Por Ángeles González Gamio*
Una de las maneras más interesantes de conocer cómo era la antigua ciudad de México, es a través de las crónicas que han escrito extranjeros que la han visitado a lo largo de los siglos. Durante el virreinato, por razones políticas, religiosas y económicas estuvo prohibida la entrada a la Nueva España de personas que no fuesen españoles, imponiendo severos castigos a los que infringieran esa ley. Se buscaba impedir que llegaran a los territorios de ultramar judíos y protestantes y, de manera preponderante, mantener un control político y económico, evitando que otras naciones conocieran las riquezas de las tierras americanas.
Después de la Independencia, una de las cronistas extranjeras más famosas fue la escocesa Frances Erskine, esposa de Ángel Calderón de la Barca, quien fue el primer embajador de España en el México recién independizado. Durante una estancia de dos años, la inquieta escocesa recorrió varios lugares del país y prácticamente toda la Ciudad de México y sus alrededores. Su posición diplomática le abrió múltiples puertas, permitiéndole entablar relaciones con diversos sectores de la población. Sus experiencias las plasmó en deliciosas cartas que envió a su familia, de las que se seleccionaron 54, que fueron publicadas en Boston y Londres en 1843, siendo un éxito de librería no obstante que el autor era desconocido, pues buscando el anonimato sólo aparecían unas iniciales.
Frances Erskine
Desde luego en México fue identificada de inmediato; mujer inteligente y de gran sensibilidad, en general su visión es muy positiva sin dejar de ser crítica, lo que nos permite formarnos una idea bastante clara de la manera de vivir de la época.
En siglos anteriores no obstante la prohibición que existía, hubo algunos que lograron “colarse” y dejaron interesantes testimonios. La historiadora Berta Flores, realizó en archivos y bibliotecas inglesas una acuciosa investigación, que sacó a la luz historias de viajeros británicos. Algunos de ellos pasaron muchos años en México, entre otras causas porque cayeron en manos de la Inquisición que los encarceló, en ocasiones por largos períodos. Un par de ellos fueron piratas y varios de ellos pasaron información a su gobierno, con el fin de que estudiara la posibilidad de hacerse de algunos de los territorios que tanta riqueza proporcionaban a España.
Robert Tomson (1535- ?) estuvo en la Ciudad de México a mediados del siglo XVI, en donde trabajó como auxiliar del Alguacil Mayor de México, hasta que la Inquisición lo capturó y le abrió un proceso por herético. Tras seis meses en prisión fue condenado en el auto de fe celebrado en la Catedral en 1560, a usar durante tres años el “sanbenito”. Este era un hábito penitencial, oprobioso, que consistía en una especie de saco grande que cubría parte del cuerpo, de color amarillo o rojo encarnado, con la cruz de San Andrés estampada en rojo vivo. En su relato brinda datos interesantes sobre la capital y señala premonitoriamente: “La ciudad se ha ido poblando en forma rápida, tiene numerosos conventos e iglesias.....lleva trazas de transformarse en la ciudad más populosa del mundo”. Su descripción del primer auto de fe que se verificó en la capital de la Nueva España en 1555 tiene gran valor histórico.
John Chilton estuvo dos décadas más tarde y su crónica es vasta y de gran veracidad. Dice de la Ciudad de México “Consta de siete calles a lo largo y siete a lo ancho, una si y otra no, tienen acequias por donde vienen los víveres en canoas....está poblada por 70,000 mil indios tributarios.....”. Al protestante Chilton le molestó la explotación que hacían de los indígenas muchos de los frailes, vendiéndoles indulgencias.
Otro paisano de Chilton que estuvo por la misma época fue Roger Bodenham, quién comenta: “Ciudad abundante de todo lo necesario, se entra a la misma por otras grandes calzadas, rodeada de agua, de suerte que no necesita murallas. En ella hay buenas casas, iglesias y monasterios”.
Personaje interesante fue Miles Philips quien vino con John Hawkins (1532-1595) y cayó también en manos de la Inquisición; fue quemado en efigie por “hereje luterano reconciliado”. Su relato es de los más amplios y de gran valor descriptivo. Trabajó como capataz de los indios que construían la Catedral, lo que le permitió tomarles afecto y aprender el náhuatl. Dice de ellos: ”Es gente cortés y afable, hábiles y de buenos entendimientos, aborrecen y odian de todo corazón a los españoles, porque los tienen siempre sujetos y en servidumbre”.
*Publicado en la revista Tiempo Libre, de 3 a 9 de marzo de 2011.
gonzalezgamio@gmail.com
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