Leyenda de don Juan Manuel de Solórzano

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Documento que trata de alertar a su merced para que Sucedido de la hora no dé sucesido de la calle de Uruguay escrito por la pluma ligera de Luvis Liviana de Cascos y Luenga

Hay historias que en el tiempo se vuelven leyendas. Y este es un suceso tan real como sobrenatural que ha trascendido los tiempos del olvido. Don Juan Manuel de Solórzano murió en situación misteriosa, pero su vida es leyenda y es por ello que respira; la calle de Uruguay, en la Ciudad de México, todavía huele a sangre. Vamos a la historia.

Este noble caballero llegó a México en el año de 1612, en el barco donde también venía el nuevo virrey, don Diego Fernández de Córdova, Marqués de Guadalcázar.

Ya en tierras de la Nueva España, don Juan Manuel trabajó con gran tenacidad para hacer su fortuna; en 1636 la acrecentó con la dote que recibió al casarse con dona Mariana de Laguna, hija de un rico minero de Zacatecas. Claro, don Juan Manuel de Solórzano ya rebasaba el medio siglo de vida y su joven esposa tendría, en la flor de su belleza, unos diecinueve años (cuerpo tierno para pasiones viejas).

En estas fechas, estaba como virrey don Lope Diez de Armendáriz, Conde de Cadereyta, y con este personaje, ya viejo también, gustaban de reunirse en casa de don Juan Manuel para charlar y hacer buenos negocios. La bella y joven Mariana de Laguna compartía la mesa y el chocolate con ellos. Fue así, es decir con la buena amistad, como el Conde de Cadereyta le encargó a don Juan Manuel la administración de varios ramos de la Real Hacienda. Esto les trajo graves problemas con la Junta de Notables de la Audiencia, que hasta entonces controlaba todas las entradas del dinero de la Real Hacienda.

La desgracia cayó sobre las espaldas de don Juan Manuel cuando el Conde de Cadereyta dejó el gobierno de la Nueva España. Ya sin su apoyo y protección, fue enviado a la cárcel de la Corte en 1640 por orden del Alcalde del Crimen don Francisco Vélez de Pereira. Y varias veces, con la ayuda de unos guardias de la cárcel, pudo salir por las noches para visitar a su esposa doña Mariana de Laguna. En una de esas noches encontró al Alcalde del Crimen queriendo seducir a su esposa -casi pegaditos- y don Juan Manuel lo mató. Al tiempo, otros caballeros se encargarían de vengar esa muerte.

Pero este suceso se transforma en leyenda para decirnos que un día don Juan Manuel de Solórzano, celoso por la belleza de su esposa, invocó al Diablo para que le dijera con quién lo engañaba. Y dicen que cuando caía una tormenta sobre la ciudad, don Juan Manuel de Solórzano vio como el Diablo se le hacía presente envuelto en una nube de azufre.

El Pingo le dijo que si podía ayudarlo, pero a cambio de su alma.

Don Juan Manuel aceptó y firmó con la sangre de sus venas el pacto, y el Diablo le dijo que aquel que pasara cerca de su casa a las once de la noche, ese sería el caballero con quien lo engañaba su esposa. Y don Juan Manuel, con los celos que son malos consejeros, empezó a salir por las noches y preguntaba a todo caballero que pasaba por ahí:

-¡Perdone usarcé! “Que horas son?
-Las once, caballero.
-¡Dichoso usarse que sabe la hora en que muere! … Y en la noche brillaba el puñal que atravesaba el corazón de los caminantes.

Una madrugada tocaron fuertemente la puerta de su casa… y le llevaron muerto a puñaladas a su joven sobrino que vivía con él y a quien había traído de la Península para que le ayudase en sus negocios.

Al comprender don Juan Manuel de Solórzano que había sido él mismo el autor de ese crimen, fue con su confesor al convento de San Francisco, quien le mandó rezar un rosario por tres noches seguidas en la Plaza Mayor, frente al palo de la horca.

La primera noche escuchó una voz que venía de ultratumba y que anunciaba:”Un Padre Nuestro y un Ave María por el alma de don Juan Manuel”. La segunda noche, vio aterrorizado como avanzaba una procesión con su propia caja de muerto. La tercera noche, persuadido por su confesor para terminar la penitencia de absolución, fue a rezar su rosario… Al otro día, por la mañana, don Juan Manuel de Solórzano amaneció colgado en la horca de la Plaza Mayor. Los hombres de la Real Audiencia dijeron que unos angelitos lo habían ejecutado, que fueron estos seres alados quienes lo cargaron en vilo y lo llevaron al cadalso.

El 19 de octubre de 1641, don Juan Manuel de Solórzano pagó sus pecados con la vida. Su rostro amoratado, con la lengua de fuera, clamaba un rezo para su alma, que ya se encontraba en los calidos brazos del Infierno.

*Revista Crónicas y Leyendas mexicanas, Germán Argueta, febrero 2009, tomo XIX.


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