
Pisaron las tumbas. Se saltaron la barda del panteón y entraron en medio de la oscuridad, como para descubrir lo desconocido, como para conquistar el terreno de los muertos. Brincaron sin pudor ni recato sobre los sepulcros del pueblo de Mixquic, entre bromas, risas y con cámaras fotográficas.
Fueron decenas de jóvenes, con niños detrás. Corrían, gritaban, hablaban por teléfono y husmeaban entre epitafios olvidados de las antiguas sepulturas de Tláhuac. El 1 de noviembre había quedado atrás para dar paso a las primeras horas del día de los Fieles Difuntos. Era la madrugada del Día de Muertos.
Esa celebración prehispánica es Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad desde 2003, pero a ellos, a los invasores, les importó más la adrenalina que pudo causarles fotografiarse entre muertos, bajo un cielo sin luna y junto a un árbol de ramas secas y aspecto tenebroso. “¿Venir de tan lejos para no entrar?”, responde uno al ser cuestionado por su incursión. Además, justifica, “todos se meten”.
“Aquí hay que tenerle más miedo a la ‘tira’, que a los muertos”, comenta otro joven entre risas al recorrer los estrechos y olorosos pasillos del camposanto, en donde algunas tumbas lucían flores recientes y un pedazo de pan, una veladora y un vaso con agua.
Sería hasta la tarde del 2 de noviembre cuando las puertas metálicas se abrirían para que los pobladores compartan la velada, los alimentos y las lágrimas con los que se fueron y, al mismo tiempo, regresaron a sus orígenes, a la tierra.
A eso huele Mixquic, a tierra. En su atmósfera se alcanza a percibir el olor de las flores y de la leña que se enciende en las casas, para recibir con puertas abiertas a los difuntos. En los marcos, cuelgan estrellas de papel de china que brillan para guiar a los que vienen. Y en los patios, las ofrendas, listas para ser degustadas por los viajantes del inframundo.
La noche de muertos es de derroche en las calles del pueblo mágico. La cerveza corre sin límites, el café o los sanitarios se ofrecen en el camino, una ruta fúnebre convertida en estacionamiento, donde emborracharse no es difícil. Ni está prohibido. Los comerciantes, muchos no son originarios de Mixquic, hacen su agosto con todo tipo de ofertas, alimentos y productos. La muerte está en playeras, tazas, bolsas, carteles y otros accesorios. Los botes de basura se desparraman.
Algunos visitantes recorren las calles tumultuosas con disfraces de tradiciones extranjeras y cobran por fotografiarse junto a ellos. Los niños piden dulces o dinero. Se mezclan con los tzompantlis artesanales de cráneos gigantes que dan la bienvenida en la entrada del pueblo o con los atuendos de catrinas que se pasean silenciosas por su tierra, en su día.
En la explanada del místico pueblo, se instaló un puñado de casas de campaña, al que rodean muchachos de mirada perdida y atuendos oscuros que buscan un vaso más de alcohol o las sobras de algún cigarro.
Unos 250 concheros danzan en torno a una ofrenda al dios Mictlantecutli, el señor del inframundo. Es la fiesta de los muertos.
Y junto a ese espectáculo central, muchos jóvenes, lejos de comprender el valor de la festividad, invadieron el suelo del reposo de los fieles, La visión del regreso de los seres queridos y los dioses prehispánicos no les importan. Es más interesante salir a cuadro en la foto o encontrar la tumba más tétrica para presumir su imagen, después, en las redes sociales.
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