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La ciudad del pecado

Por Carlos Monsiváis

LA CAPITAL 1900-1960
"He aquí que en maldad he sido formado, y en pecado me concibió el Centro de la Ciudad"


Mujeres caminando por una calle, Ciudad de México, ca. 1930- 1935. Fondo Casasola

¿Hasta qué punto surge otra Ciudad de México al desaparecer la dictadura de las atmósferas religiosas tan determinantes durante siglos, en especial las enderezadas contra el pecado? En el siglo XIX y en la primera mitad del XX, un gran equilibrio emocional de los que se consideran provincianos (y por tanto payos, aféresis de payasos, sujetos del ridículo desde la óptica de los capitalinos) es la posesión de un sistema de alarmas ante los daños morales que acechan en la gran ciudad. "Viajero detente y cuida tu salud espiritual. Has llegado a la región más liberada del temor de Dios, a la orgía que atrae a los incautos y los ahoga en actos licenciosos". Al hablar de la capital, los escritores decimonónicos acuden sin remedio a las admoniciones, y su moralismo se funde en la identificación sincera de pecado y gran ciudad. La carne es débil y nada la debilita tanto como el sinfín de oportunidades de la urbe.

Invocado para su extinción, el pecado más ostentoso atraviesa a la ciudad de lado a lado y se deja arrinconar en los guetos. A las prostitutas no se les permite en los pueblos salir de las "zonas rojas" y en la capital no ejercen su oficio fuera del territorio libre de virtudes, el ámbito cedido al pecado. Y por pecado se entiende casi todo: el adulterio, el onanismo, la prostitución, las miradas de codicia carnal, la cópula fuera del matrimonio, la cópula dentro del matrimonio sin propósitos reproductivos, la blasfemia, el matrimonio sólo por lo civil, la mala educación impartida a los hijos, el levantarle la voz a los padres, la inasistencia a misa, el olvido del diezmo y de la confesión regular. Como un rosario infinito, la lista se alarga a causa de la ubicuidad de los delitos teológicos, esa sombra que es el otro yo de la conducta, esa señal de los hacinamientos donde, en primer termino, se peca por falta de espacio. Al irse a la capital, los hijos reciben la bendición de los padres y un diluvio de consejos. (Las hijas se quedan en casa para recibir el alud de admoniciones que sólo mengua cuando se casan.)

A partir del gran ejemplo de Santa, de Federico Gamboa, la literatura en el periodo de Porfirio Díaz se esfuerza por describir alucinadamente a la Ciudad del Pecado en crónicas o narrativas que -a la vez- invitan y delatan. (Y esta literatura es alucinada, porque ya son los albores de la mercadotecnia.) Lo más frecuente es el recuento de la prostitución, de esos fantasmas de la carne pintarrajeados y lúgubres, de risas inhumanas y aspecto demencial, que bailan o se agitan en cabarets ínfimos y piqueras, en los sitios donde ningún porfirista llevaría a su madre, a sus hermanas, a sus amigas, a sus novias, a sus vecinas... donde, para acabar pronto, donde un porfirista va cuantas veces puede, solo o en grupo, en la conjura de las soledades ansiosas.


Prostitutas, Ciudad de Mexico, ca. 1932 FONDO CASASOLA

¿Cómo se reconoce el pecado? Por el estremecimiento moral, un reflejo condicionado de todos los tiempos. Lo vivido en un cabaret o una aventura es más o menos convencional y "propio de la condición humana". Pero el pecado enciende y acrecienta los atractivos de lo prohibido, y esto le concede a lo sexual, que ya de por sí tiene lo suyo, el aura de los peligros metafísicos, y su equivalente en condenas sociales. Hoy, el Vaticano, en acto expropiatorio de la teología protestante, reconoce que el infierno no es un lugar sino la ausencia de Dios, y con esto el territorio de los demonios pierde casi todo su poder inhibitorio clásico, el concedido por llamas y tridentes y repetición hasta el hartazgo del mismo suplicio. Pero hace cien o cincuenta años, aun muy extendida la fe en el Maligno, la creencia en el infierno es el más difundido de los cinturones de castidad, muy en especial entre las mujeres. "Vivir en falta", "vivir demeritado a los ojos de Dios", es asunto que no se toma a broma. A la Ciudad del Pecado se ingresa por los sacudimientos teatrales o genuinos del sentimiento de culpa, aunque en este caso lo teatral no quita lo sincero.

La necesidad de limpiar a diario su conducta induce a los habitantes de la Ciudad del Pecado a ser muy religiosos, o si se quiere muy rezanderos. Es famosa la devoción de las prostitutas por la Virgen de Guadalupe, y sus visitas a la Basílica encabezadas por sus madrotas (todavía no madames). Pecar no es sinónimo de vivir de espaldas al arrepentimiento sino, por lo común, pecar es también disponerse al arrepentimiento, ese pago en abonos de la iniquidad. El "vete y no peques mas" de los curas es de hecho una invitación a regresar pronto al confesionario, y escuchar el dictum eclesiástico: lo trascendente de la conducta equivocada no es su carácter ilegal, que casi da lo mismo, sino pecaminoso. Así como en los westerns el pelotón de caballería salva al regimiento rodeado de sioux o de apaches mescaleros, así también la extremaunción alcanza en su lecho de muerte a los pecadores, y la comparación no es tan grotesca si se tiene en cuenta lo que se ha dicho y se ha creído del infierno, y la presencia cada vez mayor en los westerns de prostitutas.



