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En cien años, una especie totalmente urbana

Doug Sanders ha visitado 30 poblaciones y ciudades en 5 continentes para explorar la migración irreversible del campo a enormes megaciudades. Sanders, jefe del buró europeo del diario canadiense Globe and Mail, asegura que es el reto más importante que enfrenta la humanidad.

Chungking es una densa y humeante ciudad interior de China, dominada por la industria pesada y hogar para más de 30 millones de personas. Para China es lo que fue Chicago para los Estados Unidos en el siglo veinte o Manchester para Inglaterra en el siglo diecinueve y está creciendo a un ritmo extraordinario. Cada día llegan a Chungking 1,500 personas nuevas. Cada día se construyen 150,000 metros cuadrados más de espacio habitacional para los nuevos residentes. Es una megalópolis enorme, un tipo de megaciudad como el que pronto predominará en el mundo.

Conocí al señor y a a la señora Zhang el primer día que llegaron a Chungking de su aldea rural. Les había tomado casi diez años y grandes sacrificios para ahorrar suficiente dinero para mudarse, un régimen de ahorro brutal y años de vivir en un barrio fétido lejos de sus hijos a quienes veían una vez al año. La semana que los conocí, en el caluroso verano de Zechuan, habían juntado los ahorros
reunidos durante años de trabajo difícil en fábricas de partes para motocicletas y habían comprado por 150,000 yuanes en efectivo (280,000 pesos mexicanos) un departamento limpio y elegante de 3 recámaras que los convirtió de hecho en pobladores urbanos. En los próximos meses traerán a sus padres de la aldea a la ciudad, cerrarán la granja y pondrán fin a la relación milenaria de sus antepasados
con el campo.

Los Zhang son la gente arquetípica del siglo 21 y en perjuicio nuestro, no estamos prestando atención a su historia pues la fuerza determinante de este siglo, con toda certeza más significativa que la guerra, la recesión y posiblemente hasta el cambio climático será el inmenso y final desplazamiento de la población rural a las ciudades. Es un tema crucial que todo político, cada economista y sociólogo
debería estar considerando porque es un hecho de que, al finalizar este siglo, seremos una especie totalmente urbana.

La última gran migración ocurrió en el mundo en desarrollo después de la segunda guerra mundial y apenas ahora está llegando a su nivel más alto. No hay vuelta atrás. Es una enorme oleada que moverá irreversiblemente a las ciudades a las dos terceras partes más pobres de la población mundial.

Suena aterrador, especialmente para las afortunadas clases medias occidentales que sueñan continuamente en mudarse al campo. Pero nuestro futuro urbano no debiera ser un prospecto alarmante. La migración a las ciudades creará enormes tensiones, conflictos y enfrentamientos culturales pero también significa una vasta disminución en la pobreza y en el sufrimiento que pondrá fin a perpetua preocupación de la historia humana: el crecimiento continuo y sin barreras de la población mundial.

En Europa, América del Norte, Australasia y Japón, el desplazamiento a ciudades grandes ya se ha concluido. Las zonas rurales representan entre 5 y 25% de la población y esas cifras se han mantenido estables desde hace décadas. La mayor parte de esa población vive en aldeas por elección y no por fuerza de necesidad. Pero ¿y el campo? ¿Y la agricultura? Pues menos del 5% de la población occidental se dedica a la agricultura – hay casos de 2% - y este porcentaje es suficiente para producir más alimentos, a un
costo bajo, de los que puede consumir la población urbana. Ahora que la mitad pobre del mundo sufre por escasez alimentaria, es desesperadamente importante que esta agricultura de altos rendimientos se desarrolle en la mitad pobre del mundo.

Y, de hecho, esta transformación está sucediendo en Sudamérica, en Asia y gradual pero inexorablemente en África. Por el momento, sólo el 41% de los asiáticos y 38% de los africanos vive en ciudades; el resto son campesinos de subsistencia, personas cuyos ingresos dependen de las vicisitudes del clima, de la fertilización y endebles apoyos crediticios. Viven de la tierra no porque les ofrezca
una vida mejor sino porque están atrapados. Pero esta situación está cambiando rápidamente – ahí está el caso de los señores Zhang y su feroz determinación de abandonar la tierra. De 2010 a 2050, las ciudades del mundo absorberán a 3,100 millones de personas más. Es una migración que se inició en serio en la segunda mitad del siglo veinte cuando los aldeanos sudamericanos y de oriente medio
dejaron sus hogares para construir nuevos asentamientos en las afueras de las ciudades, migración que ahora está iniciando su fase más intensa.

