Pasado y el presente en la caracterización de los inmigrantes en la ciudad de México

Publicado el 29 octubre, 2010

Carlos Martínez Assad

El presente
Es difícil imaginar la ciudad de México diferente a lo que es hoy. Por ejemplo, ¿cómo verla sin la gran alfombra morada que se extiende todas las primaveras con la floración de los árboles de jacarandas? Sí, se trata de árboles introducidos por los inmigrantes japoneses, quienes también aportaron los gladiolos, esas flores espigadas infaltables en los altares en los templos y en los cementerios, en la vida y en la muerte. Asimismo convirtieron en práctica adornar las mesas con flores de todo tipo para darle realce a los innumerables platillos de la cocina mexicana y de los que trajeron consigo los grupos de extranjeros que se establecieron aquí, para enmarcar las celebraciones familiares o las reuniones políticas y de negocios. También introdujeron los setos de cerezos del monte (bravío) que ahora vemos en todos los jardines mexicanos.
¿Podría usted imaginar la ciudad sin su Palacio de Bellas Artes? Esa obra plástica, tan representada y motivo de tarjetas postales, realzada por los mármoles trabajados en sus fachadas y muchos de los elementos artísticos de su interior debidos, en buena parte, a las hábiles manos de italianos y de húngaros, de los cuales algunos regresaron a sus países y otros permanecieron como inmigrantes de forma definitiva en la ciudad.
El Monumento a la Independencia, en la quinta glorieta original del Paseo de la Reforma, el más reconocido y que da más identidad a los mexicanos fue construido por cuadrillas de artistas italianos quienes en su columna dejaron como evidencia signos de la antigua Roma. La dorada escultura de la Victoria Alada que corona ese conjunto escultórico, que el pueblo se apropió llamándole El Ángel, fue confeccionada igualmente por italianos que desafiando la gravedad lograron darle la impresión de emprender el vuelo.
La lista es inacabable si se piensa en el Palacio de Cristal que alberga el Museo del Chopo, en la Casa Boker y en general a esas estructuras de hierro que sirvieron para sostener modernos y sofisticados edificios instalados por alemanes: el Monumento a la Revolución, el edificio de La Esmeralda, el Hotel de la Ciudad de México. Y ya en tiempos más cercanos, hay que recordar los mosaicos del guatemalteco Carlos Mérida que decoraban las fachadas de los edificios del Multifamiliar Juárez, ya desaparecido. Y no sólo se trata de obra material, entre las que podría además mencionarse el Panteón Francés, por el rumbo de La Piedad, el Sanatorio Español en la avenida Ejército Nacional, sino también de la obra intangible. Así la ciudad contó con espectáculos como el Circo Orrin, animado por estadounidenses, ubicado en pleno Centro, nada menos que en uno de los claustros del que fuera el Convento de San Francisco; además, una troupe de artistas europeos y latinoamericanos hizo el entretenimiento citadino en los teatros más importantes. Con la llegada del cine los rostros de extranjeros (españoles, argentinos, cubanos, franceses, etcétera) adquirieron en seguida la nacionalidad mexicana que el público les otorgó.
Restaurantes con las comidas más variadas comenzaron a aparecer por el Centro y se extendieron por todos los rumbos de la ciudad desde que se abrió el primero especializado en comida española, francesa, vienesa, japonesa, polaca, libanesa, italiana, húngara, austriaca, alemana, incluso la judía europea (kosher) acostumbrando a los citadinos a paladear los platillos más diversos, por ejemplo, con las esencias del Medio y Lejano Oriente y con los vinos de gusto europeo y una sofistica repostería.
La ciudad de México de principios del siglo XX exhibió el afrancesamiento de sus casonas no sólo como marca de época sino porque era del gusto de los inmigrantes barcelonnettes o ingleses o estadounidenses que llegaron a instalarse con sus negocios y sus familias por las colonias Roma o Juárez, luego se desplazaron hacia Polanco o Lomas de Chapultepec y sobreviven algunas que atestiguan los cambios en el paisaje urbano.
También comenzaron a aparecer recintos religiosos o culturales que permitieron practicar su fe a los recién llegados y ampliaron las posibilidades a los habitantes de la ciudad y así podían asistir a la misa dominical de los católicos, o a los servicios religiosos de los ortodoxos, de los protestantes, de los judíos, de los cristianos orientales y musulmanes. Asimismo resultaron atractivas las piezas teatrales montadas por los austriacos o por los alemanes. Igualmente se podía asistir a los conciertos programados por las comunidades de griegos, de húngaros, de estadounidenses o de italianos.
Los ciudadanos del mundo son cosmopolitas en la teoría del universalismo que los define por encima de las divisiones políticas territoriales en un pensamiento que se remonta a Grecia y retomó Antonio Gramsci. La ciudad de México, por ser punto nodal para la conducción de la política, para los negocios del país y con otras naciones, se fue convirtiendo en un escenario para los asuntos más variados; su hotelería, sus industrias y comercios se anunciaban tanto en lengua española como en otros idiomas desde el siglo XIX, cuando aparecían diarios en alemán, en inglés, en francés, en japonés, en italiano y en árabe. Dice Moisés González Navarro, pionero en el estudio sobre los extranjeros, que desde el Porfiriato se había vivido una suerte de xenofilia por cuatro supuestos: “la gran riqueza nacional, la escasa población, la incapacidad para aprovechar los ricos dones naturales, y la mayor valía del trabajador extranjero”. Así, la presencia de extranjeros fue frecuente y varios idiomas podían escucharse en un mismo recinto; por ejemplo, en el Hotel Geneve, situado en la calle de Londres y fundado por un canadiense desde principios del siglo XX era frecuente encontrar al mismo tiempo huéspedes que, debido a sus países de procedencia, se expresaban en chino, en alemán, en inglés, en árabe, en danés, en griego, en japonés, en italiano, en portugués; en la primera mitad del siglo XX se hospedaron allí personas de los cinco continentes, de 49 países —de los 69 que entonces se contabilizaban— y de 456 ciudades. Para muchos resultaría la primera escala en su inmigración.
