EL TEATRO ARBEU

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EL TEATRO ARBEU
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FELIPE DE LA LAMA NORIEGA

También los lugares tienen un destino.
Los hay que nacen para la cultura, como algunas personas, y por más que parezca que las circunstancias les quieren bloquear el camino, ellos siguen adelante con la meta que su buena estrella les ha marcado.

Todos conocemos (o por lo menos tenemos el deber de conocerla), la Biblioteca Lerdo de Tejada, una de las más accesibles y bien surtidas de esta Ciudad, cobijada en un ambiente que invita al estudio y la reflexión. Desde que trasponemos el pórtico, una verdadera joya de la arquitectura virreinal, sentimos, sabemos que estamos envueltos en cultura, no sólo de ahora, sino de siglos que nos contemplan desde los severos muros monacales, alegrados con los vivos calores de los murales de Vlady Kibalchich, el destacado pintor ruso fallecido recientemente.


Srita. Mercedes Mendoza
1era. diva del “Arbeu” cuya presentación en ese teatro ha revestido los caracteres de una apoteosis.

Estos muros fueron levantados para albergar a los hermanos de la orden de San Felipe Neri, el devotísimo santo Italiano que durante sus ochenta años de vida, de 1515 a 1595, se dedicó a la oración y a ayudar a los pobres y enfermos. No debemos confundirlo – no faltará quien lo haga – con San Felipe de Jesús, de muy arraigado abolengo por ser el primero de los santos mexicanos, jurado Patrón de esta Ciudad desde 1715. Un terremoto en 1768 dejó casi en minas el templo de los filipenses que, por cierto, nunca fue consagrado al culto.

Pero no todo fueron rezos, penitencias y cilicios entre estas paredes: en 1875 aquellas minas son rescatadas del abandono por Don Porfirio Macedo, yerno de Don Francisco Arbeu, un benefactor de la ciudad vergonzosamente olvidado. A él se debieron el Gran Teatro Nacional, uno de los más importantes de su época, no sólo de México sino también de América, y el Iturbide, ahora Cámara de Representantes, además de la línea del ferrocarril a Tlalpan. El Sr. Macedo quiso honrar a su suegro que había muerto unos años antes en la miseria, como corresponde a quien se interesa por la cultura, y le dedicó el nuevo foro.

Por este escenario triunfaron las más importantes figuras del arte escénico del mundo: Anna Pavlowa, máxima prima ballerina de todos los tiempos; la compañía de Doña María Guerrero, primerísima actriz española que tuvo tanto éxito en México que se levanto un coliseo con su nombre; Enrico Caruso, un tenor que se hacía escuchar en plazas de toros sin recurrir a implementos electrónicos, (inexis­tentes en aquellos ayeres, a Dios gracias), y muchos más que no cabrían en esta modesta sección. Sin olvidar que ahí se estreno El cuadrante de la Soledad, de José Revueltas, con escenografía de Diego Rivera, con doña Prudencia Griffell, y que también triunfó en esa sala la estrella de cine, teatro y televisión, Silvia Pinal, con comedias de Enrique Jardiel Poncela. Y que marcaron toda una época del arte lírico las temporadas de zarzuela y opereta de Doña Pepita Embil y Don Plácido Domingo, padres del internacional Plácido Domingo. No hay que olvidar al hipnotizador de fieras Blakamán, que dio pie a una de las tantas leyendas que son imprescindibles en la historia de los teatros. Cuentan que un cocodrilo quedo olvidado en el foso de agua debajo del escenario y que ahí vivió por años devorando ratas… Pero Don Antonio Zedillo, destacado historiador de los teatros y que vivió aquella época, aseguraba que el saurio murió y que la piel fue convertida en carteras, cinturones y zapatos que estrenaron varios empleados del Teatro.

A propósito de leyendas y volviendo al terremoto de 1768, se cuenta sotto vocce que un candil se descolgó a consecuencias del temblor y que mató a uno de los monjes, cuya alma en pena discurre en oración por aquellos lugares, con sobresalto, ayer de comediantes y hoy de bibliotecarios.

Pero es justo terminar esta reseña tan seria en torno a la cultura con algún detalle chusco. En la colección de primera que alberga la Biblioteca se ha colado Un nuevo muralismo, de Roberto de la Torre Salcedo, que entre otras lindezas lamenta que: “el mismo pueblo que contribuyó con limosnas a erigir un edificio religioso haya permitido con la mayor de las indiferencias que se viera invadido por la frívola vida teatral”. Inverosímil concepto de lo frívolo del Sr. Torres Salcedo. A menos que su opinión se deba a su falta de ignorancia, como diría aquella encueratriz ayuna de estudios académicos.

Por todo esto y mucho más, vale la pena visitar la Biblioteca Lerdo de Tejada, fuente de cultura, que continua con el destino de este espacio donde siguen presentes los espíritus del que fuera flamante Teatro Arbeu. Que un teatro también es cultura.

Bibliografía
Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada, 70 años,
Antonio Zedillo Castillo
Reseña Histórica del teatro en México,
Enrique de Olavaria y Ferrari

* Revista Ritos y Retos del Centro Histórico-Sept-Octubre 2006

 

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