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Los tipos mexicanos, “La costurera”



Margarita se llama nuestra heroína: Lucero la nombraron sus compañeras cuando la vieron tan linda y tan humilde.

Son las siete de la mañana y vedla allí, ligera como una saltapared, salerosa y retrechera como una andaluza, tuerce en este momento la calle del Espíritu Santo, llevando detrás de si una descarga de requiebros, no muy pulcros algunas veces, de infinidad de doradores, de tapiceros, pintores e impresores. Pero ella sigue serena sin cuidarse de nada; más modesta que una gatita, a cada flor que le arrojan se espeluzna, bufa, se retuerce como una culebrita para evita el cariño que se atreve a hacerle un sastre, se hecha el paño en la cara y sigue su camino con más intrepidez que en la retirada de los diez mil, el héroe de las Termópilas. Pero si se cruza en su camino un dandy, o un estudiante de medicina, el corazón de Margarita tiembla de nuevo y se sonríe de satisfacción y de placer, aunque disimule esa sonrisa llevando a otro lado su gracioso rostro, o conteniéndola hasta que se ha alejado el galán, o tapando su ropa y maliciosa boquita.

Entra a su mostrador y después de dar los buenos días a la señora, a Madama, se coloca en su banquillo y comienza su obra. Reunidas ya las compañeras abren su sesión a despecho de Madama, que cada media hora les impone silencio.

Entonces son los proyectos de paseo, las murmuraciones, los comentarios escandalosos, y los mutuos consejos. O bien se cruzan señas telegráficas cuando se para en la vidrería del mostrador algún aficionado a aquellos lindos retazos, o bien se corre la palabra en voz baja de que aquel elegante que está comprando corbatas trae roto el pantalón bajo el faldón del frac, con cuya quiebra ha quedado en descubierto un cutis nada terso y poco blanco.



No falta una de aquellas chicas que advierta que ese estudiante que está escogiendo camisas es porque ya lo necesitaba mucho, como lo deja entrever una traidora descosedura que trae la manga del saco bajo la axila. Todo lo ven, todo sufre su minuciosa censura, a todo ponen el sello de ridículo. Y en tanto nuestra heroína hace los que todas, corta géneros y corta a los transeúntes, cose y murmura, habla y ríe. En tan dulce ocupación la sorprende la una del día, esa hora en que hace su primer salida de comer. Llega a su casa con las mejillas rojas por el sol, arroja con desenfado su rebozo o paño sobre la cama…alza las mangas de su bata y ayuda a la anciana madre o madrina a disponer la parca y no muy bien sazonada comida. Come con prisa, de munición como si dijéramos, y se lanza de nuevo a la calle porque ya van a dar las dos, hora fija de entrada al taller.

En este doble tránsito no le faltan encuentros, en la esquina de su casa saluda de prisa al impresor, al sastre con quien va a casarse, y seis cuadras más allá dijo cuatro palabras importantes al estudiante de medicina o de derecho, personaje con quien tiene que ir a un paseo a Santa Anita el próximo domingo.

A propósito, hay una leyenda que dice entre otras lindezas que cuando el ángel arrojó allá en inicio a Adán y Eva del paraíso, la serpiente, en desquite, desterró la fidelidad de la tierra. Perdonen la alusión las señoras hembras y adelante…

[Texto original: Los mexicanos pintados por si mismos. Imprenta de Murguía y compañía. México, 1854, págs. 49-56 ]


*Revista Ritos y Retos del Centro Histórico, número 22, octubre-noviembre 2003

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