Este libro no es un estudio demográfico sobre los extranjeros en México, asunto sobre los que hay trabajos tan importantes como el de Delia Salazar Anaya, La población extranjera en México, donde se encuentra una historia censal de los diferentes grupos entre 1895, cuando se organizó el primer registro en el marco de los gobiernos liberales, y 1990. Allí pueden seguirse de forma pormenorizada los cuadros de los extranjeros que se registraron en el país, además con la particularidad de mencionar los estados de la República a los que llegaron. Destacan los estadounidenses, siempre en mayor número que el resto, debido seguramente a su cultura más vinculada a la formalidad y al hecho jurídico.
Se pretendió seguir por el camino trazado por Moisés Gonzáles Navarro y retomado por Guillermo Bonfil Batalla, quien con el libro que pensó, pero no logró ver publicado, Simbiosis de culturas, nos hizo perderle el miedo a la diversidad introducida por los inmigrantes de otros países que ampliaron la propia diversidad de los pueblos originarios de México.
La ciudad cosmopolita de los inmigrantes fue concebido más en la búsqueda de las raíces culturales y los impactos causados por los grupos que en diferentes épocas inmigraron en México, las razones por las que abandonaron sus lugares de nacimiento y cómo se establecieron en la ciudad capital, después de su periplo desde su entrada al país, marcando su devenir con algunas de sus características. Todos los textos que lo componen enfatizaron sobre lo cualitativo más que sobre el hecho cuantitativo, porque las huellas de su presencia fueron quedando en muy diferentes expresiones de la vida citadina, que incluso se disuelven en la condensación que llega con el tiempo para hacerlas imperceptibles.
Es importante hacer esta aclaración en un momento marcado por los flujos migratorios de índole económica de individuos atraídos por las promesas del éxito económico de Estados Unidos, como fue representado a partir de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Es también ahora cuando las fronteras norte y sur de México, con sus asimetrías sociales, se convierten en puntos de atracción para grupos claramente marginados que quieren cambiar su estatus. Los mexicanos miran hacia Estados Unidos y los centroamericanos también, aunque para éstos el paso por México es obligatorio y convierte a guatemaltecos, salvadoreños y ecuatorianos en migrantes transitorios en nuestro país.
Se dice que entre 1989, con la caída de Muro de Berlín y todo lo que simbolizaba, y lo que va del siglo XXI se han desplazado casi el mismo número de personas que en el siglo anterior. Guerras entres países, invasiones extranjeras y problemas internos (etnocidios, hambrunas, situaciones poscoloniales, diferencias étnicas, guerras civiles, ecocidios) se han encontrado entre las causales. Los desplazados se han contado por millares en Ruanda, Marruecos, Darfur, Líbano, Iraq, Irán, Afganistán, en los territorios palestinos, lo cual ya significa en sí mismo un número considerable que, sumando los acontecimientos en otras latitudes, se incrementa considerablemente con la aportación de Guatemala (en particular en la década de 1980), Nicaragua, El Salvador, etcétera.
La Organización de las Naciones Unidas, sin embargo, señala que en el año 2000 el número de migrantes a escala mundial fue de 175 millones y calculó entre 185 y 192 millones su número para 2005. Lo cual significa que cerca de 200 millones de personas viven en la actualidad en un lugar diferente al de su nacimiento. Y cómo no va a ser así, si Hans Magnus Enzensberger vio que en sólo en tres lustros 10 millones de mexicanos inmigraron a Estados Unidos, 3 millones de magrebíes a Francia y 5 millones de diferente países a Alemania.
Según el U.S. Census Bureau, la población en Estados Unidos llegó a 305.5 millones, lo cual no es noticia, pero sí lo es que aproximadamente 30 millones son mexicanos, es decir, 10% de la población. Su crecimiento ha sido notable en ese país porque, según el Pew Hispanic Center de 2008, los nacidos en México eran 12.7 millones, 32% de todos los nacidos en el extranjero. “De ese total, 5.7 millones se encontraban […] de manera legal, mientras 7 millones eran indocumentados.” Por lo mismo es difícil considerar inmigrantes sólo a quienes lo hacen de manera legal, cuando la gran mayoría no cumple la normatividad y sólo luego de mucha actividad logra adquirir la nacionalidad del país al que ha inmigrado. Por supuesto quienes están en tránsito de un país a otro no buscan legalizar su situación sino hasta el sitio de destino. Lo expresa bien Juan Goytisolo cuando enfatiza: “La actual crisis económica mundial se ceba con mayor crueldad con los sectores sociales más vulnerables, y a su cabeza, con los inmigrantes indocumentados, convertidos gradualmente en los últimos años en seres ‘ilegales’ sin patria, trabajo, ni futuro”.
El cambio que ha experimentado la migración en el mundo alarma en Estados Unidos, uno de los países más receptores, porque mientras en 1960 la población que había nacido fuera del país sumaba 953 mil polacos, 833 mil ingleses, 953 mil canadienses, 990 mil alemanes y 1 millón 257 mil italianos, cuarenta años después cambió su composición de manera radical. En el 2000 los nacidos en otras partes y que viven en Estados Unidos son 952 mil cubanos, 1 millón 007 mil hindúes, 1 millón 220 mil filipinos, 1 millón 391 mil chinos y 7 millones 841 mil mexicanos.
Hay nuevas cuestiones en todos esos intercambios porque aun cuando es difícil la aceptación del “otro”, ahora adquieren nuevo sentido los procesos de aculturación e integración que han tenido lugar, sin responder de manera exacta a las definiciones previas porque, a diferencia del inmigrante del pasado, el de ahora acepta el binacionalismo. Por ejemplo, los mexicanos viven y trabajan en Estados Unidos, llevando los referentes culturales, fundiendo pasado y futuro en un presente en el que confían. Los inmigrantes mexicanos no cortan definitivamente con sus raíces, al contrario se enorgullecen de ellas y vuelven a las festividades familiares o patrióticas. Incluso, quienes mantienen vínculos con las comunidades indígenas, continúan participando de las tradiciones. Sucede lo mismo en comunidades como la francesa e inglesa por todo el mundo. Incluso recientemente se estableció la binacionalidad para los nacidos argentinos en Italia y para los mexicanos descendientes de españoles en España y se están procesando varias otras situaciones semejantes.
