LA PRESENCIA JUDÍA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD DE MÉXICO

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LA PRESENCIA JUDÍA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD DE MÉXICO*

Mónica Uniquel

Las calles del Centro han sido habitadas por judíos desde que se inicia la época colonial en el siglo XVI. Buscaban en la Nueva España la libertad que en España y Portugal les estaba negada por la intolerancia religiosa que se apoderó de esos lugares e hizo que los judíos que pretendieran sobrevivir fueran convertidos al catolicismo. Muchos lo hicieron honestamente, pero muchos otros siguieron siendo judíos en secreto.

En el recién descubierto continente la Inquisición se instalo en forma casi inmediata (aunque 1571 es el año de su establecimiento oficial, ya en 1536 fueron quemados en la hoguera dos judaizantes) por lo que los judíos que querían mantener su identidad tuvieron que hacerlo clandestinamente, y gracias a la obsesión inquisitorial de dejar cada palabra que se pronunciara en la cámara de tormento o en las celdas por escrito, sabemos de la existencia de una comunidad judía que celebraba las festividades mas importantes en casas de correligionarios y mantenían lazos solidarios. Sin embargo, reinaba la confusión por el miedo y la falta de guías espirituales. Había familias en las que un hijo era funcionario de la Iglesia mientras que otro era judío fanática (por ejemplo, la celebre familia Carvajal).

Es interesante y escalofriante pensar que en las cárceles del edificio de la Inquisición se llevaron a cabo ritos y plegarias silenciosas a un Dios prohibido.

La época colonial no constituye un antecedente a la comunidad judía actual. Aquellos que sobrevivieron a la Inquisición se asimilaron, y existen algunas pequeñas comunidades que se consideran descendientes de los judíos de aquella época, pero no están integrados a la comunidad [una está en Venta Prieta, Hidalgo, otra en Vallejo en la Ciudad de México]

Es mucho lo que se puede escribir sobre el tema, aquí sólo se presenta a manera de esbozo. Desde el inicio de la vida independiente hasta el Porfiriato la presencia judía fue escasa y poco significativa. [El médico de cabecera de Maximiliano era judío]

Con Porfirio Díaz (1877-1911) la inmigración y la inversión extranjera se vol­vieron un objetivo del Gobierno en aras del progreso. Díaz quería ver en México un reflejo de Europa y la ciudad capital parecida a Paris, con aire cosmopolita y moderno.

Llegaron los europeos, y entre ellos judíos, la mayoría franceses. No vinieron como grupos ni se interesaron -en su mayoría- en una organización judía. Vinieron como individuos y mantuvieron su patria en Europa. Después de un tiempo de trabajar en México, muchos se regresaron a su país de origen, o se casaron con mexicanas católicas, integrándose al país (y dejándole apellidos como Herzog, Scherer, Levy y otros). Sin embargo, si los hubo que participaron en un proyecto de organización comunitaria con el objetivo de dar unidad a los judíos de la Ciudad, y ayudar a los que iban llegando.

Se reunían para celebrar los rezos de las festividades mayores en un templo masónico que había en Donceles 14. Para el Rosh Hashaná de 1905 la invitación fue general y abierta a todo el público (en el periódico Mexican herald salió el anuncio), y asistieron personas de diferentes nacionalidades.

Ese mismo año hubo una reunión en el restaurante del Hotel Iturbide (hoy Palacio de Iturbide. El restaurante era manejado por un judío de apellido Zivy) en la que se estableció la necesidad de una organización judía, de donde surge “Emmanuel”, con Francisco Rivas, un judío descendiente de conversos de Yucatán, a la cabeza. No tuvo larga vida por problemas entre sus miembros. Hubo judíos prominentes en la masonería, de allí el local para los rezos. Uno de ellos fue un señor Speyer, dueño del banco del mismo nombre que actuó como sucursal en México, y que fue fundamental en el desarrollo de los ferrocarriles, pues con sus créditos se pudieron adquirir las acciones que tenían los extranjeros, y mas adelante se creó Ferrocarriles Nacionales de México. Este señor le mandó un telegrama a Francisco I. Madero pidiéndole la fecha de su entrada a la Ciudad de México para prepararle un recibimiento. Tenían amistad a través de la masonería. También Jacobo Granat, dueño de cines como El Salón Rojo, ubicado en la antigua Plateros y Bolivar, prestaba a Madero sus cines como foro para sus campañas. Así, cuando fue elegido Presidente, le otorgó a la comunidad el permiso de construir un panteón judío.

En la antigua calle de Plateros, hoy Madero, se encontraba la famosísima joyería La Esmeralda, cuyos dueños eran el ya mencionado Zivy y otro judío francés de apellido Hauser. En los óvalos del edificio se pueden notar sus iniciales HZ entrelazadas. Dicen que superaba con mucho a la casa Tiffany de Nueva York. Para 1904 sus dueños ya habían abandonado el país y un pariente manejaba el negocio.

El primer banco oficial del gobierno mexicano, el Banco Nacional de México, cuya sede inaugural fue el maravilloso palacio del conde de San Mateo Valparaíso (en Isabel la Católica) fue fundado, entre otros, por un judío llamado Edouard Noetzlin. Algunos de sus socios eran judíos franceses, como los hermanos Tron, que además llevaron a cabo la construcción y dirección de El Palacio de Hierro.

Los judíos eran pocos, pero su importancia era cualitativa, y se dejó sentir en el desarrollo de la Ciudad.

A principios del siglo XX empezaron a llegar a costas mexicanas barcos cargados de inmigrantes provenientes de países del extinto imperio otomano, como Siria y Turquía, así como de Grecia. Huían del servicio militar obligatorio y de las condiciones de vida, cada vez más difíciles de superar. Buscaban tierra de libertad y oportunidades, y llegaron a México, como pudieron haber llegado a cualquier otro país del continente. La palabra mágica era “America”.

*Revista Crónicas de la Ciudad. de Mex. Año 3 núm. 10

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