El camino truculento de los chicos genio

Nicole tiene 8 años de edad y es una niña aparentemente como cualquier otra. Incluso, si uno se la encontrara en un parque o caminando por la calle, nadie diría que es una chica superdotada. Hasta que de pronto, con esa dulce mirada, se pone a platicar con emoción de las muchas obras literarias que han quedado grabadas en su cabeza. Entonces me doy cuenta que ella ha leído más novelas de ficción de las que yo pude conocer antes de entrar a la Facultad.

La chiquilla sonríe y a mí me da un poco de culpa por el retraso con que llegué a la buena literatura, sobre todo luego de escuchar su lista de libros favoritos, entre los que destacan La metamorfosis, Un mundo feliz, Don Quijote de la Mancha, Moby Dick, Frankenstein, Viaje al centro de la tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino y El fantasma de Canterville.

Sin dejar de sonreír y con ese par de trenzas con las que acude a la entrevista, Nicole me habla de ese hombre que un día despertó y descubrió que se había convertido en monstruo insecto. La historia de Gregorio Samsa, de Franz Kafka, es uno de los tantos relatos con los que esta niña ha llegado a emocionarse.

Enumera, así, como si nada, con su inocencia infantil, los títulos de los libros que le vienen a la memoria. Pero junto a ese universo paralelo y extraordinario de la ficción, también conoce el mundo real de aquellos niños que por sus aptitudes específicas no encajan en las escuelas de educación tradicionales.

Entonces Nicole Munk hace una confesión para dar una idea de cómo la pasan los chicos superdotados en algunos colegios: “Me aburría. Y el único niño con el que hablaba, todas las mañanas me traicionaba. Siempre decía: ‘Ya no quiero ser tu amigo…’”

A esta chica a la que le vuelven loca las grandes novelas, no tenía amigas y pasaba los recreos en la escuela contando los cuadros del piso. “Era una niña solitaria. Se había convertido en una alumna muy callada”, me cuenta su abuela, Zaida Accevo, quien parece haber descansado ahora que Nicole está integrada al Centro de Atención al Talento (Cedat), donde ofrecen un servicio educativo de acuerdo con sus capacidades.

Ya más en confianza, Nicole advierte que no le agradan las Barbies ni los delicados juguetes con los que juegan otras niñas de su edad. El color rosa no le gusta ni verlo. Sin embargo, su pasión por la lectura sí que va en aumento. Lleva varios días insistiéndole a su madre que le compré El origen de la vida, de Oparin Alexander, obra traducida al español.

“Nicole se dedicaba a armar legos, incluso sin instrucciones”, recuerda la abuela, orgullosa de su nieta. No puede evitar recordar los malos tiempos, cuando su maestra de kínder se enojaba muchísimo porque la patita de la Q la trazaba hacia la izquierda en lugar de la derecha. “¡Ahhh…! Cómo sufrimos por esa letra, al grado, que mi nieta ya no quería ir a la escuela”.

Junto a Nicole se encuentra Ángel Javier Esquivel, que tampoco se caracterizaba por tener amigos. Los compañeros de su anterior colegio se molestaban porque él era quien contestaba más rápido las preguntas en el salón de clases. Y respondía a las interrogantes de los profesores sin siquiera realizar apuntes en sus cuadernos. Hasta que una vez quisieron agredirlo. Eso fue lo que llevó a sus padres a tomar una decisión definitiva: cambiarlo de escuela.

Yo quiero despejar cualquier duda respecto a si Ángel, de 15 años, es un chico superdotado u otro niño con el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Lo mejor es preguntarle sobre su modelo a seguir, como quién le gustaría ser de más grande. Me sorprende enterarme de que no sueña con meter goles como el Chicharito Hernández, sino en revolucionar el mundo de la tecnología al estilo de ese Thomas Edison del siglo veintiuno y que no tiene ni un año que murió de cáncer.

“Quiero ser como Steve Jobs”, responde este muchachito de cabello negro y bien peinado, quien, por cierto, no solo traía el cordón umbilical enredado al cuello —lo que orilló a un parto por cesárea—, sino que además pegó un grito tan poderoso al entrar a este mundo, que su llanto se escuchó por todo el hospital.

Su mamá, Araceli Robles, evoca lo mal que la pasaron debido a que Ángel era muy inquieto en la escuela. “Un médico diagnosticó que tenía un problema neurológico. Decía que no se le habían desarrollado muy bien las neuronas. Le recetó medicamentos…”

Con las medicinas para tranquilizarlo, Ángel pasó a ser un niño tan sereno en las aulas, que a diario recargaba la cabeza en el pupitre para dormirse y no contestaba a los cuestionamientos de sus maestros.

Pero esta aquí, sentado y muy despierto en una de las bancas del patio de entrada del Cedat, y es él mismo quien define la nueva etapa que está viviendo: “Descubrí que no era un bicho raro ni que me faltaba un dedo por resolver las multiplicaciones más rápido que mis compañeros. Simplemente no me entendían”.

Araceli resume en unas cuantas palabras lo que ha significado el nuevo colegio para su hijo: “¡Nos cambió la vida! En el pasado, Ángel continuamente estaba enojado, irritable. Ahora su autoestima subió, se construyó…”

De acuerdo con datos recogidos en la página del Cedat, una prueba de la falta de conocimiento científico en el área de la sobrecapacidad intelectual es que 93 por ciento de estos niños talentosos es diagnosticado con el TDAH, una enfermedad muy distinta a la sobrecapacidad intelectual. Se sabe que por su capacidad excepcional para el aprendizaje pueden aburrirse, frustrarse o fracasar en un sistema escolar estandarizado.

Un alto porcentaje de niños superdotados elige desde muy temprana edad la profesión a la que se piensa dedicar. Ángel quiere ser ingeniero en sistemas y Nicole doctora. A él desde muy niño le llamaban la atención los artefactos electrónicos. No faltó el día en que metió las fichas del domino en la videocasetera. Y ella, que ha mostrado un apetito voraz por la lectura, habrá que esperar a que un día de estos diga que finalmente desea convertirse escritora.

Estos chicos llevan programas de estudios personalizados y entre otras materias ven astronomía, paleontología, álgebra, historia de la filosofía, cálculo diferencial y ciencias de la salud. Si su hijo es hiperactivo, distraído, aunque con capacidad de aprendizaje sin prestar atención, además interviene en pláticas de adultos y puede comprenderlas, continuamente arma objetos y estructuras, o tiende a querer imponer sus reglas y muestra baja tolerancia a la frustración, puede ser un chico superdotado, como en su momento lo fueron Einstein, Darwin, Warhol o Spielberg.

Milenio

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