TRASLADO DE TLÁLOC

  • Compartidos
 en Sin categoría
boletín finsemaneando

TRASLADO DE TLÁLOC*

Felipe Solís

El recuerdo de aquel abril y la lluvia que caía sobre la cuenca de México fue premonitori:, a la manera de los dioses griegos, este dios dador de la lluvia y el trueno, se resistía ante el asombro de todos a dejar su antigua casa, aquella que presidían los sacerdotes y los señores, aquella en la que el pueblo asomaba, como en esta ocasión, para conocer con asombro sus designios.

16 de abril de 1964:
Las sombras de la noche caían sobre la ciudad de México cuando una gigantesca plataforma rodante -construida ex profeso– cruzaba por la antigua urbe; en ella se transportaba el gigantesco monolito que hasta entonces había permanecido en su sitio original, en las laderas de la Sierra Nevada, en las proximidades del pueblo de Coatlinchan, al oriente del Valle de México.


La mole impresionante de Tláloc
en su lugar de origen despertaba el interés y el asombro de quienes lo visitaban. Coatlinchan, Estado de México, 1950. SINAFO, INAH

El bullicioso movimiento de los mexicanos se detuvo por el efecto majestuoso que causaba el lento rodar de aquella impresionante maquina que parecía salida de una historia de ciencia ficción: todos sabíamos que la ancestral deidad de la lluvia había sido arrancada de la cantera original donde la trabajaron sus primigenios escultores, quienes ahí la abandonaron inconclusa y donde permaneció hasta que los planificadores del nuevo edificio del Museo Nacional de Antropología decidieron que debería de ser uno de los objetos claves en la nueva exhibición.


Colocar el Tláloc
en su sitio actual resultó una tarea compleja en la que participaron diversos especialistas. Reforma y Gandhi, México, DF. 1964, SINAFO, INAH

Para realizar la tarea de trasladar el monolito se construyó en la cantera -donde se hallaba depositado- un armazón de viguetas de acero que permitió levantar el monumento con cables del mismo material. De esta manera se pudo transportar el monolito mediante un gran remolque hecho especialmente para dicho movimiento. Los trabajos fueron supervisados por el director del proyecto de construcción del nuevo museo, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, los ingenieros Cué y Valle Prieto, así como los arqueólogos Luis Aveleyra y Ricardo de la Robina.

Como podrá notar el lector, nos hemos referido a la escultura llamándola “deidad de la lluvia” para no caer en la enojosa discusión que desde su descubrimiento enfrentó a los diversos investigadores que se han ocupado de ella. Quien la describió primero fue aquel grupo decimonónico integrado por el entonces director del Museo Nacional de México, don Gumersindo Mendoza, el señor Jesús Sánchez, profesor de zoología y botánica de la misma institución, así como el artista don José María Velasco, quien fungía como profesor de pintura y era especialmente, el dibujante del Museo en aquellos tiempos en que la ilustración de las figuras arqueológicas se realizaba de manera preferente mediante la litografía y el grabado en lugar de la fotografía.


Habitantes del pueblo de Coatlinchan
Acompañan al Tláloc, cuando partió  de ahí rumbo al Museo Nacional de Antropología en la ciudad de México, SINAFO, INAH

Las noticias de dicha “excursión arqueologica” -que se realizó en agosto de 1882- se publicaron en los Anales del Museo Nacional de México (1886), acompañados por una bella litografía de la escultura -hecha precisamente por J.M. Velasco, el genial paisajista tan celebrado en nuestros días-, la cual fue por cierto, la primera imagen que se difundió del monolito.

Muchos de nosotros, en nuestra infancia, acudimos algún domingo a conocer la famosa escultura, que era el atractivo principal del pueblo de Coatlinchan. ¿Quién no recuerda a los profesores de educación primaria –o a los improvisados guías- explicando el oscuro significado de aquella imagen, largas  peroratas que se escuchaban al mismo tiempo que degustábamos de la sabrosa torta que habíamos llevado para aquella excursión?

Sólo unos ajustes más
y el Tláloc quedaría en el lugar en que se encuentra hasta nuestros días. México, DF, 1964. SINAFO, INAH

Como mencionamos líneas arriba, desentrañar el significado de la deidad ha provocado polémicas y disquisiciones: para Gumersindo Mendoza, Jesús Sánchez, Alfredo Chavero y otros más, es la diosa Chilchiutlicue, mientras que Leopoldo Batres y los diseñadores y constructores del nuevo edificio del Museo Nacional de Antropología se inclinaban por nombrarlo Tláloc, el patrono de la lluvia entre los antiguos habitantes del Valle de México. Tal parece que este último reconocimiento es el más afortunado, al menos popularmente, ya que hoy día es muy familiar la expresión que identifica al Museo “donde está Tláloc”, ya que se decidió que el monolito se integrara a la fuente que se encuentra a un costado del Paseo de la Reforma, de tal manera que la imagen, desde  lejos, anunciara a los visitantes el nuevo museo.

La llegada del Tláloc a la Plaza Mayor,
en el mes de abril de 1964, fue un acontecimiento que ha quedado en la memoria de quienes lo vieron pasar cuando ya caía la noche sobre la capital mexicana. SINAFO, INAH

 

 * Revista Relatos e Historias en México-enero 2009

 

Tú, ¿qué opinas?

Recent Posts