Ángeles González Gamio
El ahora llamado Paseo de la Reforma lo construyó el emperador Maximiliano para llegar con rapidez, desde Palacio Nacional al Castillo de Chapultepec, en donde el soberano y la emperatriz Carlota tenían su domicilio. La vía, de 12 kilómetros, se iniciaba en la glorieta de El Caballito, como se llama popularmente a la estatua ecuestre de Carlos IV, que realizó Manuel Tolsá, y que se encontraba en la glorieta de avenida Juárez, Bucareli y Paseo de la Reforma.
El breve período que gobernó el austriaco sólo le permitió terminar una austera calzada. Durante el gobierno del presidente Lerdo de Tejada se amplió la avenida, añadiéndole a los lados generosos espacios que se cubrieron de árboles y jardines. Para lograrlo, convenció a los dueños de los terrenos que cedieran parte de ellos y a cambio les perdonó el pago del impuesto predial durante diez años. Esto dio a la avenida un aspecto señorial, que llevó a las familias más pudientes a edificar grandes mansiones.
Este desarrollo alcanzó su plenitud a lo largo del porfiriato, en el que se construyeron el monumento a Cristóbal Colón, el de Cuauhtémoc y la Columna de la Independencia. A fines del siglo XIX, a lo largo del Paseo, se colocaron dos estatuas por cada estado de la República de sus hombres más ilustres. Muy debatida fue la instalación, al inicio del Paseo, de las dos colosales esculturas de bronce conocidas popularmente como los indios verdes. En la década de los cuarenta del siglo XX, se realizó la fuente de la Diana Cazadora, que ha sido cambiada de lugar en dos ocasiones. La avenida, que llegaba originalmente a la entrada de Chapultepec, se ha extendido hasta cruzar prácticamente la ciudad.
En los años veinte del siglo XX se amplió hasta las lomas de Chapultepec, para dar acceso al exclusivo fraccionamiento, llamado entonces Chapultepec–Heights y propició el desarrollo de Polanco. Entre los años 1958-1964, el Paseo de la Reforma se extendió hacia el norte, también con la finalidad, entre otras, de dar acceso a un ambicioso proyecto habitacional, que habría de conocerse como Unidad Nonoalco-Tlatelolco, máximo proyecto social del gobierno de López Mateos. Se buscó también acortar la distancia entre el suroeste y el noroeste de la ciudad.
Actualmente, en la parte original de la avenida, se ha venido construyendo una impresionante arquitectura contemporánea, como el edificio de la Bolsa de Valores, la Torre del Ángel, la Torre Mayor, hoy por hoy el edificio más alto de Latinoamérica y varios otros que, con diversas objeciones, han transformado la fisonomía urbana de la vía, insertándola en el siglo XXI, sin perder su belleza y elegancia. Hay mucho más que decir del esplendoroso Paseo de la Reforma pero el espacio se acaba y hay que ir a comer.
El remate gastronómico del Paseo, tiene que ser igualmente placentero, por lo que sugerimos ir a La Lanterna, ubicado en Paseo de la Reforma 458, esquina Toledo; la ya tradicional trattoria está cumpliendo 40 años de agasajarnos con auténtica comida italiana. Continúa al frente su fundador don Ennio Petterino, ahora secundado por sus apuestos hijos, Mario que es el chef y Piergiorgio, gentil anfitrión. Yo no perdono para comenzar, la ensalada de alcachofas crudas, una maravilla que solo aquí he encontrado. Las pastas son hechas en casa así es que no tienen pierde. La especialidad en plato fuerte, es el filete al burro nero o sea en mantequilla negra, buenísimo y, de postre, los clásicos: la cassata o el zabaglione. El vino que recomiendo si cuenta con presupuesto, es el que lleva el nombre del pueblo de la familia Petterino, en Italia, el Gattinara.
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