El ingenioso hidalgo don Xico

Por Jorge Pedro
@jorgepedro
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¿Qué sentirá el presidente municipal de Valle de Chalco Solidaridad cuando ve a tantos perritos flacos merodeando sin esperanza (ni sombra) por las calles de Xico? ¿Por qué no se ha preocupado por mejorar la carreterita Tláhuac-Chalco o encontrarle una solución al drama ecológico de la zona? ¿Quién es ese xicotillo que no anda en pos del bienestar de su gente? Si se solidarizara con los cerca de 400 mil habitantes que viven en su municipio, otro gallo le cantaría a la desolada cabecera municipal.

El domingo me bajé en la estación de metro Tláhuac para tomar un camión que me dejó en un paradero, y ahí abordé otro transporte hasta la ex Hacienda de Xico. Tenía ganas de conocer la población de gran solera con aguilillas y paisajes de verdor (y casas ARA de 59 metros cuadrados) que administrativamente pertenece al Estado de México, pero que también forma parte de nuestro Valle de Anáhuac (y el área metropolitana).


Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas


Todavía hace un siglo y medio, Xico era una islita en medio del Lago de Chalco. Por eso se llama así: “En el ombligo” en náhuatl. En ella destacaban los cerros del Marqués y de Xico. Tenía como vecinas otras islas: Tlapacoya, Mixquic y Tláhuac. Da coraje que en 1895 Porfirio Díaz haya autorizado la desecación del lago. Ni más ni menos que 9,000 hectáreas.


Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

 

La buena noticia es que aún existe un pedazo: el que atraviesa la mencionada carreterita, la cual ofrece un paisaje muy especial que hace pensar en las calzadas de los tenochcas. De la misma manera, ahí siguen los cerros, que en realidad conforman “un gran volcán con dos bocas”, de acuerdo con Edgar Anaya Rodríguez en Ciudad de México, ciudad desconocida, autoeditado en 2010. Un gran volcán por su cráter de 1,400 metros de circunferencia, sí, pero no por su altura, que apenas rebasa los ciento y pico. Quise subir, mirar los cultivos de teocintle o asese (un tipo de maíz erronéamente considerado silvestre) en el cráter, pero Genaro Amaro Altamirano, cronista del Museo Comunitario del Valle de Xico, me recomendó no intentarlo: “Allá arriba roban mucho y más si no eres de aquí.” Un taxista me lo confirmó. ¿Y el presidente municipal?, ¿cruzado de brazos o ke ase?


Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

 

El museo está ubicado en lo que queda de la Hacienda de Xico, igual que una pobrecita casa de cultura. En la entrada, Genaro vende trípticos y cuadernitos fotocopiados a propósito de la historia de Xico, así como un libro que se llama El rancho de Xico: un lugar poco conocido del Marquesado del Valle, 1529-1800 y que escribió Sofía Torres Jiménez. En Xico la presencia humana cuenta más de 15,000 años, sin embargo el período que más me interesa, por oscuro, por periférico, es el que comprende la investigación de Sofía.


Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

 

Gracias a su libro me entero de que según las relaciones geográficas del arzobispado de México, escritas en el XVIII, “el pueblo de San Martín Xico es una isla a la orilla de un cerro (…) dentro de la laguna (…) donde se recreaba el emperador Moctezuma”. Se sabe que en 1529 el rey de España le otorgó la isla a Hernán Cortés, quien ahí merito puso en marcha un rancho para criar ganado menor: ovejas, carneros, cabras y “ovejas del Perú” (¿llamas?). Asimismo en el libro leo que entre los vecinos del rancho, en 1721, había cuatro viudas, 13 solteros, un gañán viudo y otro soltero, amén de 30 mujeres casadas. ¡Ya me imagino los problemones sentimentales!


Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

 

Lamentablemente, la construcción que sobrevive no es la casa con capilla que habitó Hernán Cortés, pues a finales del siglo XIX la destruyó el español Íñigo Noriega Laso para levantar en su lugar la hacienda palaciega, cuyos restos visité. Merece la pena echarle un ojo a la ruina de la troje, aunque no una nariz, pues huele horrible, a perro muerto. A ese señor le debemos la desecación del lago que concedió el general Díaz. Y además una historia de fantasmas que aún se cuenta: la de la señora que fue a morirse de hambre con sus hijos a la entrada de la hacienda para hacerle ver a Íñigo Noriega las carencias del pueblo. Estos, cuentan, se dejan ver algunas noches como también lo hacen los perros hambrientos durante el día. A ver si un día de estos no se le aparecen al presidente municipal.


Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

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