Confianza en el MP


En estos días, un estudio del Centro de Análisis de Políticas Públicas México Evalúa señala que solamente el 5.3 por ciento de los capitalinos tiene confianza en la Procuraduría local. El dato es contundente y desastroso para el trabajo policial. Y señala el fracaso de los programas de reestructuración de la Procuraduría iniciados en 2008 por el Procurador Miguel Mancera y que se basaban en la recuperación de la confianza de los ciudadanos y la supervisión de sus elementos.

Para entender con exactitud el significado de este número, lo podemos comparar con otros países. En España, según el Barómetro de Opinión Pública elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de Madrid, el Cuerpo Nacional de Policía es la segunda institución mejor valorada del Estado después de la Corona. En Alemania, el 87 por ciento de su población considera que la Policía es la institución más respetable del Estado (Josef Isensee - Universidad de Bonn).

En esos países, la gente considera seriamente la posibilidad de avisarle a la Policía que se va de vacaciones para que vigile su casa. En la Ciudad de México, los habitantes se aterran de la mera posibilidad de que la Policía sepa que su casa va a estar vacía por un tiempo...

 
 
¿Qué espera la gente?

 
Este bajo nivel de confianza está directamente relacionado con la posibilidad de las Policías de hacer un buen trabajo: a) si la población no cree en ellos, no denuncia. Y sin denuncias, la Policía anda a ciegas, no sabe dónde y qué delitos se cometen; b) sin confianza no hay investigación criminal porque la principal fuente de información son las propias personas; y c) sin confianza no mejora la percepción de inseguridad (la gente no se siente protegida).

¿Y qué espera la gente? Joel Miller del "Vera Institute of Justice" de USA, afirma que el contacto con la Policía es fundamental. La gente siempre espera buenos resultados, pero además, -y sobre todo- quiere ser escuchada, recibir información que le permita aceptar una respuesta negativa, respeto y consideración. Y mucho más si fue víctima de un delito violento y traumático. Es lo mínimo que se puede esperar de la institución policial.

Y aún así, es demasiado para la Procuraduría de la Ciudad. Tomemos por caso, el de las llamadas extorsivas. Según un estudio del CIDE (Encuesta de victimización y eficacia institucional - 2008), de las 397 personas entrevistadas que sufrieron este tipo de delito en ese año, solamente 12 se presentaron al MP, y nada más que 6 personas decidieron hacer la denuncia. ¿Y cómo les fue a esos solitarios 6? La evaluación que hacen del MP es la siguiente (donde 0 es pésimo y 10 es excelente): demora en el trámite: 6.1, trato recibido: 5.7, solución a la denuncia: 4.0, recuperación de las pérdidas: 3.25. No son números para entusiasmar a nadie. En resumen, se puede decir, que a los pocos que denuncian (¡¡¡6 de 397!!!) no les va muy bien. Y no estamos hablando de eficiencia (el bajo 3.25 de evaluación de recuperación de pérdidas) sino simplemente de buen trato. Ya que no van a poder hacer nada, al menos podrían ser más amables. El policía es como el médico que nos informa que no tiene solución para nuestra enfermedad. ¿Se imagina? Dos o tres horas en la sala de espera para entrar al consultorio y que un médico descortés nos diga de malos modos -con fastidio y autoritarismo- que no puede (o no quiere) hacer nada por nosotros. Es un poco desalentador.

El único modo de aumentar la confianza de la gente en la Policía es mejorar el desempeño. Esto significa atrapar a los delincuentes. Pero si ese ideal es demasiado lejano, se podría comenzar por mejorar la atención a las víctimas. Porque -equivocadas o no- el punto de vista, la percepción y los sentimientos de aquellos que han sufrido un delito grave es fundamental. Una parte importante del sistema debe girar alrededor de este tema: la atención a las personas que han sido lastimadas, heridas, golpeadas o despojadas. Si se desatiende este punto básico del sistema penal, no hay que esperar milagros, ni culpar a la población por los errores y el desinterés de la propia institución.

Fuente: 
Reforma
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