Tres principios para transformar el país desde la primera infancia

  • Compartidos
 en Columnas invitadas

Jack P. Shonkoff es director del Centro de Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard. Hoy compartimos su columna publicada en El Financiero.


La primera infancia es una etapa de gran esperanza y cambios rápidos, es cuando la arquitectura del cerebro en desarrollo es más propensa a la influencia de experiencias y relaciones. No obstante, es también una etapa de gran vulnerabilidad. Las condiciones de adversidad pueden socavar el desarrollo de los niños pequeños, y así impactar su futuro social y económico. Por ende, las desventajas en la primera infancia amenazan la vitalidad, la productividad y la sostenibilidad de todo un país.

Los avances más recientes en la ciencia del desarrollo cerebral nos ofrecen una oportunidad sin precedentes para resolver algunos de los problemas más desafiantes de la sociedad, desde la disparidad en rendimiento escolar y productividad económica, hasta los costosos problemas de salud a lo largo de la vida. La comprensión sobre la forma en que las experiencias que tienen los niños desde el nacimiento, incluso desde la gestación, afectan toda la trayectoria de vida; en combinación con el nuevo conocimiento sobre el tipo de habilidades que los adultos necesitan para ser exitosos profesionalmente y como padres, proveen una base firme sobre la cual la sociedad civil y los líderes políticos pueden diseñar una agenda común y más efectiva en favor de la primera infancia.

Para mejorar el desarrollo de los niños y las familias en México, y alrededor del mundo, los gobiernos pueden repensar sus políticas públicas y programas de servicios en función de tres principios, basados en la evidencia científica:

Reducir las fuentes de estrés en la vida de los niños y las familias. No todo el estrés es malo, pero el estrés incesante y severo que caracteriza la vida de millones de niños y familias que experimentan pobreza extrema, altos índices de violencia, adicciones y/o enfermedad mental puede causar problemas de largo plazo a los niños y niñas, así como a los adultos de los que dependen. Reducir las potenciales fuentes de estrés protegerá a los niños directamente (su respuesta al estrés se desencadenará con menos frecuencia e intensidad) e indirectamente (los adultos de los que dependen podrán protegerlos y apoyarlos mejor, previniendo así daños a largo plazo).

Apoyar relaciones responsivas entre niños y adultos. Las relaciones responsivas entre niños y sus cuidadores benefician el desarrollo del cerebro y proveen de un amortiguador indispensable para prevenir el que las experiencias muy adversas de la vida produzcan una respuesta de estrés tóxico. En los adultos, las relaciones saludables promueven bienestar, proveen soporte y apoyo emocional, y ayudan a desarrollar la confianza y esperanza que necesitamos para enfrentar las dificultades de la vida.

Fortalecer las habilidades esenciales para la vida. Todos necesitamos un conjunto de habilidades esenciales para gestionar con éxito la vida, el trabajo y las relaciones. Estas habilidades esenciales nos ayudan a concentrarnos, planificar, alcanzar objetivos, adaptarnos a situaciones cambiantes y resistir nuestros impulsos. Estas habilidades no surgen automáticamente; se desarrollan con el tiempo a través del entrenamiento y la práctica. Las políticas públicas que ayudan a niños y adultos a fortalecer sus habilidades esenciales para la vida son fundamentales no sólo para su éxito como estudiantes y trabajadores, sino también como padres, quienes serán responsables de desarrollar las mismas habilidades en la próxima generación.

Estos tres principios están altamente interconectados y se refuerzan mutuamente de múltiples maneras. Por ejemplo, la reducción de las fuentes de estrés facilita el acceso y el uso de habilidades esenciales para la vida; también libera tiempo y energía para participar en relaciones responsivas. Lamentablemente, lo opuesto también es cierto: retos significativos en cualquiera de estas áreas pueden afectar de forma adversa al resto. El uso de estos principios para promover un cambio positivo en estas tres dimensiones es la mejor oportunidad que tenemos de ayudar a los adultos a brindar cuidados responsivos, y con ello ayudar a los niños a lograr (y mantener) un desarrollo sano.

Líderes pueden utilizar estos tres principios al elegir entre alternativas de política pública, al diseñar nuevas propuestas y al proponer cambios a prácticas existentes de manera que se favorezca la construcción de cerebros y cuerpos sanos durante la primera infancia. Estos principios también pueden ayudar a los responsables del diseño de políticas públicas a considerar los diferentes factores que pueden tener un impacto positivo en el desarrollo. A nivel individual, las políticas pueden enfocarse en el desarrollo de habilidades tanto para niños como para adultos. A nivel de programas de servicios directos, las políticas pueden enfocarse en la importancia de las relaciones humanas para la crianza, el desarrollo y la productividad económica. Y a nivel sistémico, las políticas pueden enfatizar la reducción de las fuentes de estrés que dificultan la tarea de los padres como cuidadores y afectan profundamente a los niños.

La ciencia nos da los principios rectores, y la primera infancia provee la mejor oportunidad de hacer cambios que afectarán el futuro de nuestras comunidades y países. Ahora es el momento de tomar acción.


Publicaciones recomendadas

Comentarios