El Metrobús es un servicio prácticamente libre de ambulantes. Quizá más de algún lector pueda haber vivido una situación que me contradiga, pero en términos generales puedo decir que ni las estaciones ni los autobuses padecen la venta de productos o la petición de limosna. Esto no ocurre en el metro, que está constantemente asolado por limosneros, vendedores y lo peor, entradas y salidas atestadas de ambulantaje, vagones siempre recorridos por "bocineros" que no sólo venden compilaciones ilegales de música, sino además invaden a los pasajeros con su ruido.

La piratería se ha vuelto parte de nuestra vida cotidiana. Independientemente de que compremos este tipo de productos o no, los vemos en el Metro, en las calles, en plazas comerciales –especialmente donde fueron reubicados algunos ambulantes- así como en paraderos, en mercados y tianguis. Los productos piratas pueden ir desde un reloj o un perfume hasta cualquier prenda de vestir, lo mismo que calzado, programas de cómputo, libros, juegos, música, películas, medicamentos, bebidas alcohólicas.