El Teatro Tívoli

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Por Felipe de la Lama-Noriega


Venir a la Capital y no ir al Teatro más comentado, más idealizado y por supuesto más desprestigiado era no cumplir con un compromiso que todos los provincianos teníamos con el DF. Ir al Teatro Tívoli era tan imprescindible como visitar el Zócalo, la Villa o el Bosque de Chapultepec.

La verdad es que era un teatrito bastante desangelado, con unas 700 localidades en la luneta y algo más en la galería, ubicado en las calles de Libertad No.9, por los rumbos de la Colonia Guerrero, tirando para jacalón, con un público de lo más revoltoso. Ni en los peores momentos de las carpas que visitaban Culiacán, había visto desordenes parecidos, ni siquiera en el fin de fiesta, la parte mas relajienta del espectáculo, en la que participaba toda la compañía.

La verdad es que la primera vez, que no fue la ultima, me aburrí bastante y me sentí totalmente tonto. Sólo varios años después me sentí igualmente despistado al asistir en Nueva York a “D’ont botber me, I can’t cope”, una obra interpretada por actores negros, hablada en slang de negros, con chistes negros locales, para mi como si el espectáculo fuera en chino mandarín. En el Tívoli las carcajadas del público subrayaban aún más mi desconocimiento, no del idioma, como en Nueva York, sino lo que era peor, mi ignorancia del doble sentido y de los famosos albures, género lingüístico nada usado en el Norte, donde el vocabulario es directo y contundente, y al pan pan y al vino vino.

El teatro tenia unos años de inaugurado, se construyó en el lugar donde se alzaba la Arena Libertad, clausurada al construirse la Arena Coliseo en las calles de Perú. El edificio era diferente pero el público parecía ser el mismo: gritón e insolente, lo que parecía parte del espectáculo. Inaugurado el 13 a el 15 de septiembre de 1946, con la revista “Chofer; al Tívoli”, que alcanzo 1500 representaciones, cosa inaudita en aquella época. Y en esta, el autor era Alfredo Robledo, uno de los mejores creadores de sketches, ese género tan mexicano. Se suponía que la “Compañía de Revistas Rosita Fornes-Manuel Medel”, con José Jasso, Oscar Pulido, Luz María Núñez, tuviera el honor de inaugural’ el nuevo foro.

Pero, por razones de última hora, no se inauguró con esta obra, sino sketches y hasta escenas de la opera “Madame Butterfly”.

Quienes estuvieron presentes, según las crónicas periodísticas, fueron Don Fernando Soler, Carlos López Moctezuma, Consuelo Guerrero de Luna, Miroslava y el actor norteamericano Buster Keaton (1895-1966). Casi al finalizar la función llega el Cuatezón Leopoldo Beristáin (ya retirado), y la estrella de cine Emilia Guiú, que rompe una botella de sidra sobre un taburete en medio del escenario y se da por inaugurado el Tívoli, nombre que seguramente le impusieron en recuerdo de la Antigua Tibur, ciudad de Italia, celebre por sus cascadas, los templos de Sibila y de Vesta, pero sobre todo porque “Llegaban peregrinos, hombres y mujeres, que bailaban con desenfrenada licencia”. Cosa que hacían con bastante entusiasmo las segundas tiples del moderno Tívoli. Y también las primeras, las que se anunciaban entre foquitos de colores en la depauperada marquesina.

En realidad, bailar lo que se dice bailar eran pocas las que lo hacían. Pero eso sí, se zangoloteaban con lo que seguramente sería calificado como desenfrenada licencia por los cronistas de antaño. El clímax era cuando se apagaban las luces del foro, momento cumbre que aprovechaban las artistas para despojarse de la parte superior de su atuendo, quedando top less como se diría ahora y que entonces se calificaba en forma más claramente descriptiva. En Culiacán solamente se hubiera dicho que se embichaban.

