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A la luz de una vela

Por Ángeles González Gamio*


Hace unos meses se celebró el Día de la Candelaria o de las Candelas, en referencia a las candelas o velas que acompañan a la imagen del Niño Dios que se lleva a bendecir ese día cuando se recuerda la presentación del Niño Jesús en el templo y la purificación de la Virgen María. En alguna crónica ya hablamos de los orígenes de esa celebración.

Hoy queremos platicar sobre la cera que da vida a las velas fundamentales cuando no existía la luz eléctrica y que continúan vigentes para muchos otros fines. Todos hemos gozado en algún momento de la magia de tener cerca el parpadeo cambiante y voluptuoso de la llama de una vela. Nos acompañó en el bautizo, ceremonia común en nuestro país, aunque los familiares no sean particularmente creyentes. Es uno de los rituales que unen a parientes y amigos alrededor de un acto gozoso; lo mismo sucede en la primera comunión, bodas y el último rito, que es la extremaunción.

Cómo imaginar un momento romántico sin la compañía de la luz de unas velas que, desde luego, ayuda a la estética del momento, pues se advierten menos las patas de gallo, lonjitas, ojeras y demás defectillos que reducen la inspiración. Las letanías en las posadas, los Altares de Muertos, los de Dolores, las procesiones nocturnas de Semana Santa, las fiestas patronales y tantas otras ceremonias, no tendrían el mismo misticismo y encanto si no estuvieran iluminadas por la luz misteriosa y undulante de los cirios que llevan los participantes.



La materia más usada para hacer las velas, veladoras, cirios pascuales y velones es la cera, ese noble material que producen las industriosas abejas junto con la sabrosa y saludable miel. En México el empleo de la cera para ese y muchos otros usos tiene larga historia que comienza en el siglo XVI con el mestizaje cultural, efecto de la conquista. Hay escasos registros de su utilización en la época prehispánica y se refieren principalmente a su empleo en la fabricación de joyería de oro mediante el procedimiento conocido como “cera perdida”. También se dice que se utilizaba en el arte plumario para pegar las plumas.

Sabemos por las antiguas crónicas que aquí había abejas más pequeñas que las del viejo continente y no picaban, sin embargo la miel que producían era deleitosa y la cera excelente. Dice Bernal Díaz del Castillo en su maravillosa crónica “...y también se les mostró a hacer candelas de la cera de la tierra que era muy buena y se les mandó que con aquellas candelas siempre tuviesen ardiendo delante del altar, porque hasta entonces no sabían aprovecharse de la cera”.



En la Nueva España se volvió tan importante que dio lugar a la creación del gremio más relevante después del de los plateros. En las nóminas de los hospitales, casas de recogidas y conventos, aparece que parte del salario de los médicos y personal no religioso era cubierto con velas y chocolate. El dúctil elemento se usaba también para hacer figuras, algunas de gran perfección, como las que componían muchos nacimientos, frutas y retratos que se pusieron de moda después de la Independencia. Dice la Guía de Forasteros de la Ciudad de México, de 1852: “frutas y figuras de cera se hacen bastante curiosas en la Calle de la Cerrada de Santa Teresa y en la calle de la Acequia”.



Al igual que en los ritos religiosos, las ceras son fundamentales en los paganos; toda ceremonia de magia y hechicería está acompañada de su luz. En muchos lugares se les atribuyen poderes mágicos dependiendo de su color. Se dice que las velas rojas sirven para alcanzar el amor, las amarillas para conseguir dinero, las verdes para la salud, las azules para lograr armonía y las blancas para la relación con Dios.

Aunque ya no se usen para iluminar, en México las velas siguen teniendo una gran vigencia. Ahora se han puesto de moda en la decoración y como acompañantes del ejercicio de disciplinas orientales como la yoga y la meditación. En muchas poblaciones se utilizan velas escamadas, esto es, decoradas con flores, lazos y adornos diversos del mismo material, que son parte de las fiestas religiosas y que llegan a constituir auténticas obras de arte.



En la ciudad sobreviven varias cererías que utilizan las técnicas tradicionales. Una de las más antiguas es La Purísima, que se encuentra en la calle de Mesones 172. Al entrar se advierte el aroma de la cera pura, convertida en primores escamados, floreados y con imágenes, así como veladoras y velas de todos los tamaños, gruesos y colores. Una auténtica fiesta para los sentidos.


Publicado en la revista Tiempo Libre 10-16 feb.-11
*gonzalezgamio@gmail.com

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