros en vender en abonos.
Gracias a su disciplina y austeridad se fueron haciendo de locales para sus negocios, casi todos de ropa o de telas.
En el Centro, las comunidades libanesa y judía se instalaron en las calles de Las Cruces, Capuchinas (hoy Carranza), República de El Salvador, Correo Mayor, Uruguay y Jesús María.
Allí llegaron Julián Slim Hadad, el padre de Carlos Slim Helú, y sus hermanos. Don Julián instaló en 1904 la mercería La Estrella de Oriente, en la calle de Capuchinas.
En esos tiempos "a todos los inmigrantes de Medio Oriente les decían turcos", relata Ubaldo Helú, propietario de la tienda Hélus, ubicada desde hace sesenta años en El Salvador 157.
"Cuando mi papá llegó (a fines de los años cuarenta) los libaneses ya se estaban yendo del Centro. Antes vivían aquí, pero después emigraron a la Roma, Polanco o Lomas de Chapultepec".
Todavía se puede hablar de una comunidad libanesa en el Centro, "ya no como residentes, sino de negocio. En esta calle contamos a 20 fácil", afirma, al referirse a las tiendas de telas.
Familia eléctrica 
En la calle de Victoria, al sur de la Alameda, más de 300 comercios de equipo y material eléctrico inundan la zona con lámparas, luces de neón, candiles, cables, ductos, interruptores y más.
El giro abarca parte de la calle de Dolores, pasando el Barrio Chino, Aranda, entre Artículo 123 y Ayuntamiento.
Yolanda Slim, presidente de la Asociación Nacional de Comerciantes de Material y Equipo Eléctrico (ancomee), dice que los primeros comercios de este tipo se instalaron hace más de 60 años en la calle de José M. Marroquí.
"Viendo que tenían mucha demanda, otros empezaron a poner tiendas, pero entre estas personas se hicieron amigos, no hay competencia en el material eléctrico, hay mucha amistad, es una familia eléctrica", afirma.
De ahí se extendieron a Victoria, donde la Ancomee tuvo su sede, en el número 42. Ese lugar sirve hoy para capacitar al personal de los asociados y para que éstos se reúnan.
La Ancomee tiene 180 socios. Los 60 que están en el Centro —cada uno posee seis o siete tiendas— suman 30 por ciento de las ventas totales del sector.
El comercio de material eléctrico se ha extendido a otras partes de la Ciudad, como la colonia Doctores, pero el Centro aún es un lugar de referencia: "Es donde emergió el comercio eléctrico. La demanda es mucho mayor que en otros lados, tienen buenos precios, buenos materiales y tienen de todo. Y si no, hay bodegas de todas las marcas en las que se pueden surtir de inmediato".
Tan especializada como Victoria es San Pablo. Allí, en la década de los cincuenta, el italiano Giacinto Benotto fue el primero en instalarse, en el número 18.
Actualmente, todo ciclista, desde el novato hasta el profesional, puede hallar el modelo perfecto de bici en las más de 50 tiendas que hay en esa vía. Gracias al ciclotón y los paseos dominicales, las ventas en la zona han aumentado; sólo la casa Benotto reporta un aumento de casi 50 por ciento en los últimos tres años.
Al compás de Bolívar
La tienda de don Alejandro Álvarez, en Bolívar 77-D, se distingue de otra que lanzan a la calle notas electrizantes y a todo volumen, porque es pequeña y discreta. Sus vitrinas tienen un aire nostálgico, con un nombre pintado a la antigua: Musical Alexander.
El padre de don Alejandro fundó el negocio a principios de los años ochenta; ya tenía 30 años de experiencia con una tienda del mismo giro cerca de Garibaldi. Además, era músico, como lo son don Alejandro y su hijo, Yuri.
Por décadas el comercio de instrumentos musicales, accesorios y partituras en Bolívar estuvo dominado por dos gigantes: Repertorio Wagner y Casa Veerkamp. La primera fue fundada en 1851 en 16 de Septiembre, luego se mudó a Venustiano Carranza y, hace unos cuatro años, a Bolívar 41. La Veerkamp se estableció en Mesones 21 en 1908.
"Veerkamp ya tenía antigüedad y uno que se apellida López fue el primero que se les puso enfrente (en Mesones 22). Mi papá decía que estaba loco porque: ¡cómo una tienda enfrente de una súper tienda! Pero sí tuvo su éxito. Ya el segundo fue mi papá, y después comenzaron a llegar un montón", cuenta don Alejandro. "Son cincuenta, yo sí las he contado". Actualmente, sobre Bolívar se puede comprar desde una uña para rasgar la guitarra hasta lo necesario para armar una orquesta sinfónica. O instrumentos prehispánicos y exóticos, como el teponaztli (de percusión) y la cuica, cuyo sonido es característico de la samba.
La calle oferta, además, equipo de audio e iluminación para fiestas, conciertos y espectáculos, máquinas de humo, interfases de audio, cables, micrófonos, mezcladoras para DJs, bocinas y amplificadores.
