Evasión y complicidad


Gustavo Fondevila


La semana pasada se escaparon del Reclusorio Preventivo Varonil Norte, dos reos que pertenecían a la banda de "El Sope" conocida por secuestrar y mutilar a sus víctimas. Dos personas peligrosas que están en la calle nuevamente para hacer lo que saben hacer. Paradójicamente, el mismo día de la fuga, el jefe de seguridad del reclusorio solicitó autorización para ausentarse a pesar de que le correspondía trabajar.


¿Alguna vez usted entró a un reclusorio? Créame que es difícil, le abren la puerta apenas un poco y usted debe decir lo que viene a hacer o a quién viene a ver, después pasa y se registra en un libro donde explica de nuevo todo lo anterior. Posteriormente, va a una zona de revisión corporal y atraviesa un arco detector de metales. Una vez superado esto debe volver a registrarse en otra mesa donde se deben entregar los documentos. Si usted logró llegar hasta aquí, le sellan una mano con una tinta especial y se abre otra reja, donde lo espera un custodio que lo acompaña todo el camino. Y aunque usted crea que ya está dentro, todavía le faltan seguramente muchas puertas, cerraduras, llaves y preguntas. Y todo esto sólo para entrar. Para salir debería ser peor.


Pero para los reos que se escaparon, no fue tan difícil. Y no salieron por un túnel, o subiendo las paredes por una cuerda o en un helicóptero, como en muchas películas. En la Ciudad de México, toda esta parafernalia no hace falta. Lo que usted necesita es tener dinero para pagarle al personal de seguridad (y no mucho, por 200 pesos le venden un gafete y por 600 le ponen el sello). Y en ese caso, puede salir caminando por la puerta sin problemas. Nadie lo reconoce, todo está en orden y el jefe de seguridad se ausenta sorpresivamente para evitarse emociones fuertes y preguntas incómodas.


Lo peor está por venir
 
Pero en realidad, lo realmente extraño de todo esto -como dijo Elena Azaola hace unos días en este periódico-, es que no suceda todos los días. Nuestros reclusorios se han convertido en verdaderas fábricas de criminales, donde los presos están hacinados, donde falta agua, comida, cobijas, ropa y zapatos. Y donde se paga hasta por un lugar para dormir.


En este lugar, prosperan los abusos, la corrupción y la violencia de parte de los reclusos y también del Estado. Como en tantas otras áreas de la seguridad pública, también es necesaria una urgente reforma penitenciaria para que la readaptación social deje de ser -como ahora- una broma de mal gusto. Y debería comenzar por una reforma penal -como dice Azaola- que meta en prisión a aquellos que realmente deben ir. Ahora 7 de cada 10 presos cumplen una sentencia por robo -según la encuesta del CIDE-. De estos 7, la mitad está sentenciada por robo simple.


Uno pensaría que para caer en prisión los robos tendrían que ser de gran monto, sin embargo, los resultados obtenidos indican que 5 de cada 10 presos robó menos de 2000 pesos, y que la mitad de éstos no robaron más de 500 pesos. Ante esta situación, ¿no sería más conveniente concentrar fuerzas y pensar en alternativas jurídicas para procesar de manera distinta los robos pequeños y constantes? Hay que buscar nuevas soluciones que no sean meter a todo el mundo en el reclusorio.


Si no hacemos nada, en poco tiempo nos va a pasar como en Argentina, donde hace un tiempo descubrieron que muchos delitos cometidos en Buenos Aires, eran llevados a cabo por reclusos. Los custodios liberaban a los delincuentes para cobrarles una comisión de lo robado, y la policía liberaba zonas para que "trabajaran" tranquilos. Un negocio perfecto, como los que nos gustan a nosotros.

Fuente: 
Reforma
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