“¿Dónde está mi niña, mi bebé, mi cielo…?”

ciudad de México

Fátima, una alumna del colegio Enrique Rebsamen atrapada entre los escombros, pedía ayuda por whatsapp.

—¿Quién está haciendo contacto con Fátima, quién? —gritaba un hombre por el altavoz.

Los rescatistas, en su mayoría marinos, escuchaban apenas la voz de la pequeña, y por eso demandaban silencio, con los puños en alto. ¿Pero cómo podía haber silencio con decenas de niños sepultados? Esta escuela, ubicada en Calzada de las Brujas esquina con Rancho Tamboreo, en Coapa, fue ayer el centro del dolor, porque las víctimas eran chicos de entre 3 y 15 años.

“Son 45 en preescolar, como 200 en primaria y 150 en secundaria. Tenemos alrededor de 400”, informaba una de las maestras a los militares en acción. Y nadie sabía con certeza cuántos estaban a salvo, cuántos rescatados y cuántos fallecidos.

Había listas con nombres por todas partes… Una casa frente al colegio, la número 18 de Rancho Tamboreo, fue usada para resguardar los cuerpos. En la entrada, custodiada por policías, se escribieron primero cuatro nombres en una hoja blanca; luego cinco, seis, siete, diez, veinte… Sólo algunos marcados con una paloma. Al inicio, aparecía el de la estudiante Rosalba Badillo. La directora entraba y salía de la vivienda, siempre entre lágrimas y suspiros, buscando brazos para no desplomarse.

A las 18:45 horas se escuchó a Fátima. “¡Una camilla, una camilla!”, gritaban los voluntarios. Y todos los reunidos ahí imploraban el milagro. “¡Silencio, silencio!”. Era una voz débil, un eco lejano. Los más fuertes apuraban la carga de piedras; otros acercaban cubetas, carretillas y carritos de supermercado. También se retiraba el cascajo de mano en mano, en una hilera interminable de solidarios.

“¡Silencio!”. Cuando se escuchaba el rugir de las aeronaves, la muchedumbre alzaba los puños y hubo quien, desesperado por el ruido, pintó en los muros escolares aún estables la frase: ¡No volar, helicóptero… retírate”.

La ambulancia se acercó lo más posible a los cerros de desperdicio. Médicos y enfermeras se aferraban a una camilla, y tenían listo un collarín y demás medicamentos de emergencia… Pero Fátima no era recuperada. El altavoz seguía en la súplica de encontrar a un familiar. “Se solicita a una maestra para la identificación”, se escuchaba como un zumbido de zozobra y angustia.

Nada. Y la noche llegó sin Fátima. Nunca hubo cifras confiables. Algunas maestras ensangrentadas hablaban de 40 niños desaparecidos; otras de 20…  El tormento no se medía en números, sino en llantos, desmayos, lamentos, rostros desfigurados. Eran los padres en búsqueda de sus hijos.

Cuando la palabra dolor no alcanza para describir.

Otra vez el maldito 19 de septiembre. Treinta y dos años después.

El Enrique Rebsamen es uno de los colegios más extensos en la zona sur de la ciudad. Aunque sólo se desmoronó una parte, el golpe fue mortal. A la hora del sismo, era la franja más nutrida por los alumnos de computación.

“Venían saliendo de su clase. Cuando sonó la alarma sísmica, el edificio ya se estaba viniendo abajo. Fue imposible sacar a todos, el tiempo no nos dio”, contó una de las profesoras.

Eso, la alerta tardía y la vieja construcción –ninguna de las casas y obras en derredor presentaron daños mayores—, se conjugaron para la tragedia.

Comenzó como un rumor. Y luego, de voz en voz, se confirmó la noticia: “Cayó el Rebsamen de Brujas”, se vociferaba en las calles. De la Secretaría de Marina, ubicada a unos 10 minutos de la zona, partió una nutrida caravana. Se activó el Plan Marina. Y detrás, corrían hombres, mujeres y niños con palas, picos, mazos, martillos y cinceles.

Por doquier, llegaban grupos de voluntarios y cuadrillas de todas las instituciones posibles. El deseo colectivo de ayudar, de rescatar a niños y profesores, se desbordó.

“¡Quedó atrapada también la maestra Claudia!”, gritaba una de las educadoras.

La solidaridad genuina derivó en desorden, caos, confusión. Contemplaban muchos, trabajaban pocos…

“Civiles ya no, somos muchos y sólo se obstruyen las labores de rescate”, atajaban unos, pero era imposible frenar las hordas formadas desde Avenida Miramontes y División del Norte, los dos únicos accesos al área del siniestro.

Al final, había poco espacio para las maniobras, para el paso de camiones de bomberos, ambulancias y trascabos. Los marinos ordenaron cerrar los caminos, aunque demasiado tarde. Ya para entonces el rescate era entorpecido por el escándalo y las miles de manos inservibles, poco adiestradas en los menesteres de la emergencia y la amargura.

Muchos rezaban, pocos salvaban niños. Muchos sollozaban, pocos levantaban piedras. Muchos musitaban un por qué, en tono de reproche divino, pero pocos abrían huecos de vida.

De garganta en garganta se pedía agua, medicina, gasolina, herramientas, hielo, polines, motosierras, focos, lámparas, extensiones, plantas de luz, pediatras, oxígeno, aceite, cubrebocas, mascarillas, cascos, pilas, gatos hidráulicos, clavos… Y silencio.

Miles de mexicanos conmovidos llegaban con víveres y demás provisiones. En realidad, todos los objetos acopiados terminaban perdidos o amontonados. Urgían más las manos expertas, diestras en el hallazgo de voces, susurros, latidos.

A las 17:15 horas, hubo aplausos tenues. Se rescató a Emiliano. Después a Valentina, Diego, Karen, Regina, Gabriela y Daniel… Tampoco hubo un listado inequívoco de rescatados.

Las casas alrededor de la escuela servían como centros de víveres y puertos médicos.

“¿Por qué, Dios?”, preguntaban las ancianas, de mirada extraviada. Y los padres se abrían paso a empujones: “¿Dónde está mi niño, mi niña, mi bebe, mi cielo, mi amor, mi vida?”.

La noche llegó. Y hacía falta luz para contar más milagros. Era el centro del dolor, porque tampoco hay otra palabra.

Y Fátima no estaba…

Daniel Blancas Madrigal

Fuente: Crónica