Es difícil debatir las cifras. Según las estimaciones más conservadoras de la División de Población de las Naciones Unidas, la población rural del mundo dejará de crecer por 2019 y para 2050 habrá disminuido en 600 millones por migración a la ciudad. La población rural de la India, una de las últimas que dejará de crecer, alcanzará su tope de 909 millones en 2025 y se reducirá a 743 millones para
2050. Cada mes, por migración o racionamiento, surgen 5 millones de pobladores urbanos en África, Asia y Oriente Medio. Entre 2000 y 2030, la población urbana de Asia y África se duplicarán, agregando en una sola generación tantos pobladores urbanos como los que se han acumulado durante toda su historia.

Para fines de 2025, el 60% de la población mundial vivirá en ciudades; para 2050, más del 70%; y al final del siglo, todo el mundo será urbano incluyendo al menos tres cuartas partes de los países pobres del África subsahariana. Y cuando todo el mundo sea tan urbano como lo es el Occidente hoy día, se habrá llegado a un punto final. Una vez que los humanos urbanizan o migran a países más urbanos,
casi nunca regresan, ni siquiera los convencen las grandes recesiones. Después de que esta última mitad de la población mundial haya migrado a las ciudades, habrá otras migraciones pero nunca a una escala tan masiva. La humanidad habrá llegado a un equilibrio nuevo y permanente.

¿Y por qué es tan importante pensar sobre este tema? Pensemos, por ejemplo, en las implicaciones para la ayuda económica internacional. Si se otorgan recursos a los países pobres con la esperanza de ayudar a los agricultores a permanecer como campesinos de nivel subsistencia – como hacen muchas caridades e instituciones gubernamentales – estamos cometiendo un grave error. La vida rural es la mayor asesina de humanos hoy día, la mayor fuente de mortalidad infantil, desnutrición y muerte temprana.

La pobreza urbana podrá orillar a una madre a enviar a un hijo a la calle a vender baratijas pero viviendo en la pobreza rural, ese hijo podría morir de hambre. Es casi una regla universal que la gente no muere de hambre en las ciudades. Los ingresos urbanos son más altos en todas partes, incluso por grandes múltiplos; el acceso a la educación, a la salud, al agua, a las instalaciones sanitarias, a las
comunicaciones y a la cultura siempre son mejores en la ciudad.

Este fenómeno es un hecho independientemente de cómo se defina “rural” y “urbano”; no importa sin un país define “urbano” como 100,000 personas o si sólo se necesitan 5,000 personas para constituir un poblado, los resultados son siempre iguales. Hania Zlotnik, funcionaria de la ONU responsable de vigilar la población mundial, señala: “Cuando se investigan las tasas de mortalidad infantil,
niveles de educación, índices de fertilidad – las zonas urbanas siempre presentan mejores indicadores; de hecho se convierten en indicadores discriminatorios que señalan quién vive mejor”.

La urbanización no sólo mejora las vidas de quienes se mudan a la ciudad. También mejora las condiciones de vida rural, aportando recursos para transformar la agricultura en un negocio, con trabajo asalariado e ingresos fijos. Estas remesas frecuentemente son el principal renglón de ingresos en la balanza comercial de muchos países, entre ellos Guatemala y Bangladesh. Han sido el principal responsable de la disminución en la pobreza y el surgimiento de la agricultura comercial en esos países.

La dramática caída en el número de personas muy pobres en el mundo al principio de este siglo (98 millones de personas dejaron la pobreza entre 1998 y 2002; la cifra de pobreza mundial cayó del 34% en 1999 a 25% en 2009) se debió totalmente a la urbanización; los ingresos mejoran al mudarse a la ciudad y envían remesas a su pueblo.

En conclusión, gracias a las megaciudades, la población mundial dejará de crecer en algún momento del presente siglo. Después de alcanzar la cima, por primera vez en la historia habrá menos y menos humanos cada año y desaparecerá el fantasma de una crisis demográfica maltusiana. Esto será el resultado directo de la urbanización y del flujo de dinero, conocimientos y educación de las
ciudades a los pueblos. ¿Y cuándo se alcanzará esta cima? La ONU estima que será alrededor de 2050, con una población mundial de 9mil millones; una pequeña diferencia en el tamaño de la familia promedio podría tener grandes consecuencias. Pero sucederá. La urbanización de las especies será, al final, nuestra salvación.

Doug Sanders es autor de Arrival City: How the Largest Migration in History is Reshaping Our World, publicado por Heinemann. El presente texto apareció en el semanario The Spectator, 07/08/10.

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