Este libro tiene como objetivo develar las características y los impactos de inmigrantes históricos en un espectro amplio que no puede entenderse sólo de la manera como lo establece la Ley General de Población que en el capítulo III, artículo 44 estipula que el inmigrante “[…] es el extranjero que se interna legalmente en el país con el propósito de radicar en él, en tanto adquiera la calidad de Inmigrado” y restringe las características bajo las cuales ingresa como “rentista, inversionista, profesional, científico, técnico, cargo de confianza, familiares, artistas y deportistas, y asimilados”.
De seguirse esa definición al pie de la letra, muchos de los inmigrantes mexicanos en el extranjero no lo serían porque ni son legales ni poseen la calificación profesional que se exige aunque, por lo general, se las arreglan para cualquier trabajo. Igualmente muchos de los inmigrantes que México acogió no lo serían por las mismas razones. Cuando se analizan los Registros de Migración que fueron obligatorios, de inmediato resaltan las carencias de la gran cantidad que no acudió a la convocatoria del gobierno mexicano, primero porque en 1930 —cuando se inició el procedimiento— ya muchos de los inmigrantes de las primeras oleadas habían muerto, la edad avanzada de varios les impedía hacerlo, además de que el matrimonio permitió a las mujeres ocultar su origen adquiriendo apellidos mexicanos y, como es obvio, el registro no incluyó niños, o apenas parcialmente. Como si los niños no fuesen a crecer para convertirse en los inmigrantes de mañana y reprodujesen los patrones culturales transmitidos por su comunidad de origen, ya sea que hubieran conservado la nacionalidad del país en el cual nacieron o si eran mexicanos por nacimiento.
La población extranjera en México no coincidía necesariamente con la de los inmigrantes porque resulta claro que, junto a los recién llegados, se conformaba una suerte de irradiación que incluía a la familia extensa, y para ser francés o polaco o español no era necesario en términos culturales haber nacido en el país extranjero sino conservar los rasgos que les eran propios y les daban una identidad que los diferenciaba de los mexicanos. Para objetos de medición en los censos se preguntaba si se había nacido en el extranjero como única forma de establecer su situación migratoria —edad, sexo, estado civil— y no su estilo de vida, en la preocupación estadística por lo medible y menos por el fenómeno sociológico cultural que les daba coherencia como grupo.
Es por demás interesante ver los datos de la población extranjera en 1980, cuando se consideró que apenas 268 900 personas la formaban. El grupo más importante era el de estadounidenses con apenas 157 080, pero representando 58.42% del total de extranjeros en el país. Era seguido por el de españoles con 32 240, es decir, apenas 11.99%. Venían después los argentinos con 5 479, que escasamente llegaban a 2.04%; le seguían alemanes, franceses, guatemaltecos, cubanos, chilenos, canadienses, italianos, japoneses, colombianos, nicaragüenses, peruanos, polacos y salvadoreños.
Es obvio que cuando hablamos de las comunidades formadas por los inmigrantes y de quienes los sobreviven, el asunto adquiere una dimensión culturalmente más amplia. Como puede apreciarse, entre los extranjeros enumerados por el Censo de 1980 no aparece mención alguna a grupos que, sin embargo, en la inmigración histórica y en sus impactos culturales tuvieron una fuerte presencia en México que sobrevive después de más de un siglo. Se trata de aquéllos en los que más que su origen nacional fue más significativa su etnicidad (los gitanos), su tradición identitaria (los judíos), su memoria lejana (la raíz africana), su lengua (árabes y alemanes). No era fácil que eso lo transmitieran los censos, si acaso algo podía establecerse en los datos sobre religión, pero las preguntas nunca fueron suficientemente puntuales. Así los católicos no podían expresar sus rasgos definitorios y de mayor identidad (maronitas, melquitas, ortodoxos), como tampoco pudieron hacerlo los de religión mosaica (judíos y no judíos).
Y no obstante, entre las comunidades que actuaron como tales se encuentran las judías porque provenían de diferentes países: Alemania, Austria, Rusia, Polonia, Hungría, Grecia y los de Medio Oriente. Otro caso interesante es el de libaneses, sirios, palestinos e iraquíes, que cuando llegaron los primeros inmigrantes su referencia nacional era la del Imperio Otomano y no los territorios como Líbano o Siria, lo cual los emulaba con griegos y armenios. Por eso el conocimiento del pasado da otra dimensión a la problemática que este libro aborda.
Para el año 2000 los cambios no fueron tan significativos, la población nacida en el extranjero había aumentado apenas a 492 617 y seguían siendo los estadounidenses los de mayor presencia, con 343 591, es decir, 69.7%. Los españoles con 21 024 (4.35%) habían sido desplazados en el segundo sitio por los guatemaltecos con 23 957 (4.9%) y los latinoamericanos, en general, habían aumentado expresando un fenómeno sociológico diferente al de veinte años atrás.

El pasado
El escritor transterrado Eliseo Alberto dice pensando en Cuba, “El pasado nunca acaba de pasar; nos precede, nos atrapa y nos proyecta”. La afirmación del inmigrante cubano en México expresa con claridad lo que ha sido ese proceso o, más bien, esas experiencias múltiples de los exilios que el país albergó, aunque cuando la formulación viene de una persona la nostalgia no es ajena. Para muchos se trata del Paraíso perdido, para otros del infierno que prefieren olvidar.
Durante el Porfiriato, al finalizar el siglo XIX y el tránsito al XX, los cambios en la ciudad de México fueron notables debido a su crecimiento cuando pasó de 200 000 habitantes a medio millón entre 1880 y 1910, lo cual se expresó en fuertes obras de infraestructura y ornamentales. En cuanto a la población, el principal impacto vino de los emigrantes de los estados de la República que buscaban asentarse en la ciudad de México atraídos por su promesa de bienestar. El otro impacto llegó de fuera, con los extranjeros que inmigraron en México en búsqueda de paz y de mejor posición económica. Bien lo señala la investigadora Delia Salazar Anaya: “En un abrir y cerrar de ojos, en las calles de la ciudad de México aumentó el tránsito de inmigrantes extranjeros”. No se trataba ya sólo de españoles que, aunque siempre estuvieron presentes en México en la época colonial, a partir de la consumación de la Independencia en 1821 engrosaron la categoría de extranjeros o inmigrantes. Se trataba, además, como afirma, de un “amplio catálogo de procedencias extranjeras” compuesta por franceses, estadounidenses, alemanes, ingleses e italianos, sudamericanos o caribeños, aunque los encontró “a cuentagotas”, además de austriacos, suizos, belgas, suecos, holandeses, noruegos, chinos, japoneses, sirios y libaneses.
