#CiudadPadrote. El infierno de la trata en la CDMX

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#CiudadPadrote. El infierno de la trata en la CDMX

La Ciudad de México es una #‎CiudadPadrote
En el DF existen 13 corredores de explotación sexual, todos ubicados en el centro de la ciudad y a 350 metros de una autoridad. Esos corredores constituyen una verdadera Ciudad Padrote. Les presentamos este extraordinario reportaje de Óscar Balderas para Fáctico & Ojos de Perro, con lo que inauguramos una serie de investigaciones especiales en la que combinaremos la experiencia de periodistas de investigación de Ojos de Perro con la tecnología y videos de Fáctico. Descarguen Fáctico y léanlo aquí

1. Víctimas de trata: a menos de un kilómetro de Palacio Nacional

Este reportaje es resultado de la colaboración de Fáctico & Ojos de Perro

El infierno de Alexa arde a escasos metros de los tres poderes federales en la Ciudad de México. A tan sólo 684 metros de la Cámara de Diputados, 809m de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y 890m del Palacio Nacional, ella es forzada a soportar unas 15 violaciones cada noche por hombres que pagan 200 pesos por someterla durante 20 minutos.

Junto con dos mujeres que se presentan como “Diana” y “Rocío”, Alexa es prisionera de un padrote conocido en el barrio La Merced como “Bombachito”, quien cada noche le arrebata los 3 mil pesos que obtiene de trabajo sexual. Él aprendió a cautivar y explotar mujeres con consejos del legendario “Bombacho”, un tratante sádico que hoy duerme en el módulo de alta seguridad El Diamante en la cárcel varonil de Santa Martha Acatitla.

Antes de estar preso, el Bombacho quemaba con planchas hirvientes la espalda de sus víctimas si no conseguían el dinero que les exigía a cambio de darles techo en una habitación hacinada en cualquier hotelucho de la zona.

“Bombachito” –y en su tiempo, “Bombacho”– es uno de los muchos tratantes que operan 13 corredores de explotación sexual en la Ciudad de México, según la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe (CATWLAC). Estos corredores son: Garibaldi, Sullivan, Avenida de los Insurgentes, Reforma, Tlalpan, Plaza de la Soledad, callejones Santo Tomás y Manzanares, Zona Rosa, Buenavista, colonias Roma y Condesa y el barrio de La Merced.

Los 13 focos rojos que agrupan a explotadores y explotadas son una verdadera #CiudadPadrote. Todos operan con total impunidad en la zona centro de la Ciudad de México, a diferencia de otras capitales en el mundo donde las zonas de trabajo sexual se encuentran a las orillas de las urbes.

Y Alexa –junto con “Diana” y “Rocío”– son víctimas de esa mafia, cuyo número es incalculable para las autoridades capitalinas, pero que a nivel nacional podrían ser 70 mil, según la cifra más conservadora de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Una medición hecha por FÁCTICO determinó que las víctimas de esos corredores están, en promedio, a 350 metros de alguna oficina o dependencia del Gobierno del Distrito Federal o de los tres poderes federales.

“Yo veo pasar a los diputados a cada rato. Una sabe porque traen sus camionetotas, los guaruras y hasta ‘le pisan’ cuando pasan por acá. Yo no sé si piensan que los van a asaltar o les damos asco, pero nos arrebasan (sic) y ni nos ven. Ni para acercarse”, lamenta Alexa, quien accedió a contarme su historia a cambio pagar el equivalente en tiempo a dos servicios sexuales y un café caliente. “Un capuchino, de esos elegantes, te lo guardas en la mochila y me lo das en la habitación”.

Su infierno está visible para todos. A plena luz del día. En la calle. Junto a mujeres que nadie quiere ver. Mujeres celofán.

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2. Escapar de la pobreza

Alexa habla de Tantoyuca, en la Huasteca Alta del estado Veracruz, como un pueblo de incomparable belleza. Vegetación frondosa, verde por donde se pise, agua clara por donde se mire, aire claro y puro. Luego, cuenta sobre la oscuridad de su pueblo natal: es un receptáculo de padrotes. Hombres que un día llegan presumiendo Hummers, Camaros y otros autos de marcas que no conoce, con música a todo volumen, para atraer jovencitas pobres como ella a los cárteles sexuales del DF.

Le pasó a ella, a dos primas y a tres compañeras de la escuela primaria “Leona Vicario”: un hombre que alardeaba tener mucho dinero y buen corazón la abordó, repartió halagos, le dio tres o cuatro regalos, la enamoró y le pidió que se saliera de casa sin avisar a su papás para que se casaran en la Ciudad de México.

