Los costos de la seguridad


Gustavo Fondevila


Hace unas semanas, Coyoacán amaneció empapelada por unos carteles de la Procuraduría General de Justicia del DF (PGJDF) con diez consejos para prevenir el robo de automóviles. Seis de esos consejos eran instalar: 1) una alarma audible, 2) un candado antirrobo, 3) un sistema cortacorriente, 4) un sistema de ubicación satelital, 5) dejar el auto en un lugar con vigilancia, o 6) usar una cochera. La Procuraduría tiene razón en que los habitantes deben reducir las oportunidades de robo. Esto ayuda a la Policía a bajar los márgenes de acción de los delincuentes y dificultarles la tarea. Pero no es gratis. La mayoría de los consejos de la PGJDF tienen costos para los usuarios. Una alarma para auto cuesta entre 700 y mil 600 pesos, candado antirrobo va de 200 pesos hasta mil 200 los más simples al volante (los trabapalancas a partir de mil 100 pesos), un cortacorriente de 300 a 600 pesos, un GPS de 6 mil 500 a 12 mil de acuerdo a la complejidad o contratar una empresa de rastreo satelital de 4 mil en adelante, contratar vigilancia para la calle cuesta alrededor de 5 mil (un guardia informal) y por último, una cochera puede salir de 16 pesos la hora hasta mil 500 por mes las informales. En resumen, no son consejos demasiado baratos. En la opción más baja usted gastaría unos 10 mil a 15 mil pesos. Si elige la opción de alta gama, los precios suben...


Y la misma lógica se puede aplicar a su casa, con alarmas, cerca electrificada, perro guardián, vigilancia externa, garitas, cerrar la calle con vallas, o mudarse a un barrio cerrado que comienzan a abundar en la ciudad como pequeñas fortalezas prohibidas al libre paso de los demás.


¿Quién paga todo esto?


No se lo pregunte mucho, lo va a pagar usted. Algunos son gastos ocasionales, otros se vuelven permanentes. Y aquí no estamos hablando de guardias armados de seguridad, camionetas blindadas o choferes especializados, ni de ejecutivos con sueldos altísimos trabajando para grandes corporaciones. Solamente se trata de la vieja y maltrecha clase media capitalina. La que ahorra para comprar un auto y lo deja en la calle, la que paga impuestos, la que no tiene grandes contactos, y vive más o menos bien pero de su trabajo diario. Ese sector es el que paga estos costos y esta disminución de calidad de vida. No sale de noche, tiene miedo y se encierra en su casa. Es la que no puede ir al trabajo en helicóptero como el Ingeniero (Slim) ni cortar la Avenida Las Palmas para llegar tranquilo y seguro. La clase media y los sectores pobres son los se exponen.


Y este problema tiene varias líneas de interpretación. La primera son los gastos totales de la seguridad privada. En 2008, el Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad (ICESI) calculaba esa cifra en poco más de 4 mil millones de pesos y hoy seguramente, se gasta más. Esto significa también que las empresas gastan más en seguridad y eso incluye al pequeño negocio de la esquina. Y cuando ellos pagan más, los productos que compramos o los servicios que usamos son más costosos. Vivir -como siempre- es cada vez más caro. Usted ahorra menos, trabaja más (si puede) para tener lo mismo de antes, o se acostumbra a vivir peor. El segundo tema es la aparición creciente de guardias armados y calles cerradas por todas partes. No hay números estadísticos -al menos conocidos- pero es indudable que caminamos hacia la privatización de la seguridad en la Ciudad. Y que en poco tiempo, como en San Pablo (Brasil), usted va a entrar a su librería preferida del barrio y lo va a estar mirando con sospecha un guardia armado con ametralladora.


Y la última, es el rol de las autoridades. La participación comunitaria en la seguridad pública es importante. Pero hay una responsabilidad ineludible del Estado. La seguridad pública es un servicio que debe ser provisto (como la salud, el transporte, etc.) por las instituciones del Estado. Y la participación comunitaria no debe ser mal interpretada como una transferencia de los costos de la ineficiencia policial a los ciudadanos.


Los consejos de la Procuraduría son bienintencionados. No hay que dudarlo. Aunque la gente los mire con desconfianza porque son un poco caros y con la crisis económica, bastante difíciles de seguir. Quizás un consejo más realista hubiera sido que para evitar que le roben el auto, mejor no se compre uno. Es la única variante precavida y barata. Aunque para eso, el gobierno de la Ciudad debería darnos un transporte cómodo, limpio y eficiente. Pero afortunadamente, ese trabajo le corresponde a otra Secretaría.

Fuente: 
Reforma
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