Los primeros censos captaron con más detalle a los extranjeros. La mayor información se relacionó con el último tramo del régimen liberal que propugnaba una política de población interesada en la inmigración extranjera por las posibilidades de colonización de extensas zonas vacías, es decir, no trabajadas, del territorio. Durante el periodo revolucionario, el interés gubernamental decayó, porque evidentemente los esfuerzos iban en otro sentido para tranquilizar al país y reorientar la dirección política. Pese a todo, el flujo migratorio hacia México continuó. En 1930, afirma Salazar Anaya, la ascendencia de ese flujo se incrementó, luego de una débil caída en el periodo revolucionario; asimismo, se expresó el interés por censar mejor ese proceso. En 1940, de nuevo se captó el interés por los inmigrantes y se privilegió poner de relieve asuntos tales como la propiedad y la ocupación de los extranjeros. Lo que vino después, provocado por la Segunda Guerra Mundial, “[…] obligó al Estado mexicano a dirigir la atención hacia su población extranjera residente. […] A partir de 1950 la información referente a extranjeros comenzó a perder importancia en los censos ya que la afluencia de inmigrantes a México también disminuyó con la estabilidad política y económica de la posguerra”. Además, otras necesidades más apremiantes (entre ellas, las tareas del desarrollo económico) provocaron que los extranjeros pasaran a segundo término.
Como se sabe México no tuvo la atracción de otros países para los emigrantes, de hecho la población extranjera nunca fue superior a 1%; sin embargo, el hecho enfático y apartado completamente de la media nacional es que en la ciudad de México llegó a representar el 4.7% y 3.6% en el D.F. como sucedió en 1910. , Lo cual quiere decir que por ese entonces la población extranjera y posiblemente inmigrante radicada en el área central del país estaba muy por encima del promedio, con más de 8%, tan alta como la que alcanzó Estados Unidos para todo el país.
Los primeros inmigrantes que llegaron a la ciudad de México debieron enfrentar varios desafíos, principalmente el de la lengua, porque la mayoría no conocía el español o apenas había tenido referencia en el trayecto por algún marinero del barco que los trasladó. Fue usual la confusión, que incluso se mantiene aunque en menor escala, para designar indistintamente América y Estados Unidos; de tal forma que muchos pudieron llegar sin saber exactamente en dónde se encontraban.
Una equivocación semejante se dio para entender la diferencia entre el país México y la ciudad de México. Algo que expresa bien el capítulo sobre los gitanos:

–¿Cuál es la ciudad que tú encontraste? —le preguntó mi abuelo.
–Se llama México —respondió Rísta.
–Pues aquí estamos en México —le dijo mi abuelo.
–Sí, pero ellos le llaman México a todo, y la ciudad adonde yo fui es la capital del país —seguía insistiendo Rísta.

Y entre esas confusiones provocadas por el lenguaje, un investigador que trabajó en una de las comunidades de inmigrantes se asombró al descubrir revisando las actas de nacimiento que muchos habían registrado a sus hijos como “naturales”. Decidió aclarar el asunto visitando a varias familias. Los descendientes se sorprendieron por no haber prestado atención al asunto, pero no lograban aclararlo. Quizás, pensaron, se debía a los matrimonios arreglados por los padres sin la presencia de los contrayentes. Finalmente consiguió ser llevado ante un anciano y al preguntarle si se trataba de los hijos nacidos fuera de matrimonio, encontró la respuesta cuando el entrevistado le respondió: “¡Qué! ¿Hay otra manera de hacer hijos?”.
De España, que llamaron Sefarad, fueron expulsados los judíos desde el siglo XVI y varios hicieron el recorrido hasta que se asentaron en Turquía y Grecia. Por eso al llegar a México varios siglos después alguno de los sefarditas, para los cuales el español era el idioma de los judíos de aquella región, recuerda: “[...] mi impresión más fuerte era cuando las primeras noches me recostaba y oía ruido en la calle de gente que hablaba español, decía ‘¡Pero esta ciudad está llena de judíos!’”.
El problema de la lengua, sin embargo, no fue una traba en el mundo de los negocios, como lo ejemplifica la relación entre el presidente Porfirio Díaz y Weetman Dickinson Pearson, con contratos millonarios para la realización del gran canal de desagüe de la ciudad de México. Se estableció una relación muy cordial, a pesar de que el inglés nunca aprendió español y el presidente no hablaba inglés, situación que fue resuelta con el hábil trabajo de intérprete efectuado por John Body.
Las dificultades de los primeros pasos para la residencia con seguridad no fueron superadas con facilidad, si se piensa que: “Mientras la élite daba un trato preferente al extranjero, el pueblo raso mostraba aborrecimiento y desprecio por lo extraño, actitud tanto más lamentable cuanto que los pueblos progresistas se distinguían ‘por cierto espíritu de cosmopolitismo y de amor al extranjero que nosotros desconocemos por completo’”.
Otro obstáculo mayor resultó para quienes llegaron al tiempo que estallaba la Revolución mexicana; si para los nacionales fue una prueba complicada, más lo sería para los extranjeros que no habían tenido oportunidad de asimilar los códigos. Muchos de ellos huían de su propia guerra como para participar en otra que les era ajena. Las mayores consecuencias, las sufrieron los chinos en el norte del país cuando varios de ellos fueron asesinados, aduciendo diferentes motivos, pero en donde el racismo no estuvo ausente. Otros tuvieron que enfrentar los ataques y pérdidas a los negocios que apenas establecían, según se sabe por las reclamaciones que una vez terminada la fase armada pudieron hacer al gobierno mexicano con relativo éxito.