Don Alejandro prefiere poner en valor lo mexicano. Su orgullo está en la venta de instrumentos de cuerda de Paracho, Michoacán, pero también tiene yembés —tambor africano—, contrabajos, violines checoslovacos, cuerdas, panderos y baquetas a granel.
Musical Alexander vende alrededor de 2 mil instrumentos al año. ¿El secreto? Ser pacientes con los músicos: "Tocan un rato y a lo mejor se dilatan media hora y no te compran, pero luego regresan por el buen trato".
Lo Último en tecnología
George Armenta es un personaje familiar en República de El Salvador. Hace 40 años que trabaja en el número 17 en la tienda de material electrónico Ariel.
"En esa época, empezó a llenarse", dice. Así se inició este tipo de negocio, el cual, conforme avanzó la tecnología, dio pie al comercio de computación, celulares y artículos electrónicos que ocupa la calle desde el Eje Central hasta Bolívar.
Según Armenta el primero en instalarse, en los años treinta del siglo xx, fue "el viejito Cornel", en el número 24, hoy tienda Aragón.
George cuenta que por la calle pasaba el tranvía y casi no había comercios, sólo una peluquería, un hotel y el estacionamiento del Cine Princesa, el cual "tumbaron para hacer otro estacionamiento (sobre Eje Central) y luego se hizo la Plaza de la Computación". El recambio ocurrió a fines de los ochenta; el fenómeno se repitió en Uruguay, donde había principalmente tiendas de ropa y zapaterías.
Actualmente, la Plaza de la Tecnología atiende a millones de clientes al año, según su página electrónica, y vende equipo de cómputo, de telefonía y fotográfico, videojuegos y artículos electrónicos.
El Wall Street de la belleza
La calle de Alhóndiga, entre Venustiano Carranza y Corregidora, era un corredor dedicado a la venta de chiles secos y semillas, pero un año después de la salida de la Central de Abastos del Centro, en 1983, llegó la primera tienda de artículos de arreglo personal, La Belleza.
Poco a poco, al ver que era negocio, se fueron instalando competidores. Hoy suman 23 tiendas que sostienen a 250 familias.
Como allí se definen los precios y la posición en el mercado de marcas y productos, para el D. F. y el país, la calle es conocida entre comerciantes y fabricantes como "El Wall Street de la belleza".
Hace cuatro años, algunos comerciantes empezaron a aplicar tratamientos de belleza en la calle. Cuando la vía se volvió peatonal, en 2009, el servicio se extendió. Hoy una decena de pequeños salones ofrecen uñas postizas, extensiones de cabello y de pestañas, depilación y planchado de cejas. Todo, a cielo abierto. 
Mixcalco, al grito de la moda
Ángel Mussi es propietario de 32 tiendas de su propia marca, Mussi, de las cuales 25 están en el Centro Histórico. Al año, fabrica más de 120 mil prendas de vestir y emplea a 850 personas.
La vida de la zona ha estado ligada a la industria textil desde que los inmigrantes libaneses y judíos instalaron fábricas de telas —como Kaltex—, hasta la inauguración del mercado de Mixcalco, especializado en ropa, en 1957.
Todo se inició "con un señor que se llamaba Carlos Romero, hace unos cincuenta años, él puso un negocio en el Callejón de Mixcalco". Pronto, otros comerciantes siguieron su ejemplo y en la actualidad sigue siendo un punto de fabricación y venta de textiles y ropa. Mussi tiene una fábrica allí, así como una bodega de telas.
Otros lugares especializados en ropa son el Mercado de ropa de La Lagunilla y las calles 20 de Noviembre, Pino Suárez e Izazaga.
Mussi, además, preside el Consejo de Asociaciones de Comerciantes Establecidos del Centro Histórico, que agrupa a mil 200 empresarios de siete sociedades, entre ellas la Federación de Plazas Comerciales.
Para él, uno de los mayores retos es "que se reordene el espacio público y el ambulantaje, porque nos hace mucho daño". 
Un potencial enorme
A decir de la Canaco, el Centro "es uno de los polos de actividad comercial más importantes del país".
La especialización por calles "es totalmente positiva, dado que ésa es una de las razones por las cuales los consumidores acuden al Centro Histórico, porque pueden optar por diversas alternativas en variedad y precios en un mismo espacio".
Gracias a la reubicación de los vendedores ambulantes y la creación de plazas para ellos, asegura, el comercio establecido se ha revitalizado.
Ángel Mussi lo confirma: "el Centro está cambiando, se está modernizando y hay gente invirtiendo. Si el Centro está en buenas condiciones, su potencial no tiene medida, la gente ni remotamente se da una idea de lo que ingresa de dinero en la zona a diario, son multimillones, en todos los rubros, ferretería, zapatería, textiles, plásticos, juguetería, cosas de importación, joyería, papelerías… ¿Qué no hay en el Centro?".
*Fuente: Kilómetro Cero – Noviembre 2011 – Número 40
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