La evasión constituyente

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 en Voz Ciudadana

La evasión constituyente

Por Jesús Silva-Herzog Márquez

Legislar ha sido la forma más popular de la evasión política. Para no hacer, normar. Con frecuencia la simulación ha adquirido entre nosotros formato legislativo. ¿Cuántas leyes han sido promulgadas para fugarnos de la acción, para desertar de la realidad? La historia de México ha estado marcada por esa fantasía de la proclamación. Decretar derechos sin preocuparse por los mecanismos que los hagan exigibles, proclamar ideales como si fueran reglas, trazar en ley la silueta de la justicia y confiar que ésta formará cuerpo automáticamente. Hemos enterrado la solución de muchos problemas en la vacía retórica abogadil. Postergar la acción creyendo en la hechicería de palabras que se ordenan en el solemne articulado de la ley. Pocas cosas han resultado tan nocivas para la construcción del Estado de derecho que esta persuasión oratoria. La ley se pervierte desde el momento en que se le concibe como poción mágica, cuando se le subordina a los afanes retóricos de los demagogos.

Hoy en la Ciudad de México la fórmula de la evasión se repite con un agregado grandilocuente: darle constitución a la capital de país. No cualquier ley: ¡Constitución! La irrelevancia se nos presenta como hazaña. Los políticos nos pintan un evento intrascendente como si se tratara de un logro histórico, como si fuera una conquista fundamental después de siglos de atropello, el ejercicio de un derecho que marcará un cambio radical en la ciudad. El desinterés que genera el proceso en la ciudadanía es sólo comparable con el entusiasmo de sus promotores. Ahora sí tendremos todos los derechos, ahora sí, decidiremos sin intermediarios, ahora sí seremos iguales. Se limpiará el aire, los animales dejarán de sufrir, la seguridad regresará a las calles. Es imposible escuchar la radio sin sufrir el embate de la demagogia de todos los partidos que nos ofrecen la luna en formato constitucional. Los partidos, y ahora también los independientes, desfilan en procesión de banalidades. Cada uno a su modo, y sin mayor imaginación, describe a la asamblea constituyente como la partera de una nueva ciudad.

La propaganda con que nos bombardean a diario todos los partidos resume el despropósito. El PRD de la ciudad celebra que aquí tenemos todo. No nos falta nada… más que una constitución. El triunfalismo de los perredistas solo ubica como carencia, una ley. El partido que gobierna la capital desde hace más de 18 años lo anuncia en su página con una curiosa redacción: “En una ciudad diversa que nunca duerme, que lo tiene todo y que siempre tiene (sic) hay lugar para tod@s, sólo nos faltaba algo: utilizar juntos ese poder para redactar nuestra constitución”. El absurdo político es mayor incluso a la torpeza con la que el partido gobernante enlaza letras y palabras. Al parecer, a juicio del PRD, el tener una constitución es el único pendiente de la ciudad. ¿Qué pasará cuando la tengamos? Nos aburriremos los capitalinos, hartos ya de tantos bienes y en ausencia de problemas por resolver. Los costos del paraíso. No es muy distinto el tono de los otros partidos. La primera constitución representará un nuevo comienzo para la ciudad.

No encuentro motivo para seguir siquiera la discusión del constituyente. La reforma institucional de la ciudad ya se concretó en los cambios a la constitución general. La constituyente es una absurda y cara distracción para la ciudad. Más que eso, es un engaño. No necesitamos una ley con nombre de constitución para elegir autoridades, ni para ordenar las funciones de sus poderes ni para establecer los derechos esenciales de sus habitantes. No es, por supuesto, condición indispensable de “autonomía” política, ni requisito de su democracia. La campaña por el constituyente, los proyectos que se discuten en distintos cenáculos, los debates que habrá de albergar esa asamblea (defectuosamente) electa serán fuente de empleos para algunos y entretenimiento para pocos más. Confieso que no me generan el menor interés. No es extraño, sin embargo, que esa evasiva se presente como el gran legado de la administración de Miguel Ángel Mancera. Carente de orgullos reales, le ilusiona heredarnos un símbolo. ¿Símbolo de qué?, habría que preguntarnos. No de una nueva ciudad sino de la más vieja política. Esconder la inacción en la ley. Degradar la ley para convertirla en ceremonia fatua.

Reforma


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