Leyenda de la Aduana de Santo Domingo

Publicado el 26 abril, 2012

¿Leyenda?… ¿Historia?… sea lo que fuere debemos relatar lo que se cuenta acerca de la construcción de este edificio, en la que entró como razón principal el amor de un noble y rico caballero, a distinguida dama, hermosa y de alto linaje.

A principios del siglo XVIII, vivía en la corte de la Nueva España don Juan Gutiérrez Rubín de Celis, rico y noble caballero, coronel del Regimiento “Tres Villas”, perteneciente a la Orden Militar de Santiago, y que, según afirman varios cronistas de la época, poseía también el hábito de Calatrava, así como el cargo de Prior del Consulado, nombramiento que había recibido del Virrey Don Juan de Acuña, Marqués de Casafuerte. Esto le hacía ser respetado y gozar de distinciones en las altas esferas sociales y nobles del Virreinato.

Don Juan vivía en medio del lujo más grande y la suntuosidad más refinada; jamás se le veía a pie, siempre en su carroza o en su litera forrada de seda. Le gustaba vestir con la elegancia más costosa de aquellos días, y afirma más de un historiador que en 1716, durante los festejos de la toma de posesión del Gobierno por el Marqués de Valero, llevaba tal cantidad de joyas sobre su traje, que solamente los bordados de perlas del casacón representaban la suma de treinta mil pesos, por cuyo dato se calculará el valor de sus cadenas, sortijas, de los alfileres sobre el encaje de la corbata, los broches en el sombrero, y demás brillantes preseas.

En el nobilísimo y nada joven caballero, se despertó loca y profunda pasión amorosa por la linda doncella doña Sara de García Somera y Acuña, parienta del Virrey Marqués de Casafuerte, la cual dudaba en corresponder a aquel amor, por el carácter especial del enamorado que no presagiaba mucha felicidad en el matrimonio para el día de mañana.

Pero eran tantas las promesas y tantos los juramentos del apasionado pretendiente que allá por el año 1741 correspondió Doña Sara a las pretensiones de Don Juan, pero con una sola condición, algo rara en efecto, pero indispensable para conseguir la mano de la dama, y fue ésta: que el apasionado caballero concluyera en el plazo improrrogable de seis meses las obras del edificio de la Aduana, cuya construcción se había empezado años antes y estaba completamente abandonada. Algo le extrañó la condición, pero como el amor es poderoso cuando se adueña de las voluntades, sacudió don Juan su manera de ser abandonada y fría, aceptando el requisito que se le imponía, y con actividad en él desusada puso mano a la obra sin escatimar gasto alguno ni esfuerzo de ninguna clase para salir airoso de la empresa.

No encontró ningún arquitecto que se comprometiera a terminar el edificio en ese plazo y él en persona se convirtió en director de la obra. Hizo traer negros para que trabajasen día y noche, con teas encendidas se realizaban estos trabajos cuando la luz del sol faltaba; distribuyó entre los canteros, todos cuantos existían en la ciudad, las piedras que habían de labrar; mandó construir apresuradamente balcones y barandales de hierro; al mismo tiempo hizo que cientos de carpinteros construyeran bastidores, puertas, frontis y ventanas, vigilándolo todo él, antes holgazán caballero, que al presente desplegaba una actividad extraordinaria descansando apenas unas cuantas horas para dormir.

De esta manera, empeñoso y con tesonera constancia, tres días antes de expirar el plazo fijado por la dama de sus pensamientos, se puso de gala y, en su mejor coche, se dirigió a la casa de la amada a la que, en un cojín de terciopelo, hizo entrega de las llaves del edificio ya terminado y le pidió que cumpliera su palabra de ser su esposa, ya que él había cumplido la suya de terminar el edificio. Doña Sara cumplió su palabra. Se verificó el matrimonio en agosto de ese mismo año y Don Juan, para dejar un recuerdo de su amada a las generaciones futuras, mandó esculpir sobre un arco una inscripción acróstica, en la cual se puede leer lo siguiente:

“Siendo Prior del Consulado don Juan Gutiérrez Rubín de Celis, Caballero de la Orden de Santiago, y Cónsules don Gaspar de Alvarado, de la misma Orden y don Lucas Serafín Chacón, se acabó la fábrica de esta Aduana, a 28 de junio de 1741 “.

Algunos historiadores dicen, que doña Sara puso la condición a don Juan aconsejada por el Virrey Marqués de Casafuerte.

Tal es la historia de cómo se construyó el edificio mencionado.

Observadores escrupulosos han hecho notar que la prisa con que se construyó se destaca en lo defectuoso de algunas partes, sobre todo en las piezas de hierro forjado, que no tienen la finura y delicadeza debida.

Fuente: Mitos mexicanos http://www.mitos-mexicanos.com/ciudad-de-mexico/leyenda-de-la-aduana-de-santo-domingo.html


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