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MEMORIAS DE UN EXILIO
Diana Anhalt * En el otoño de 1950, de un día para otro, mis padres, Belle y Mike Zykofsky, abandonaron su país, su hogar y su pasado y se mudaron a México. Ocultaron ciertos detalles delicados, o los reprimieron, y cambiaron sus vidas por una especie de segundo exilio. Yo tenía ocho años en aquel entonces, pero aún recuerdo muy bien nuestra salida de Estados Unidos y, en particular, nuestro primer día en la Ciudad de México. Caminamos hasta el Zócalo, donde mi padre le compró un periódico a un vendedor callejero. Se instaló en una banca con mi madre a su lado. Aun cuando su único roce anterior con el español no habían sido más que media docena de clases en Berlitz, tradujo el sentido de algunos artículos, con ocasionales consultas a su diccionario de bolsillo. Ante nosotros se alzaba la pesada mole de la Catedral.
Ahí, hombres vestidos de overol se recargaban contra las rejas, y delante de ellos letreros en los que se inscribían palabras como plomero, electricista o pintor. Algunos los llevaban colgados del cuello y otros más preferían colocarlos a sus pies. Ocasionalmente, algún transeúnte se dirigía a uno de ellos, tras lo cual partían juntos. Mi padre consultó su diccionario para explicamos que se trataba de gente dedicada a estos oficios y que estaba a la espera de clientes. "Pues bien", bromeó mi padre, "si las cosas se agravan, siempre puedo colgarme un letrero y luego a ver qué pasa." Mi hermana Judy y yo nos retorcíamos de risa, pero a mi madre no le produjo ni siquiera una sonrisa. Aunque yo no lo sabía, nosotros nos estábamos exiliando en México, huyendo del macartismo, una política reaccionaria que se manifestó después de la Segunda Guerra Mundial cuando Estados y la Unión Soviética habían sido "aliados, con muchos recelos, pero sin embargo aliados. Después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, los americanos, al ver el potencial destructivo del poder atómico, temieron que los soviéticos desarrollaran sus propias bombas y que su influencia se extendiera, como sucedió en Corea del Norte y China, y que el comunismo pudiera conquistar el mundo. Durante casi cincuenta años he logrado reprimir el recuerdo de mi madre de rostro sombrío, sentada junto a mi padre en la banca del centro de la Ciudad de México, y cuando la evoco hoy no puedo evitar una sensación de culpa por no haberla tenido presente. Ella, que siempre fue la más sensata de la familia, debe haberse sentido totalmente impotente y muy solitaria. Tal vez no lo sabía en ese momento, pero no estaba sola. Para cuando nosotros llegamos ya otros habían estado en nuestro lugar, quizá ahí mismo frente a la Catedral, rodeados de vendedores ambulantes, perros callejeros, el parloteo en español, los sonidos del tráfico y las campanas. El pequeño grupo de norteamericanos tan controvertido políticamente, en realidad salió de Estados Unidos porque, de otra manera, sus integrantes corrían el riesgo de ser enjuiciados por su asociación presente o pasada con el Partido Comunista o con grupos del Frente Popular estrechamente ligados a él. Este grupo se refugió en México a fines de los cuarenta y durante los cincuenta, aunque no eran exiliados políticos en el sentido convencional, ya que ninguno de ellos solicitó formalmente asilo político. Sus historias están llenas de pasión, intriga y desventuras, pero sobre todo son enigmáticas y evasivas. Se trata de una comunidad que, en opinión de muchos de sus integrantes, realmente nunca existió. A pesar de esto, pude identificar a aproximadamente 65 familias cuyas apresuradas llegadas y salidas se entre cruzaron a fines de los cuarenta y durante los cincuenta. Sin embargo, me resisto a dar una cifra más precisa porque, por varias razones, a menudo me fue difícil determinar si sus motivos eran principalmente de orden político.