Alexa tenía 17 años cuando creyó huir de la pobreza con su romance ideal. Apenas bajó de la central de autobuses, su enamorado la hospedó en un hotel, la violó y le puso como guardiana a una víctima con Síndrome de Estocolmo para que le enseñara a dar servicios sexuales o la mataría.

“¿Qué hace una? Se acostumbra, después no es tan malo. Ya hasta hablo con mi familia, les digo que ando de limpieza. Hay unos clientes que nos tratan bonito, no nos pegan”, dice Alexa, quien cree que unas 50 vecinas de Tantoyuca ahora mismo están bajo la vigilancia de un padrote en alguno de esos 13 focos rojos de trata en el DF.

Alexa es la pinta del diagnóstico de víctima de trata de personas en México: mujer (83% de las víctimas de este delito en México son personas del sexo femenino), indígena (70% de las víctimas pertenecen a un pueblo originario), obligada a dar servicios sexuales (96% son víctimas con fines de explotación sexual) y empezó siendo menor de edad (40% fueron enganchadas antes de cumplir 18 años).

Otra característica perfila su situación como víctima: es explotada en DF, que junto con Baja California, Puebla, Tlaxcala y Chiapas representa las cinco entidades con más víctimas oficiales de este delito registradas por la Procuraduría General de la República.

“Además de Veracruz, ¿de dónde más son traídas para la Ciudad de México?”, le pregunto a Alexa, quien cruza la pierna derecha sobe la izquierda para tratar de disimular el hematoma que le colorea el muslo. “¡Uy, de todas partes: el Estado (de México), Chiapas, Hidalgo, jarochas, hasta extranjeras hay”

“¿De dónde, Alexa?”, insisto.

“Unos países bien feos dicen ellas, no tan bonitos como ‘Tanto’… Guatemala, creo, como dice el dicho: de Guatemala se vinieron a Guate-peor”.

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3. Trata: sin fronteras ni limitantes geográficas

26 países tienen connacionales que en México han sido o son víctimas de trata de personas, de acuerdo con los datos de Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas del gobierno federal.

Esas extranjeras representan casi la mitad – 48.5% usando los datos del Observatorio Nacional Ciudadano de Seguridad, Justicia y Legalidad – de las sobrevivientes a la explotación sexual que tiene registrados la PGR.

En primer lugar, llegan de Guatemala con 42.86%; segundo lugar, Honduras con 18.80%; tercer lugar, Haití con 15.04%. Desde sus lugares de origen, las víctimas viajan por aire o por tierra desde países tan diferentes como Hungría (1.5%) o Rusia (0.75%).

“¿Hay muchas guatemaltecas?”, le pregunto a Alexa, mientras sorbe su café.

“¡Un chingo!”, responde.

“¿E italianas, húngara, rusas? ¿hay en DF?”.

“Muchas güeras, bonitas, blanquitas, ¿de dónde son? Quién sabe, pero había unas que ni hablaban español. Se quedaban aquí un rato, en lo que aprendían la movida, luego (las mandaban) a los tables. Los mismos policías eran los mejores clientes“, recuerda Alexa.

Sus palabras me hicieron recordar a Mario Hidalgo Garfias, un expadrote de la zona que en julio de 2015 me contó para un reportaje que él pagaba 50 mil pesos mensuales a autoridades de la agencia 59 del Ministerio Público, en San Ciprián, La Merced, para que les dejaran operar con impunidad. El trato exigía impunidad de agentes de investigación y que los patrulleros “padrotearan” mujeres y se quedaran con parte de las ganancias.

“Eso es común. Un rato mi padrote fue policía”, comenta Alexa, como si aquello no fuera algo grave. “Y de las extranjeras, pues sí hay muchas, son las preferidas de los policías. Como que las ven diferentes, ¿no?”

“¿Y podría hablar con ellas, Alexa?”

“No, ya se las llevaron para Estados Unidos. Pero vente en dos semanas, seguro habrá una de allá”

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4. La trata se sale de control en la CDMX

En 2013, la Ciudad de México reconoció tácitamente que el fenómeno de la explotación sexual se estaba saliendo de control.

Luego de cinco años al frente de la Fiscalía de Delitos Sexuales en la Ciudad de México, la abogada Juana Camila Bautista fue nombrada titular de un área especializada en el tema: la Fiscalía Central de Investigación para la Atención del Delito de Trata de Personas, creada el 23 de mayo de 2013 por órdenes del jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera.

