El costo de la corrupción

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Cuando hablamos de corrupción, habitualmente pensamos en prácticas inmorales en el ámbito gubernamental, pero, los pagos por soborno, chantaje y para la facilitación de trámites fueron los problemas más comunes registrados en el mundo por el monitoreo de medios de comunicación del Instituto de Ética Empresarial inglés durante 2016.

Por Antonio Sánchez Gonzélez | Zacatecas en Imagen

Los datos representaban el 13% de todas las transacciones empresariales privadas y los sectores más frecuentemente mencionados fueron la industria minera y de extracción (70%), defensa y seguridad (63%), la farmacéutica (47%) y los medios de comunicación (33%).

Las empresas tienen mucho camino por recorrer para integrar mecanismos anticorrupción en su cultura operacional. Esta brecha se refleja en estudios como los publicados por The Economist Intelligence Unit, que develó que el 25% de las compañías considera que existe al menos una “gran posibilidad” de que cualquier empresa, independientemente de su tamaño, acabe investigando una presunta violación de las prácticas anticorrupción que le involucre antes de 2 años.

Los efectos sociales de la corrupción están bien documentados. Políticamente representa un obstáculo para la democracia y el estado de derecho; agota la riqueza de un país, a menudo desviándola a los bolsillos de funcionarios corruptos y crea desequilibrios en la forma en que se hacen los negocios, lo que permite ganancias a los que la practican, ampliando la brecha de la desigualdad.

El lenguaje del soborno es engañoso, porque implica que lo que se ofrece o espera queda impune. Pero la corrupción no es un crimen sin víctimas; conduce a tomar decisiones erróneas (sobre políticas públicas o empresariales) o a adjudicaciones equivocadas y costosas. Los contratos otorgados con sobornos de por medio nunca serán valiosos para la comunidad que los permite.

La corrupción cuesta a las personas libertad, salud y derechos humanos y, en el peor de los casos, la vida misma.

También puede costar a las empresas a medida que tomen fuerza las diversas estructuras del Sistema Nacional Anticorrupción, al hacer que una organización privada aparezca culpable si no cuenta con los procedimientos adecuados para detener el soborno y la corrupción.

Mao Zedong dijo “comida antes que ética”.

Aunque nadie sugeriría que el soborno y la corrupción son buenos, si uno cree que el trabajo depende de ofrecer o pagar un soborno, las políticas anticorrupción pueden tener camino difícil y poca influencia en las decisiones tomadas día a día entre empresarios y agentes gubernamentales.

Los empleadores y líderes gubernamentales deben brindar apoyo incondicional a su personal para ayudarles a reconocer y responder a los desafíos éticos que puedan enfrentar. Crear una cultura que influya en las acciones de los empleados, la toma de decisiones y el comportamiento puede ser un proceso largo y desafiante, que requiere sensibilidad, paciencia y recursos.

La corrupción puede estar tan arraigada en la cultura de una sociedad como para ser considerada “la forma en que se hacen los negocios”.

Al respecto, los retos surgen en situaciones cotidianas: al ofrecer o aceptar obsequios y atenciones, o al negociar con clientes y proveedores. Cualquiera puede ofrecer o recibir un soborno. Tener claridad sobre lo que puede y no puede aceptarse es buena práctica comercial y reduce el riesgo de corrupción.

Por eso, el impacto de liderar con el ejemplo no debe subestimarse. Si las cúpulas gubernamentales y empresariales declaran un enfoque de tolerancia cero al soborno y la corrupción, debe asumirse que se apoyará al personal si pierde contratos o negocios en el corto plazo.

Crear una cultura de integridad y apertura, donde se discutan dilemas éticos que surjan al hacer negocios en puntos conflictivos de corrupción en los cuales los empleados se sientan respaldados para hacer lo correcto, es una forma poderosa de ayudar a mitigar el riesgo de un error ético.

Los líderes que regularmente hablan sobre cuestiones inmorales apoyan al personal para mantener estándares éticos y se comportan de forma abierta y transparente, envían el mensaje a todos -empleados y gobernados- que la lucha contra la corrupción se toma en serio.

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