Se trataba de aprender lo nuevo y desaprender del pasado, asimilarse en lo posible al país y “domiciliarse en el horizonte de lo posible”. A lo mejor los inmigrantes se interrogaban sobre lo que les hubiera sucedido de permanecer en su país. Pero quién sabe hasta dónde pudieron asumirse como emigrados de su patria para buscar las ventajas que el país pudiera ofrecer. Es decir, ¿sabían que era definitivo el paso que habían dado o que las circunstancias les habían obligado a dar? Que no había vuelta es algo que con certeza sólo se entendió con el transcurrir del tiempo y la lejanía con los que dejaron se hizo abismal.
Había que renunciar al pasado, pero asumiendo la defensa del grupo que protege y cobija, esa que Tzvetan Todorov llamó “un egoísmo colectivo”, porque “las influencias exteriores, lejos de ser fuente de corrupción son a la vez inevitables y provechosas para la evolución de la cultura; que, de todas formas, más vale vivir en el presente que tratar de resucitar el pasado y, en suma, que no es interesante encerrarse en el culto de los valores nacionales tradicionales”. Si ésta es la forma en que decide expresarse hoy un transterrado que cuenta con herramientas intelectuales, habrá que imaginar a quienes no contaban con valores nacionales y debían inventarlos porque venían de países apenas en formación, de territorios que se descolonizaban o entraban en una nueva colonización. Por ello defendieron los valores de la comunidad y encontraron en ella un referente para la defensa frente a la hostilidad de los primeros tiempos expresada con racismo o rechazo por la población nacional.
La aculturación (“adquisición progresiva de una nueva cultura”) se dio como proceso necesario y a veces el costo fue alto en la temida desaculturación o pérdida de rasgos adquiridos: tradiciones, lengua y religión. Pero no todo puede vivirse en esa contradicción porque la cultura es cambiante y podía alcanzarse la transculturación o “adquisición de un nuevo código sin pérdida del antiguo”. Término que podría parecer utópico pero que finalmente explica la existencia de este libro o cómo fue posible que las expresiones culturales de inmigrantes lejanos en el tiempo prevalecieran hasta nuestros días y se materializaran en la vida cosmopolita de la ciudad de México.
La diversidad no sólo fue producida por los inmigrantes de los países de procedencia sino igualmente por las regiones que albergaban, tales son los casos de gallegos, manchegos, asturianos en España, o de los vascos, barcelonnettes, gascones porque, como decía Fernand Braudel: “Francia se llama diversidad”, puesto que “su espacio geográfico es un mosaico de paisajes cuya variedad […] no se encuentra en otras partes”. Debido a que “cada aldea, cada valle, a fortiori, cada terruño —esas pequeñas unidades locales como el país de Bray, el país de Caux, etcétera, cuyo nombre deriva del galo pagus—, cada ciudad, cada región, cada provincia tiene sus netas originalidades. Esas particularidades que no se explican sólo por su paisaje geográfico, sino también por una cultura vivida, una manera de vivir y de morir, un conjunto de reglas que definen las relaciones humanas fundamentales entre padres e hijos, entre hombres y mujeres, entre amigos y vecinos”, que necesariamente se vinieron a expresar entre los expatriados franceses que llegaron a la ciudad de México durante el siglo XX.
La misma diversidad se expresó por todas partes; sucedió también con quienes llegaron de los países del desmembramiento del Imperio Austrohúngaro, es decir, húngaros, austriacos, alemanes, checos, eslovacos, rumanos, italianos del norte, polacos, siendo judíos, católicos, musulmanes y protestantes. O con quienes procedieron de la crisis y desarticulación del Imperio Otomano: palestinos, griegos, libaneses, sirios, iraquíes. Lo importante de todo esto es que a las antiguas identidades se sumaron las nuevas, aquellas que se construían día con día y daban sentido a los nuevos agrupamientos entre los inmigrantes. Algunos tuvieron que salir de los territorios en los que nacieron para construir su identidad sin las persecuciones, sin el hostigamiento de sus sociedades de origen.
Hubo, entonces, grupos que construyeron su identidad en el exilio; el factor religioso resultó el más importante para la identidad étnica libanesa como el espacio de una nueva configuración muy próxima a la reciente existencia del Estado-nación. Factores históricos y políticos en Líbano han configurado el confesionalismo que “se ha institucionalizado después de haber nutrido las mentalidades de diferentes comunidades”. Con la teoría de la identidad social se entiende que un individuo o grupo construye su sentimiento de identidad a través de su diferenciación respecto al “otro”.
Cuando en 1926 se proclamó la República Libanesa, en su Carta Constitucional Líbano se definió como un país árabe, lo cual reforzó con su independencia del Protectorado francés en 1943, y más adelante pasó a ser miembro de la Liga de Estados Árabes (entre los 22 que incluye en la actualidad). Así se estableció entre los descendientes de los inmigrantes una suerte de divorcio entre la identidad externa y la identidad cristalizada en las costumbres, los hábitos sociales, los valores y las ideas en el exilio mexicano. Los libaneses que emigraron no habían tenido el tiempo para ser árabes antes de su partida.
Algo semejante, aunque históricamente muy diferente, sucedió con los judíos, representados por tres grupos culturales más o menos identificados, según los países de procedencia. Ellos hubieron de esperar a la creación del Estado de Israel en 1948, para convertir el sionismo en el nudo de su identidad por encima de sus diferencias particulares y, por tanto, de costumbres y de valores. Un judío árabe, por ejemplo, no sabía que existía un Colegio Israelita en México por lo apartadas que estaban las comunidades —que la identidad ampliada ha vuelto a reunir— y en las que el uso extendido del hebreo como lengua vernácula resultó igualmente un factor de agrupamiento. La cristalización identitaria tanto para libaneses como judíos ha sido producto de eventos sucedidos fuera de México, el país receptor.
Casi con el mismo peso se puso de manifiesto la diversidad religiosa. El éxito de la inmigración / integración de algunos se debió, con mucho, a la religiosidad católica. En otros inmigrantes lo religioso mantuvo la cohesión comunitaria propia, como entre los judíos. El ocultamiento fue fundamental cuando se trató de protestantes por el profundo rechazo de los católicos más conservadores. Lo cultural, en un sentido amplio, se tradujo en aislamiento, como con los chinos y japoneses, cuyas prácticas y costumbres fueron vistas a través de la lente de la intolerancia. Otros, como los austriacos, no lograron crear agrupaciones claramente definidas a causa de la cercanía con los alemanes, con quienes compartían la misma lengua.