Comparada con la represión política de otros lugares, la persecución de disidentes en Estados Unidos fue relativamente leve. No hubo redadas en masa, ni ejecuciones al por mayor. Por lo tanto, venir a México era, hasta cierto punto, una cuestión de elección. Después de todo, la gran mayoría de los sospechosos políticos se quedó en Estados Unidos, y por desagradables que hayan sido sus experiencias, sobrevivieron a la cacería de brujas. Las personas que vinieron a México representaban una mezcla peculiar de antecedentes personales y a veces eran más las diferencias que las similitudes. Algunos no se conocían entre sí y cuando sí se conocían no necesariamente compartían las mismas ideas. Muchos de ellos ya se habían salido del Partido Comunista antes de llegar a México. No obstante, los unía una fuerte camaradería. El único patrón que pude detectar es que todos ellos eran, o habían sido, izquierdistas que habían salido en circunstancias similares cuando sus inclinaciones políticas dejaron de ser toleradas por el público en general. Podríamos clasificarlos en cinco categorías, o en seis, si incluimos a los pioneros, algunos pintores e intelectuales, así como a unos cuantos veteranos de la guerra de España que habían llegado antes de 1948. Otros que buscaron refugio en México fueron acusados de conspiración y espionaje; escritores y activistas políticos incluidos en la lista negra de Hollywood; unos pocos que llegaron después de los procesos por conspiración comunista en Miami; extranjeros residentes en Estados Unidos que temían ser deportados por participar en la política de izquierda, y miembros del partido o corresponsales de prensa de éste. Pero no todos tuvieron la opción de elegir. En algunos casos el partido tomó la decisión con ciertos funcionarios del mismo y personajes controvertidos de la vida pública, y un pequeño grupo arribó con el propósito de crear una red de apoyo rudimentario en caso de que llegase a ser necesario enviar a miembros del Comité Nacional al exilio a otros países. (Los motivos de su estancia en México fueron virtualmente desconocidos por la mayoría de los demás exiliados.)
Tan pronto como llegamos a México nos pusimos en contacto, a través de conocidos mutuos, con algunos de los exiliados que habían llegado tan precipitadamente como nosotros. Pasábamos los domingos en distintas casas comiendo hamburguesas o enchiladas y arroz y escuchando discos de jazz o canciones de Burt Ives y los Weavers. Los adultos agitaban mucho los brazos y alzaban la voz cuando discutían sobre Corea o sobre that son of a bitch McCarthy. Pero en el momento en que se mencionaban las próximas ejecuciones de los Rosenberg bajaban la voz o cambiaban a temas más ligeros como ¿estará realmente purificada el agua Electropura? ¿Dónde se puede comprar un buen pan de centeno? ¿Es cierto que tal y tal familia piensa regresar a Estados Unidos? Escogieron este país por razones políticas, económicas y culturales. Desde el punto de vista político las opciones eran limitadas. El gobierno de Estados Unidos, haciendo valer su poder para expedir o revocar pasaportes, se negaba con frecuencia a otorgarle a los sospechosos políticos documentos para viajar. Por lo tanto, para los que no tenían pasaporte México y Canadá, donde los ciudadanos estadounidenses podían entrar libremente, se convirtieron en las únicas dos alternativas viables a la de permanecer en Estados Unidos. Por otra parte, la política progresista del presidente Lázaro Cárdenas hacia los refugiados republicanos españoles y su muy difundida tolerancia hacia la facción de izquierda durante la década de los treinta esparcía todavía un aura poderosa. Para los activistas políticos que huían, esta imagen podía ser reconfortante aunque ya no fuera realista. Si se pudiera hablar de la opinión que prevalecía, ésta sería que en México "si la presión se vuelve extrema, las cosas se pueden arreglar". Para los indecisos, a veces el factor determinante fue la recomendación de un abogado acerca de la conveniencia de abandonar Estados Unidos y elegir México cuanto antes. También era cuestión de dinero: la mayor parte de los exiliados no contaba con grandes recursos y sabían que podían vivir en México con mucho menos. Éstos, a la vez, tuvieron que enfrentarse de inmediato al reto de tener que ganarse la vida: algunos abrieron casas de huéspedes o pequeños comercios, invirtieron en la construcción, criaron pollos, fabricaron helados, vendieron guiones a través de prestanombres, escribieron artículos y libros, produjeron películas, dieron clases en el Colegio Americano o en el Mexico City College, o ejercieron una profesión.
