Deforestación, orígenes

 
Gabriel Quadri de la Torre
02 de Marzo de 2009
 
Deforestación, orígenes
 
El Economista

La deforestación es en México una fuente de las más conspicuas de emisiones de gases de efecto invernadero: cerca de 14% del total nacional, y es un estigma nacional, devastador de la biodiversidad, del paisaje, y de equilibrios hidrológicos fundamentales.

Aunque es verdad que en los últimos años se ha desacelerado por la emigración a las ciudades y cambios demográficos y culturales inevitables (y afortunados) en el campo. La deforestación ha ocurrido y aún ocurre por prácticas agrícolas y ganaderas inveteradas de quemar bosques y selvas para luego ocupar las tierras en milpas, otros cultivos, y potreros. La combustión arroja a la atmósfera el carbono de la materia vegetal acumulada gracias a la fotosíntesis durante años, décadas o siglos.

Las quemas y desmontes, y por tanto la emisión de CO2 en el campo mexicano, son hijos putativos de la reforma agraria del siglo XX, que colonizó obsesivamente el territorio nacional y dispersó a la población campesina en miles de pequeños asentamientos ejidales. Otro vector evidente ha sido la colonización espontánea de tierras tropicales por migrantes campesinos de tierras altas saturadas demográficamente. Peor; la colonización también se emprendió a partir de programas atroces de desmonte mecanizado promovidos por el gobierno. Así se perdieron millones de hectáreas.

Los nuevos colonos siguieron casi siempre en la pobreza; el gobierno no sabía o no quería saber que los suelos tropicales son en general frágiles y poco productivos una vez que se les despoja de su cobertura forestal.

En fin, gran parte de la población campesina beneficiada con el reparto agrario permaneció aislada e indigente, entre cerros escarpados, enmontados y después pelones, sin agua y suelos someros.

Milpas miserables y potreros desolados han empujado así una deforestación minuciosa. Mucho han contribuido los conflictos agrarios, la indefinición de derechos de propiedad, y desde luego, la propiedad colectiva de la tierra. Ahí se estableció de manera ubicua la tragedia de los recursos comunes (the tragedy of the commons) como contexto institucional subyacente a la deforestación.

Los terrenos nacionales se agotaron en el reparto agrario, y el Estado perdió capacidades para regular el uso del suelo en el territorio. Cuando el país se percató de la tragedia y se propuso un paliativo a través de la creación de áreas naturales protegidas (parques nacionales y reservas de la biosfera), casi todo estaba ya repartido. Por ello México es un caso peculiar en el que la abrumadora mayoría de parques y reservas no es propiedad de la nación, sino propiedad privada (ejidal y comunal principalmente). De todas formas funcionan, algunas más y otras menos, y es preciso multiplicarlas. 

 
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