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Leyenda de La Llorona



Esta leyenda habla de una hermosa doncella llamada Mariana de Castrejón, que vivía modestamente con su madre en la calle de Regina. Ambas mujeres se dedicaban a bordar los ajuares de la boda de las hijas de las familias pudientes de la ciudad.

La vida tranquila y reposada de estas dos mujeres cambió la tarde en que se dirigía Mariana a entregar unos trabajos y, mientras caminaba distraídamente por un estrecho callejón, tropezó con un apuesto caballero. Del susto la pobre doncella dejó caer los paquetes, inmediatamente el caballero los levantó y se ofreció a acompañarla hasta su casa. La joven rechazó la oferta pero el caballero insistió hasta doblegar su voluntad.

Desde ese día empezaron a frecuentarse a escondidas de la madre de Mariana hasta que, rendida de amor y con la promesa de un futuro matrimonio, se entregó al hombre del que apenas sabía su nombre. Gonzalo Castilleja se llamaba el miserable que, aprovechándose de la inocencia de Mariana, supo ganar su voluntad.

Pocos meses después, el primer embarazo de Mariana fue evidente, provocando un terrible disgusto que le costo la vida a su madre. 'Mientras tanto, Gonzalo se negaba a cumplir su promesa argumentando mil mentiras. Vino el segundo hijo, el tercero y así hasta completar cinco, Mariana vivía entregada al cuidado de ellos y esperando con ansia las visitas de su amado.

Como hacía meses que Gonzalo no la visitaba, la pobre mujer empezó a tener apuros económicos y se vio en la necesidad de aceptar bordar el ajuar completo de una importante doncella que estaba próxima a contraer nupcias, y por el cual le habían ofrecido muy buena paga. Bordaba de día y de noche para apurar el trabajo y poder cobrar su paga pero, por más que se apuraba, el hambre de sus hijos le ganaba al bordado. Hacía meses que Gonzalo no le llevaba dinero, la situación era angustiante, le partía el alma escuchar todo el día los llantos de sus hijos pidiéndole de comer.

Desesperada, decidió llevar a entregar la parte del ajuar que ya tenía terminado para ver si le adelantaban algo del total pactado; rápidamente empacó algunas sabanas y fundas primorosamente bordadas y, corriendo, se dirigió al palacio donde habitaba esta prominente familia.

Al llegar se encontró con una gran cantidad de carruajes ocupando la calle donde se ubicaba el lujoso caserón, toco varias veces por la puerta de servicio y, después de mucho rato, salió una sirvienta quien le dijo que en ese momento se encontraba toda la familia festejando el compromiso de la hija mayor de los señores, con un distinguido y rico caballero, heredero de uno de los mayorazgos más importantes de la ciudad, que lo mejor era que se fuera y que regresara otro día.

Decepcionada y sumida en la más absoluta desesperación, deambuló sin saber hacia donde dirigirse ni qué hacer. Sin darse cuenta se encaminó hacia un balcón bajo, cuyas puertas se encontraban abiertas; parecía que una fuerza extraña la invitaba a asomarse. De pronto lo vio, ahí estaba Gonzalo Castilleja, de un solo golpe lo entendió todo: él era el que se comprometía en matrimonio, se había olvidado de sus obligaciones con ella y, sobre todo, con sus cinco pequeños hijos.

Loca de dolor y abatimiento, corrió por calles y callejones llorando su desesperación, pensando qué sería de su vida y la de sus hijos. Así anduvo horas, cayéndose en los charcos, golpeándose en los muros y gritando ¡ay mis hijos, qué será de mis hijos...!, sin que nadie se apiadara de la pobre mujer.

Bien entrada la noche y cuando ya el sueño había vencido los llantos de los niños, llegó a su casa temblando de frío, delirante; se dirigió al escritorio, de uno de los cajones sacó un puñal que pertenecía a Gonzalo, y con él fue matando a los niños uno a uno; al quitarle la vida al último se dio cuenta de la atrocidad que había cometido...

Con la razón totalmente perdida salió gritando por las oscuras calles de la antigua ciudad de México ¡ay mis hijos, qué será de mis hijos... !

Al otro día, la guardia encontró el cadáver de Mariana flotando en la acequia real. Nadie supo la causa de tan terrible tragedia, pero a partir de esa noche se empezaron a escuchar sus gritos desgarradores que erizaban la piel de todos los habitantes de la ciudad, especialmente de Gonzalo, quien a los pocos meses fue recluido en el hospital de San Hipólito, con la razón totalmente perdida...


*Ritos y retos del Centro Histórico, año V, no. 22, octubre-noviembre.

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la calle de arramberi de monterrey,n.l.

podrian poner por favor la leyenda, de la calle de arramberri de monterrey,n.l.

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