La aceptación para quienes se insertaron en la nueva sociedad no siempre se dio de manera natural. Las actitudes xenofóbicas aparecieron con frecuencia sin llegar a los extremos que vivieron en otras sociedades, pero como nos lo han recordado diferentes autores la padecieron chinos, japoneses, árabes, judíos, aun españoles, con quienes los mexicanos compartían la lengua y la religión católica. Y por lo demás, la animadversión que muchos mexicanos expresan por los estadounidenses (green go parece herencia del ¡váyanse! de los años de la guerra entre 1846 y 1848) se contrapone con la admiración de otros muchos mexicanos por su estilo de vida. La ambivalencia se expresa en la canción que dio título a una afamada película: “Si me gustan los hot cakes, / digo hello sin dar la mano, / y aunque pida ham and eggs / ¡primero soy mexicano!”.

El futuro
En el principio se veía en el nuevo mundo un espacio vacío, pero con los cambios en el orbe internacional las inmigraciones tomaron un nuevo rumbo marcado por la política y por las persecuciones. Desde 1934, México abrió sus puertas a los europeos perseguidos por el terror nacionalsocialista. Lo mismo hizo con los derrotados españoles de la República, a partir de 1937 recibió a los niños para protegerlos y cuando la Guerra Civil terminó auspició un exilio cultural que resultaría de gran trascendencia para la enseñanza, la investigación, las letras y las artes. También se generó una diferenciación entre los españoles gachupines, entre los que se agrupaban los españoles establecidos en México desde hacía años, y los españoles refugiados. Las diferencias en la identidad expresaban los momentos en que habían salido de España.
Los artífices de esa diplomacia mexicana de apertura ante los perseguidos también articularon la protesta de México en contra de Alemania por la anexión de Austria en 1938. Hubo en México reacciones en contra del nacionalsocialismo alemán y de los fascismos italiano y español. Después del Anschluss, siguieron llegando perseguidos a la ciudad de México, entre ellos los judíos austriacos, que coincidían por su postura izquierdista, quienes asumieron actividades abiertamente antinazis que mantuvieron hasta 1942, cuando México debió entrar en la contienda y el gobierno declaró el estado de guerra con Alemania, Italia y Japón. Ése fue el contexto en el que México acogió a León Trotsky, quien expresaba bien las identidades que suma una sola persona: emigrante, inmigrante, ruso y judío.
Puede establecerse la hipótesis de los tratamientos diferenciados para los inmigrantes, según sus procedencias, esgrimiendo argumentos como sus características y disposición para el trabajo, algo presente en las legislaciones previas, generalmente xenófobas hacia ciertos pueblos. El mismo gobierno de Lázaro Cárdenas tuvo diferentes actitudes según los grupos de los que se tratara. Permitió la inmigración de judíos (con nacionalidades diferentes de acuerdo con los países europeos de procedencia) pero nunca fue tan abierto como lo fue con los españoles.
Hubo barcos a los que no se les permitió desembarcar, como el Orinoco que atracó en el puerto de Veracruz y se decía transportaba turistas, pero en realidad eran judíos que emigraron de los países europeos donde se había desatado la persecución nazi. Eran apoyados por el Jewish People Committee de Nueva York y por la Cámara Israelita de Industrias y Comercio de México. El gobierno expresó a través de Gobernación, que sólo admitiría a los extranjeros que hubieran sido privados de su nacionalidad, lo cual no favorecía a los pasajeros en cuestión que eran principalmente austriacos y alemanes. Habían huido debido a la persecución pero no se les había “privado” de su nacionalidad. Fue en vano la petición del embajador de Estados Unidos, Josephus Daniels, al gobierno para permitirles permanecer en México y el barco debió continuar hacia altamar sin destino fijo.
Ramón Beteta, como subsecretario de Relaciones Exteriores, expresó con claridad la posición del gobierno cardenista en un memorándum del 15 de junio de 1939 dirigido al presidente y que se refería a la posibilidad de establecer colonias judías en el territorio nacional: mientras los españoles habían llegado y seguían llegando porque se trataba de “elementos fácilmente asimilables, que hablan nuestro idioma”, para el ingreso de judíos se exponían varios obstáculos como “la diferencia de idioma, la dificultad de asimilación, la existencia de una religión distinta a la de nuestro pueblo y la falta de preparación agrícola de los presuntos colonos”.
Por otra parte, la situación de guerra causó igualmente serios contratiempos a los inmigrantes que, aunque tenían años residiendo en el país (los “asimilados” para la Ley), habían nacido en Alemania, Italia o Japón. Varios campos de concentración se establecieron, incluso alguno cerca de la ciudad de México, en Temixco, Morelos, y aun cuando estuvieron lejos de los fines para los que fueron construidos en Europa, el encierro les fue difícil y además varias de sus propiedades fueron confiscadas.
Transterrados, el término que forjó el exilio español, puede generalizarse para todos los inmigrantes porque difícilmente -aunque el desplazamiento por decisión propia-, se abandona casa, familia, amigos, amores, paisajes por propia voluntad. Claro, la derrota viene con un enorme sufrimiento, pero todos cargan con sus pérdidas. Sin embargo, “el exilio no sólo establece obligadas y ominosas puertas de salida, también algunas puertas de entrada: umbrales a nuevas experiencias y, acaso, aprendizajes”.
