Kandinsky, sus mundos y los nuestros

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Por: Ketzalzin Almanza

La exposición que alberga hoy el Museo del Palacio de Bellas Artes, y que ha logrado reunir a más de 150 mil visitantes, está llegando a su fin. Kandisnky, pequeños mundos es un acontecimiento en la Ciudad de México que cerrará su telón después de casi tres meses de exhibición.

Más allá del deleite visual que se puede tener con las 50 obras originales del pintor ruso, el discurso que se genera en la exhibición está anclado a varias aristas: por un lado, se deja ver el proceso artístico no como un proceso lineal, si no cíclico. Por otro, la constitución del exilio como espacio de pensamiento y construcción. Y por último, pero no menos importante, la voz personalizada de un todo colectivo.

Estas fueron algunas impresiones de la exposición y que no tienen otro fin más que significar un acercamiento espiritual (más que intelectual) a la vida cotidiana. Tejer un puente entre el mundo del pintor y el nuestro.

El proceso artístico como algo cíclico

Algo que resalta en la exhibición es que el creador de la obra Rojo, Amarillo y Azul comienza a dar sus primeros pasos con pinturas encaminadas más hacia el paisajismo; gracias a la curaduría a cargo de Miguel Fernández Félix y Xavier de la Riva Ros podemos observar la evolución que tuvo en sus pinturas, e incluso la influencia de su gran amigo Franz Marc, quien fue uno de los máximos representantes del expresionismo alemán.

Kandisnky

Tormenta (1910), Óleo sobre tela. La influencia de Franz Marc en la obra de Kandinsky.

Poco a poco, Kandinsky comienza a encontrar su propio estilo a través de un camino complementado por la creación y la teorización del arte en temas de composición (el color y la disposición de elementos visuales en una obra. Más allá de que este proceso lo alejara de los paisajes con los que comenzó en un inicio, Kandinsky vuelve a ellos pero con elementos creativos que lo hacen romper con lo que se había planteado hasta el momento y retrata los paisajes de Rusia después de la guerra bolchevique basado en la teoría que él había desarrollado hasta el momento. De este proceso surge la siguiente lección: todos podemos volver a los mismos lugares, pero será de manera distinta.

El exilio como un espacio de creación

Aunque no lo parezca, el exilio no necesariamente es huir de donde uno es, si no de donde uno está y de lo que piensa. Así, aunque Kandinsky tuvo que irse de Alemania durante la Primera Guerra Mundial y volver a Moscú, fue cierto que tampoco se sintió del todo ruso, pues muchas de las ideas que se planteaban sobre el materialismo espiritual no comulgaban con la idea de espíritu que tenía nuestro creador, quien decía que el arte era la forma de expresar el espíritu a través de colores y formas, era una manera de visibilizar lo invisible.

Nublado (1917) Óleo sobre tela. Representación de Rusia después de la guerra bolchevique.

El creador del movimiento El Jinete Azul, se exilió de su tierra natal en un sentido espiritual (cosa que no le impedía querer retratar la realidad rusa, sus paisajes y tradiciones) y esa no-pertenencia a algo, le permitió desarrollar una teoría casi ontológica que se volvería su lugar seguro. Reflexión: El exilio (geográfico o mental) nos lleva a encontrarnos en otros lados, o bien a crear nuestros propios rincones.

La voz personalizada de un todo colectivo

El punto que resta, tiene que ver: 1) Sí con la multidisciplinariedad que hay en las artes, como la influencia que tuvo la música y la psicología en las teorías y obras de Kandinsky a través de la sinestesia o la teosofía; grandes músicos como Wagner, Schönberg, Rachmaninoff entre otros, lo inspiraron a través de sus composiciones. 2) Con todo lo demás además de las artes.

Signo (1925). Óleo sobre cartón.

El nombre de la obra de Kandinsky lleva su nombre, pero enuncia muchos más acontecimientos detrás, porque al final un pintor se compone de de todo lo que ve, lo que lee, lo que vive, lo que ama; hoy tenemos el legado de este artista que sentó las bases para el abstraccionismo porque hubo mucho más detrás de él que le permitió llegar a esos lugares a las que no hubiera podido llegar solo. Así que la lección de este apartado es que aunque parezca que llegamos solos, en realidad siempre estuvimos acompañados.

Disfruta de esta exposición antes de que se termine. Estará hasta el 27 de enero con un horario extendido de 10:00 a 22:00 horas.

La entrada general cuesta $70 pesos.

 

 

 


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