Durante la presentación del nuevo organismo, que cuenta con 120 servidores públicos -agentes ministeriales, policías de investigación, peritos, psicólogos y trabajadores sociales, entre otros– la exdiputada presidenta de la comisión especial antitrata y activista contra la explotación sexual, Rosi Orozco, acusó a tres jefes delegacionales de ser omisos en la persecución del delito: a Jorge Romero, de Benito Juárez, y a Alejandro Fernández y Manuel Ballesteros de Cuauhtémoc y Venustiano Carranza, respectivamente, ambas demarcaciones que incluyen el barrio La Merced, donde hoy es forzada Alexa.

Orozco es la presidenta de la Fundación Unidos Contra la Trata, que ayuda a que víctimas de este delito se transformen en sobrevivientes: ahí han estado Madaí, Azul, Marcela, Victoria y muchas más que han platicado que las autoridades no sólo son omisas en su actuación, sino que muchas veces son cómplices de los explotadores.

Los padrotes pagan protección. Nadie puede tener un negocio así, en la calle, a la vista de todos, sin pagar. Yo llegué a ‘atender’ a esas personas a petición del padrote”, me narró Azul, víctima en La Merced, en 2014.

Hasta febrero de 2015, la fiscalía antitrata capitalina contaba con 676 víctimas rescatadas, que han derivado en 149 tratantes encarcelados por 63 sentencias. Cifras que la fiscal Juana Camila expone orgullosa, pero reconoce que es apenas un breve universo de lo que sucede en las calles.

“¿En cuántas investigaciones hay servidores públicos involucrados?”, pregunté.

“No puedo hablar de investigaciones en curso”, esquivó Juana Camila, apodada en la procuraduría como “la fiscal de hierro”

Alexa sí habla y sabe, aunque de manera empírica: la semana anterior a nuestro encuentro, un hombre que se identificó como empleado de la delegación Venustiano Carranza la obligó a descontar 100 pesos de su “tarifa” o la acusaría de robo cuando ambos dejaran el hotel.

“¿Y qué hiciste?”

“Pues le acepté los 100 pesos y tuve que buscar otro cliente para completar”.

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5. El monumento a la impunidad

Si existiera un monumento a la impunidad de la trata de personas en la Ciudad de México, ese sería el Hotel Necaxa, ubicado a 30 metros del espacio que el padrote de Alexa ha determinado como su “zona”.

El “Neca” es un edificio viejo en el corazón del barrio. Dentro del mercado que está afuera de la estación del Metro Merced, el edificio de cinco pisos y pintura amarillo chillante está rodeado de vendedores fijos que sirven como muralla durante los operativos que pretenden rescatar víctimas en alguna de sus 48 habitaciones.

En 2007, el Hotel Necaxa fue clausurado por tener menores en habitaciones para supuestamente ejercer el sexoservicio y a los tres meses reabrió; en 2012, fue cerrado de nuevo por aliarse con tratantes de personas y en cuatro meses volvió a operar.

Hoy el hotel está abierto y por 110 pesos se puede alquilar una recámara por una hora. Ninguna puerta tiene cerrojo interior y todos los pisos son observados hasta por tres cámaras de videovigilancia, colocadas para vigilar el tiempo que pasan las víctimas con los clientes y evitar que puedan ser auxiliadas o rescatadas.

“Y si lo cierran mañana, en dos meses les quitan los sellos y lo abren”, platica Alexa, a punto de dejar seco su vaso, “todos son la misma chingadera, aunque al menos mi ‘padrote’ me da de comer”.

Invitarla a denunciar es una misión imposible. A quién, pregunta, si la línea entre buenos y malos es tan difusa como las mujeres que están en el trabajo sexual por voluntad y las niñas que están ahí obligadas.

“Y si un día pudieras a dejar a tu padrote, ¿qué harías?”, le digo mientras saborea su última gota de café y se alista a salir de la habitación. Es la señal de despedida, pues está prohibido hablar en las escaleras del hotel.

“Pues nada, esto… pero ahora quedándome el dinero”

“¿No te gustaría estudiar o trabajar en otra cosa?”

“Yo sólo sé hacer esto, desde los 17…”.

Abajo, en la calle, la veracruzana se despide sin emoción. Volverá a entrar a este hotel, según sus cuentas, unas seis veces más esta noche antes de que un auto la recoja a la medianoche y la lleve a dormir con “Diana” y “Rocío”.

“¿Qué nombre te pongo?”

“Alexa”, susurró.

Más tarde busqué el significado de su nombre. Es de origen griego y significa “la que es protectora“.

Ojalá hubiera significado “la que es protegida”.

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Óscar Balderas
@oscarbalmen

Fáctico


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