Para los que pudieron darse el lujo de analizar la situación antes de lanzarse, los factores políticos y económicos fueron fundamentales en su decisión de emigrar. Pero también hubo otros dos factores que tomaron en cuenta: la cercanía de México con Estados Unidos y el idioma, el hecho de que muchas personas en México hablaran inglés hizo más viable el cambio. Durante los primeros años de la década de los cincuenta siguieron llegando familias, aunque cada vez en menor cantidad. La enardecida retórica que caracterizó a la época de la cacería de brujas comenzó a extinguirse y para fines de los años cincuenta el macartismo había caído en desprestigio. El Departamento de Estado ya no podía negar pasaportes impunemente y las listas negras se empezaban a convertir en cosa del pasado. Para entonces, la mayor parte de los integrantes de la comunidad política ya se había marchado. Mis padres vivieron en México durante treinta y dos años, mucho más que la mayoría, pero comenzaron a sentir nuevas inquietudes. El Distrito Federal ya no era la ciudad tranquila y apacible de 1950 y el crecimiento de la población trajo consigo problemas de contaminación, criminalidad, tráfico y estrés. Se preocupaban por su salud, la altura, la atención médica y los costos. (Ya estaban cerca de los sesenta y cinco años de edad, y si regresaban a Estados Unidos tendrían derecho a recibir los beneficios de Medicare.) A pesar de que mis padres y la gran mayoría de los expatriados políticos abandonaron este país, México dejó su huella en cada uno de nosotros. Desarrollamos nuevas percepciones e intereses y, por ende, opciones. Eso ensanchó nuestra perspectiva y modificó nuestros hábitos. Nos aficionamos a la comida condimentada, los colores fuertes y el diseño atrevido, así como a la música de mariachis levemente desentonada. Ya no nos sentimos tan apenados por demostraciones efusivas de afecto o de emoción profunda, y hemos perdido algo de nuestra seriedad y el aprecio exagerado por el pensamiento racional. Hemos aprendido a no darlo todo por sentado y sabemos que, sin importar dónde vivamos, lo que podría considerarse extraño o surrealista en cualquier otra parte, en México es solamente rutina.
A mí, México me afectó mucho más que eso. Me dio una historia. Quizá a eso se deba, en parte, que haya permanecido aquí tanto tiempo. Aquí, en la Ciudad de México es donde está mi historia y, mientras no me aleje, puedo seguirla con la mirada, descifrarla y escribirla. * Texto publicado en la revista “a pie”, año 3, núm 9. |
<br /> Felicito a la Sra Anhalt por su interesante artíc
Felicito a la Sra Anhalt por su interesante artículo. Quiero suponer que se trata de la esposa de mi querido amigo y compañero de generación de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, Enrique Anhalt desafortunadamente ya fallecido.Reciba mis respetos.
Mi madre es norteamericana y tiene viviendo en el país, m
Mi madre es norteamericana y tiene viviendo en el país, más de sesenta años, su razón de estar fue por amor no por política, pero aquí crió a tres hijos, y ahora tiene cinco nietos, todos le debemos algo a su decisión de seguir a mi padre a nuestra gran ciudad.
En cualquier momento y tiempo en Mexico se seguira brindando un
En cualquier momento y tiempo en Mexico se seguira brindando un espacio para poder vivir a todo aquel que sea perseguido por tener un pensamiento diferente y apegado a las causas justas que dignifican al ser humano, los norteamericanos lo saben y sean bienvenidos siempre, un mexicano(Querétano) fraternal.
Yo estuve en el Colegio Americano de 1959 a 1963 y conocí
Yo estuve en el Colegio Americano de 1959 a 1963 y conocí a su hermana Judy, por cierto una estudiante muy sobresaliente. Nunca me imaginé la interesante historia que la antecedía. También fue mi compañero Abbott Small, supongo que era hijo de Charles y Berthe Small que aparecen en una de las fotos, pues su apellido no es muy común. Abbott fue un poeta muy talentoso que hace poco falleció. Me da gusto saber que esta comunidad norteamericana establecida en la Ciudad de México haya tenido una buena acogida y conserve buenos recuerdos de su estancia en nuestro país.
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