Volvía la luz y las coristas todas con los brazos en alto para mantener la anatomía en su lugar, aguantaban los aullidos lujuriosos del respetable. Otro rápido apagón, volvía la calma y seguía el espectáculo, igualmente desprovisto de pretensiones culteranas. Según nuestro amigo Salvador Beltrán, después del encuere en alguna ocasión aparecía Don Severo Mirón para leerle un clásico al culto público… con el éxito que se podía esperar.

Lo que no se puede negar es el ingenio que mostraban los autores de los espectáculos, aprovechando los acontecimientos de actualidad y hasta los estrenos teatrales. Si no veamos algunos de los que tuvieron más éxito en aquel tiempo:

El harém de Max y Mino, estrenado en el sexenio del Presidente Manuel Ávila Camacho, hermano de Maximino. Pito Pérez Tenorio, en noviembre, época de muertos y Tenorios, Ya nos… empadronaron, que no necesita comentario, De pitón a pitón, probablemente en alusión a la temporada de toros, El pueblo muere de pie, a propósito de que Doña Prudencia Griffel presentara Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona, misma obra con la que Dona Ofelia Guilmain triunfa en estos meses. Un ferrocarril llamado desastre, como replica a la magnifica puesta en Bellas Artes de Un tranvía llamado deseo, de Tennesse Williams, con María Douglas y Wolf Rubinsky, dirigidos por Seki Sano. Todo un acontecimiento. Aquí Jano es un muchacho, cuando se estrenó en 1952 la polémica Jano es una muchacha, de Rodolfo Usigli, que se anunciaba como una “obra audaz y cruda por su tema y su lenguaje, para personas de amplio criterio. No apta para menores ni para señoritas”. Y en Diciembre Dando las posadas, muy de acuerdo con las fechas navideñas.

También había títulos que no tenían que ver con las actualidades del momento, tales como: Si Adán se hubiese aguantado, Cinturón de castidad, La academia de la lengua, No hay por que darlas, Mujeres sin sostén, ¡Con mamey o con banano????, que yo pensé que se desarrollaba en alguna nevería. Pero no…

Pero no todo fueron revistas frívolas, catalogadas como solo para adultos. Por ese foro pasaron Pedro Infante, Blanca Estela Pavón, Lilia Prado, Rosa Carmina, Ninón Sevilla, Katy Jurado, Libertad Lamarque, Olga Guillot, Los Panchos, Toña La Negra, Rosita Quintana, Ana María González, Marga López, Amanda del Llano, Roberto Soto, Ballet de Chelo La Rue. María Conesa, Jorge Mistral, por mencionar solo algunos y las orquestas de Luis Alcaraz y Gonzálo Curiel, la más popular y de más categoría en aquellos años. Lo cual es justo señalar pues el tan satanizado teatro también tuvo sus espectáculos muy diferentes a lo que la película de Alfonso Arau, (muy acertada como denuncia de un acto de prepotencia), permite suponer.

Cierto es que por ahí de 1949 se presentó Tongolele, que dio nombre a un espectáculo: Mangolele. Y también destacadas exóticas como Sátira, Kalantán, Naná que se presentaba en cabaret haciendo pareja con un diablo que la desvestía paulatinamente debajo de su amplia capa, Brenda Conde, La Dama del deshabillé, que hacia lo mismo que Naná pero sin ayuda de ningún diablo. Es justo acotar que esas striptiseras de vanguardia se quedaban con más ropa que las nenas que ahora presentan recitales para adolescentes.

El 10 de noviembre de 1963, después de 17 años de vida sicalíptica y divertida, es derrumbado dizque para ampliar el Paseo de la Reforma. El Teatro Follies, otro monumento del arte carpero y picaresco había cerrado poco antes.

El empresario del Tívoli declara: Mientras el Lic. Ernesto Uruchurtu sea Regente no hay esperanza para espectáculos de este tipo.

*Revista Ritos y Retos del Centro Histórico- Nueva Época No 12


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