La Ley Anticorrupción, el único camino

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La Ley Anticorrupción, el único camino

Por Víctor Beltri

Pues bien, terminó el periodo de sesiones y nuestras fuerzas políticas no pudieron ponerse de acuerdo en cómo poner diques a una corrupción de la que, a final de cuentas, abrevan. Los mismos partidos cuyos dirigentes han tomado la tribuna pública para despotricar en contra de los escándalos que rodean al gobierno federal, han dejado pasar el que sin duda es uno de los mayores reclamos de una sociedad que, no entienden, ha perdido la confianza.

Una confianza cuya pérdida se refleja no sólo en los números sobre la aprobación a la gestión del Ejecutivo, sino también en aquella sobre el resto de las instituciones. Y es que en nuestro país hemos dejado de creer en unas instituciones cuyo propósito real —muy diverso al de su motivo original— es el enriquecimiento de quienes logran acceder a ellas a través de un sistema establecido en unas normas viciadas de origen. Las mismas normas que no se atreven a tocar quienes —de nuevo— no han entendido que el problema de credibilidad son ellos mismos.

La relación entre la sociedad civil y los poderes de la Federación se asemeja, más que a la de los componentes de una maquinaria que funciona con eficiencia, a la que se retrata en el salón de un terapeuta de parejas en el que la esposa simplemente ha dejado de creer en lo que el marido le dice y éste, sin atender los reclamos, lo explica diciendo que ella está siempre de mal humor.

Un mal humor que no es sino el síntoma de un problema mucho mayor, y que sólo no ve quien no quiere hacerlo. Los reclamos de la esposa han sido constantes: el manejo opaco del dinero, la falta de comunicación, las infidelidades constantes, las amistades dudosas. Las relaciones que no se pueden hacer públicas, la información a medias, los viajes sin explicación y los regalos sin motivo aparente. Una y otra vez, minando la credibilidad con golpes devastadores de los que nadie acusa recibo.

Hoy iniciamos una semana en la que México ha cambiado. Por una parte, la amarga despedida del GIEI, que ha dejado más interrogantes que claridades —excepto en la falta de credibilidad de las instituciones— y por otra, la pifia de los partidos para atender y hacer suya una bandera que, al fin y al cabo, no pueden enarbolar. La corrupción y la falta de Estado de derecho están patentes, desde la dudosa actuación del funcionario que todavía ocupa la titularidad de la Agencia de Investigación Criminal de la PGR, hasta la negociación en el Congreso de lo que debiera ser una prioridad, incluso si fuera por fines electorales.

El panorama es desolador, cuantimás que los acontecimientos parecen dejarse correr sin hacer un diagnóstico claro y sin tomar las medidas de contención adecuadas. Las prioridades de la Oficina de la Presidencia deberían de ser revisadas, bajo la perspectiva de que la disminución en la credibilidad terminará por afectar el voto duro de un partido que parece confiar más en los cálculos de la aritmética que en las leyes de la gravedad.

El GIEI se retiró dejando tras de sí la espada de Damocles de un reporte visiblemente integrado con curso a La Haya, entre el clamor de medios nacionales y extranjeros y el reconocimiento de nuestro principal socio comercial. La situación económica dista mucho de lo deseable, la violencia es pertinaz, se aproximan elecciones en 12 estados de la República con un órgano electoral pusilánime y, tras de eso, el Informe de Gobierno, el Grito de Independencia, el aniversario de Ayotzinapa y el 2 de Octubre. Una escalera cuyo ascenso será difícil de transitar hasta llegar al remanso temporal del Guadalupe-Reyes. ¿Hay una estrategia para cada peldaño?

En política no hay coincidencias y el tránsito a 2018 suena más complicado que nunca. Por eso, por recuperar la credibilidad, por estabilidad institucional, por la propia paz del país debería de ser la principal prioridad de los tres poderes asumir —y corregir— el error cometido y aprobar las medidas contra la corrupción en un periodo extraordinario de sesiones. Es el único camino.

Excélsior


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