El mercado “El Volador”

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Sí ahí, justo donde ahora las discusiones sobre la legalidad y la justicia de México se llevan a cabo (Suprema Corte de Justicia), apenas en 1930 se alzaba el mercado de El Volador. Sobre los 7,828 metros cuadrados que albergan ahora las oficinas y los tribunales, se escucharon desde el siglo XVIII las voces, los pregones y los gritos de quienes a diario llegaban a vender sus mercancías para la gente de la capital y sus alrededores.

Fue el virrey Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, segundo conde de Revillagigedo, quien le dio la calidad de mercado (después de ser alternativamente coso, palenque y mercado por temporadas): resolvió que construiría un mercado de cajones de madera con ruedas para que se pudieran llevar de un punto al otro.

Y así fue que la Plaza de El Volador se convirtió en el mercado principal de la ciudad de México, con más de 200 cajones de madera, donde se podía encontrar fruta, bizcochos, quesos, mantequillas, fierro, cobre, herraje, especias, semillas, verduras, flores, carnes, aves vivas y muertas, pescado fresco y salado, loza, petates, jarcia, cueros curtidos y al pelo, zapatos, sillas de montar, comestibles de todas clases, aguas frescas, maíz y hasta puestos donde atendían barberos y se podía encontrar ropa nueva y vieja.

Una multitud abigarrada en estrujones, en gritos, en convivencia casi de carnaval se vio el19 de enero de 1792, día de la inauguración del mercado que había costado – contando cajones, empedrados, atarjeas y bastimentos – la exorbitante suma de 44 mil pesos, ¡de aquel siglo XVIII!

Ahí, donde ahora vemos un edificio enorme y sólido, donde hombres de traje salen con la cara adusta, se encontraban hace casi 300 años, en un amasijo de lenguas, españoles, criollos, indígenas, el negro, el mulato, el coyote, el barcino, el cambujo, el tornatrás, el tente en el aire. Todo el crisol de la nación se daba cita en aquel maremágnum donde el caló de cada casta se confundía y se entendía con todas.

Un bullicio y animación que nunca se perdió, a pesar de los incendios, a pesar de las inundaciones y los temblores. El mercado de “El Volador”, siguió su rumbo y se perdió en el tiempo, no así su ruido, su música interior aún presente en todos los mercados del país.

* Revista Relatos e historia en México , diciembre 2008


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