
Gustavo Fondevila
El CIDE acaba de publicar su Informe 2010 de la Encuesta de Victimización y Eficacia Institucional que realiza todos los años. Hay muchos datos interesantes pero lo más inquietante es que señala que la violencia delictiva ha aumentado un 20 por ciento en la Ciudad de México de 2008 a 2009. Este dato coincide con el incremento de 18.8 por ciento de delitos violentos registrado por la Procuraduría de Justicia capitalina (PGJDF) en los últimos dos años.
Esto significa que no solamente hay más delitos (las denuncias por robo a transeúnte crecieron 56 por ciento y las de robo a casa habitación 54 por ciento), sino que además, los delincuentes son más violentos y causan daños a las víctimas (para despojarlas de sus bienes). Y esto tiene un mayor impacto social. La delincuencia deja de ser un problema económico para ser una cuestión de supervivencia. Esto trae aparejado cambios en las costumbres y hábitos de las personas: se encierran, gastan más dinero en su seguridad, aumenta la desconfianza y el miedo, cae la solidaridad, etc. En política, se vuelven conservadores y apoyan proyectos de mano dura contra la delincuencia. En resumidas cuentas, menor calidad de vida para todos.
¿Qué alcance tiene este fenómeno? Según un estudio realizado por Carlos Vilalta a partir de las encuestas a población en reclusión del CIDE, los robos con violencia generan más dinero para los ladrones que los robos comunes. Pero las consecuencias son mucho más terribles: en el casi 60 por ciento de los robos violentos, la víctima falleció y en el 20 por ciento sufrieron heridas leves. Es decir, el uso de la violencia no es gratuito: en el 80 por ciento de los casos las víctimas salen severamente dañadas. Si el delincuente está armado, las posibilidades de que haya víctimas se incrementa en un 260 por ciento. Portar armas significa casi automáticamente violencia. En general, el tipo de arma preferido es la de fuego (77 por ciento) y en una abrumadora mayoría, los delincuentes violentos son hombres (80 por ciento). Se trata de delincuentes jóvenes de 20 a 29 años (55 por ciento) que cometen sus delitos de noche (53 por ciento)
¿Por qué suceden estas cosas? Hay muchas causas pero el desempleo, la falta de oportunidades, el ambiente social y la impunidad son motivos relativamente claros para delinquir. Y para los jóvenes esto es todavía peor porque tienen menos recursos, experiencia, contactos, educación y además, toda la vida por delante sin ninguna expectativa de ascenso social o mejora. Esto es suficiente para provocar frustración en una edad donde esperar es difícil. Y las salidas fáciles siempre están a la mano.
En otros países del mundo, como Estados Unidos que logró reducir la tasa de delitos violentos en la década de los 90 y mantenerla estable desde el año 2000 hasta la fecha, se combinaron varias políticas. Por un lado, la Policía diseñó estrategias novedosas de policiamiento y en el Congreso se endurecieron las penas para disuadir el uso de la violencia y para incapacitar a los criminales violentos de carrera (esos que apenas salen de la cárcel vuelven a delinquir). Al mismo tiempo, aumentaron las medidas judiciales contra la violencia: restricción de beneficios de preliberación, rehabilitación, etc. Todo esto implica varios desafíos en nuestra Ciudad, como la aplicación efectiva de la Ley, mayor gasto en seguridad (impuestos) y la mejora imprescindible de las cárceles con lugares especiales para los individuos violentos y peligrosos. Porque todo esto provoca más presos.
Pero no hay que dejarse engañar por este canto de sirenas. En el fondo, el problema comenzó a solucionarse en serio con crecimiento económico, con políticas orientadas al empleo de jóvenes (beneficios fiscales para las empresas, creación de empleos especiales) y a su inserción en el esquema educativo (becas, carreras de medio tiempo, etc.) Es decir, una política integral dirigida al sector sin descuidar el aspecto social. Y este es un desafío mayor para las autoridades y para nuestra sociedad.
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