En la segunda mitad del siglo XX los movimientos hacia México vendrán ya no de Europa, Asia o África, sino del mismo continente americano. Por eso las movilizaciones se incrementaron del sur al norte y el país se convirtió en un polo de atracción por razones políticas en búsqueda de refugio o de un lugar para sobrevivir. La tradición de los golpes de Estado se impuso y es el establecimiento de políticas autoritarias lo que estará en el origen de los nuevos desplazamientos. Llegaron los guatemaltecos desde la década de 1950, que se fue convirtiendo en uno de los grupos de inmigrantes más numerosos. Sus actividades fueron discretas en lo político interesados como estaban por su país y muy visibles en el ámbito intelectual. Llegaron también brasileños, salvadoreños, nicaragüenses, y los cubanos a partir del año nuevo de 1959 cuando una revolución desplazó al antiguo régimen. Aunque un grupo en torno al abogado Fidel Castro había venido al comienzo de la década a México para organizarse con ese fin y junto con ellos aquel doctor Ernesto Guevara —después conocido como el Che—, quien para sobrevivir tomaba fotografías con su cámara barata a los transeúntes en la avenida San Juan de Letrán (algunas de cuyas fotografías probablemente estén en este libro).
En las calles de México se mezclaron, además de las diferentes lenguas, las formas de hablar y acentos nuevos del español. Los cubanos se volvieron parte del tejido social de la urbe e hicieron notables aportaciones a la cultura popular del país que ya habían abierto brecha a través de la música y del cine. En el Centro de la ciudad se podía ir del barrio árabe y al judío, luego al chino, en la calle de Dolores, e incluso hacia algunos emplazamientos coreanos. No obstante, la modernidad diluyó ese multiculturalismo territorial y los inmigrantes (¿sus descendientes?) se desplazaron por los nuevos entramados de la ciudad.
En 1973, el golpe de Estado en Chile convirtió a México en país de asilo para los perseguidos por el gobierno militar que se impuso con mano dura. Le seguirán apenas unos años después los argentinos por el apogeo de los Estados autoritarios en el continente. Fue un exilio de gente joven, profesionistas bien calificados, con un alta proporción de menores, y hasta cierto punto se rescató la imagen del México que acogió al exilio español durante la década de 1930.
Chilenos y argentinos aportaron a la vida cosmopolita de la ciudad de México en el campo de las ideas y de la enseñanza, en el arte con una revalorización de lo popular con peñas musicales, teatro, cine y conciertos. Sus valores artísticos fueron ampliamente difundidos y puente con las raíces artísticas mexicanas. Y, como antaño, se multiplicaron los restaurantes asociados a las tradiciones culinarias de esa nueva inmigración, enriquecida por los colombianos, peruanos, argentinos, brasileños.
El asilo se convirtió de nuevo en la carta de presentación de México y la ciudad escuchó las inflexiones y acentos conosureños de la lengua española en los campus de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la Universidad Autónoma Metropolitana, de la Escuela Nacional de Antropología, de la Universidad Iberoamericana, que semejaban sociedades pluriculturales compartiendo tradiciones políticas y valores, sin que expresiones de hostilidad estuvieran completamente ausentes. Personas de diferentes países de América Latina se vinculaban en una suerte de melting pot (“el crisol de orígenes, razas y lenguas”), todo el almacenamiento previo de diferentes expresiones culturales de varios países, aun de los más alejados territorialmente, pero la globalización ha acortado la distancia.

El futuro
La ciudad de México es cosmopolita porque acepta finalmente esa composición que ha ampliado su capacidad de mirar, de aceptar y de asimilar. Estamos lejos de aquella recomendación del siglo XIX: “¡Ay, inmigrantes…, no vengáis a México”, cuando por lo demás, con la ambivalencia que nos caracteriza, ya se aceptaba en 1880, en el diario La Libertad: “los habaneros eran dueños del tabaco, los franceses de la cocina; los españoles de las panaderías, los abarrotes y la usura; los franceses eran los mejores peluqueros; los norteamericanos, los mejores dentistas y los mejores relojeros, los alemanes”.
Las panaderías que tuvieron origen español se fueron convirtiendo en un emporio industrial a partir de 1945; los cubanos instalaron varias tabacaleras, pero no se fuma ahora en la misma proporción que antaño; los abarrotes se beneficiaron de la propagación de los enlatados que trajeron ingleses y franceses; continúan judíos y libaneses en el comercio y los jóvenes pasaron a la industria; los estadounidenses se encuentran en las finanzas y la construcción; en las grandes tiendas departamentales se distinguieron españoles y franceses, quienes continúan en la moda y en los salones de belleza; la tecnología, signo de nuestro tiempo, está en manos de japoneses y coreanos; los finlandeses y daneses están presentes en la telefonía; en la hotelería destacan españoles y compañías estadounidenses; los rusos ahora venden su refinada artesanía; los productos chinos están por todas partes. Los restaurantes hoy en día son parte de cadenas internacionales; aunque no son negocios exclusivos de extranjeros, sí pudieron haber sido de inmigrantes, pero han pasado a la segunda y tercera generaciones de los que llegaron y la mayoría son mexicanos.
El mosaico cultural que aquí se muestra tiene por primera vez la amplitud que el tema de la inmigración merece al tratar a los grupos más reconocibles de las inmigraciones que han impactado al país y a la ciudad de México. El esfuerzo fue posible por los especialistas en cada uno de esos conglomerados que han venido investigando desde sus ámbitos académicos respectivos. La mayoría cuenta con trabajos publicados reconocidos y ha abordado su respectiva problemática para el ámbito nacional. Aquí coincidieron en ubicar su estudio sólo en la ciudad de México, lo cual constituyó un desafío que libraron con sus propios armamentos teóricos, metodológicos y su información empírica.
Cuando las estadísticas sólo se basan en lo numérico, ¿cómo valorar la cantidad de variables que aparecen en cada uno de los capítulos de este libro? Quizá incluyendo en los censos los registros de la riqueza cultural que ha heredado México de su propia historia y del acercamiento con los inmigrantes que trajeron sus elementos culturales. Para ello sería necesario permitir, junto a los datos escuetos, los que rescatan los vínculos con la diversidad de la herencia cultural, tal como se expresa en el sincretismo o en la simbiosis —un concepto más aceptable que propuso Guillermo Bonfil Batalla—, porque son muchos los componentes de los mexicanos de hoy.