En la geografía orgásmica, a la Ciudad del Pecado la integran en la primera mitad del siglo XX el Centro (todavía no Histórico), la zona prostibularia, las casas de citas (tan famosas como la de Graciela Olmos, La Bandida, o tan frecuentadas como el congal de Meave), la calle del Órgano, los cabaretuchos, los alrededores del exconvento de Las Vizcaínas, la “viva y venenosa" Avenida de San Juan de Letrán. También cuentan los sitios del relajo que se olvida de persignarse: los bares de lujo, las carpas o los teatros con las encueratrices de giros sicalípticos, las fiestas populares. (La palabra sicalíptico es en sí misma sicalíptica.) Y tienen garantizada su condena eterna los espacios del "ligue contranatura", la Avenida San Juan de Letrán o la Avenida Juárez. Y el conjunto de la Vida Nocturna es el otro nombre del horizonte del pecado.
Le escribe Renato Leduc a la capital:
Si aún albergas doncellas, permanezcan intactas
en la Escila y Caribdis de cine y cabaret.
Que tus horizontales se conviertan en santas ...





Las horizontales (las prostitutas) son la representación más vívida y frecuente del pecado, entendido como el alejamiento de Dios y, más precisamente, descrito como la falta absoluta de respetabilidad. ¡Quién respeta a los y las que, además de su carencia de amistades prestigiosas, ignoran los Mandamientos? No desearás la mala fama de tu vecina. Nada tan conveniente en los rincones del desafuero como el recordatorio virulento: el pecado es una ofensa contra Dios, mientras que el delito es tan sólo una violación de la ley civil. El ingreso a la Ciudad del Pecado se da a través del libre albedrío, y por eso los pecaminosos de antes no habrían entendido el discurso de la Teología de la Liberación sobre el "pecado estructural". ¿De qué hablan? Pecado es básicamente sexo, y allí la única estructura son los cuerpos; y esto empeora si se juntan sobre camas que rechinan. Si en la Doctrina el lugar del sexo es el matrimonio, en la práctica el sexo es la hora de la amnesia doctrinaria. Según san Agustín, el pecado original se transmite a través del acto sexual; según los profesionales y los espontáneos del pecado, la salvación que más afecta (la de los sentidos) se efectúa a través del sexo, mientras más implacable mejor.

Nada seculariza tanto como aceptar las consecuencias del deseo y hacer uso deleitoso del sentimiento de culpa. Escribe López Velarde:
Mi virtud de sentir se acoge a la divisa
del barómetro lúbrico, que en su enagua violeta
los volubles matices de los dimas sujeta
con una probidad instantánea y precisa.




López Velarde sitúa a la zona prostibularia con una frase magnifica: "el perímetro jovial de las mujeres". Por lo común, la retórica no da para tanto, pero allí se filtra la legitimidad del apetito fornicatorio, que surge siempre culpabilizado, y por lo mismo absuelto, mediante un trámite con la burocracia del cielo. "Pequé, porque no todos han de ser santos. Me arrepiento, porque no todos han de condenarse."


*Revista A pie, Número 7, Oct-Dic 2004.

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Sicalíptico relato

Monsivais, que con su canto y encanto, habla del pecado y no pecado como la simbiosis de lo que ha sido y siempre serà. El pecado que encarnan las mujeres prohibidas que detestamos en el papel y nos fundimos con ellas en la imaginación. Exquisito...

¡Pero que profundo eres Hugo!

¡Pero que profundo eres Hugo! (sarcasmo).Por favor, este texto esta asqueroso al igual que todos los artículos que he leído de este señor. Esta repleto de faltas de ortografía y redacción, errores de continuidad,uso de eufemismos y palabras rebuscadas a más no poder. Para variar terminas en las mismas, nunca dice nada concreto solo se pone a escribir todo lo que se le ocurre en ese momento, adornándolo con palabras bonitas "pa´que se oiga chido", bueno al menos a mi mentecilla inferior (que por supuesto no esta a la altura de este gran intelectual del siglo XXI) le costo un ovario y parte del otro descifrar este códice. En fin, disfruten a este escritor, poeta, filósofo, genio (...) y a su enredada prosa que todos ya conocemos muy bien.

Hugo... eres un comentarista

Hugo... eres un comentarista poético en la referencia a "las bellas de noche". En el derecho y proteccion de las mujeres de D.F. se han olvidado de estas inegables trabajadoras o sexoservidoras que ocupan un espacio público y tambien, por supuesto, un espacion en nuestra sociedad y nadie las considera en sus rescates, estudios, referencias y mejoras de nuestra ciudad.

Desde siempre...

Desde siempre el otro lado de la ciudad ha estado presente. Son muy buenas las ilustraciones.

¡¡¡ EXCELENTES FOTOGRAFIAS

¡¡¡ EXCELENTES FOTOGRAFIAS !!!, TAMBIEN EL REPORTAJE.....GRACIAS POR EL ENVIO PUNTUAL DEL BOLETIN.

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