Hubiera sido deseable incluir otros grupos de inmigrantes, porque sus trazos comienzan a tener visibilidad, como los de antillanos y africanos de hoy. Sin embargo, la investigación más reciente apenas los ha focalizado. Por ejemplo, la raíz negra ha generado ya varios estudios pero no se facilita su encuentro en la ciudad, como los mismos especialistas lo han demostrado y reconocen que “los elementos africanos no llegan a conformar un sistema cultural, como en otros países de América”. De la misma forma, hay indicios de agrupamientos vinculados con Europa Oriental, sobre todo de los emigrantes después de la caída del Muro de Berlín, en particular los rusos, pero falta aún la condensación histórica que permitiera, como en los casos estudiados, señalar sus experiencias, aportaciones, influencias e impactos. Algo que con certeza el tiempo y la investigación podrán subsanar con una sociedad multicultural posible y plenamente aceptada.
México es ahora la fusión de todas esas culturas en simbiosis en donde se anudan las que coinciden con las de los pueblos originarios y las de los extranjeros. Su producto es abigarrado y qué mejor escenario que el de la ciudad de México para mostrarlo. De este libro se desprende que los inmigrantes del pasado no son iguales a los del presente. El dolor y la derrota de los exilios se convirtieron con el paso de los años en las promesas del éxito futuro. Ahora se parte más de esa premisa y las consecuencias culturales se multiplican cuando ya es un hecho que en el plano internacional son pocos quienes mueren en el sitio de su nacimiento porque los intercambios son infinitos y demasiadas las razones de esos movimientos. Los inmigrantes de hoy tienen mejor nivel educativo y más capacidades para abrirse camino; sin embargo, el gran problema para alcanzar hoy el éxito que muchos lograron en el pasado, es la fuerte competencia y la expulsión desmedida de los lugares de trabajo debido a la situación económica en un mundo que se ha estrechado.
El pasado y el presente de la ciudad de México muestran un mosaico colorido con los trazos de miles y miles de individuos que podrían contar su exilio único, cómo lo vivieron y superaron, cuando pudieron, con la asimilación y, las menos veces, con el retorno. Cada uno de esos exilios es una historia que puede contarse. En conjunto los arropan muchas culturas que expresan diferentes visiones de la vida, rasgos étnicos, creencias, legados de pueblos y aún de civilizaciones que revelan en el lugar donde han coincidido en el desarrollo y el progreso de un país. Hay también expresiones lejanas a ese optimismo, pero es inevitable aceptar que nuestra cultura está compuesta por varias culturas y que su característica más importante es la pluralidad.

Agradecimientos
La fortuna me permitió encontrar una asesoría indispensable para un trabajo de este corte en una especialista como Delia Salazar Anaya, quien siempre estuvo dispuesta a participar con la vasta información que posee sobre el tema. Asimismo Pablo Yankelevich, quien ha contribuido igualmente en el estudio de los inmigrantes, apoyó la iniciativa con entusiasmo. La misma respuesta encontré en todos los autores con quienes pude mantener un diálogo a los largo de varios meses. Para llevar a cabo sus trabajos aceptaron adoptar un cuestionario que sugirió los aspectos que debían ser considerados porque hay muchos apenas conocidos o divulgados. La respuesta fue entusiasta y franca su exposición, se usó la lente de la objetividad que permite valorar la diversidad cultural que se ha vivido y se vive en México.
Este libro fue concebido con las imágenes que contiene; un arduo camino tuvo que recorrerse por las instituciones que las resguardan: el Archivo General de la Nación, la Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Archivo de la Secretar ía de Relaciones Exteriores. Las embajadas fueron amables para escucharnos pero, por lo general, salvo con los datos oficiales no cuentan con las fotografías que pudieran documentar los aspectos sociales de la vida y de la historia de las comunidades que representan.
El trabajo de ilustración, sin embargo, hubiese sido imposible sin la hospitalidad de varias familias y personas que amablemente aceptaron participar con sus archivos privados, entendiendo la importancia de documentar la historia que es finalmente nuestra historia. Agradezco a Alice Gojman de Backal, Rafael Musi Ganem, Wassim Mobayed, Eugenia Behar, Betty Revah, Sophie Goldberg, Rosalynda Cohen, Ricardo Pérez Montfort, Claudia Bodek, Jorge Abud, Ricardo Melgar, Christian Kloyber, Elías Zacarías, la familia Levi, Natalia Saltalamacchia, Rebeca Monroy, Shozo Ojino, la familia Kwik, Martha y Carlos Kasuga, Mario Rey, Ricardo Melgar y Sara Sefchovich, por permitir la reproducción de sus acervos fotográficos y documentales, que nos han dejado acercarnos a los rostros de los inmigrantes.
También debo agradecer las facilidades para consultar archivos privados como el de la Kehila Ashkenazí de México, ejemplo de lo que una comunidad puede reunir, y el de la Comunidad Helénica de México. El Universal, con su Archivo Fotográfico Jack F. Ealy, me permitió realizar una consulta con el apoyo de José Guillermo Aguirre y la reproducción de varias de las imágenes de su acervo.
En la amplia consulta fotográfica que hube de realizar, pude contar con la ayuda de Víctor Rayón y Elisa Bravo. David Maawad realizó el trabajo técnico para reproducir las fotografías e hizo del diseño de este libro un medio de gran eficacia para transmitir los resultados, como el lector podrá apreciar.
Desde la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades conté con la confianza de la doctora María Rosa Márquez Cabrera, quien tiene especial interés en la diversidad de la ciudad de México y salvaguarda de sus expresiones culturales. El apoyo inicial de Iván Cruz permitió el acercamiento con todo el equipo que dio seguimiento a la investigación y realización del libro, en lo que puso un especial empeño el licenciado Francisco Zubiate Nava.
Al Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, en donde laboro, debo reconocer su apoyo en la logística necesaria para coordinar todos los aspectos de una investigación hasta convertirse en libro.
Lo más importante de este agradecimiento es, sin embargo, para un gobierno que ha aceptado incursionar en campos del conocimiento que enriquecen a la ciudad de México, dándole el lugar que merece al ser ciudad capital. El licenciado Marcelo Ebrard Casaubón tuvo la idea de realizar este libro que se enlaza claramente con su interés como gobernante para apoyar la investigación que permite develar con más profundidad todo aquello que aporta a la historia y la identidad de la sociedad defeña; algo que con certeza podrá complementarse con otros estudios aún en proceso o por realizar.

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