El milagro del pocito

La Nueva España, joya de la corona española, colonia de la que dependía económicamente la metrópoli, aspiraba también a ocupar un lugar en la vanguardia cultural de su época. Desde mediados del siglo XVIII, los pintores de la ciudad de México, encabezados por José de Ibarra, Miguel de Herrera, Miguel Cabrera y Juan Patricio Morlete Ruiz, pretendían fundar en el virreinato una Academia de Bellas Artes semejante a la de San Fernando en Madrid, pero su solicitud nunca fue atendida por el rey. Fue en 1783 cuando el rey Carlos III, a instancias de Jerónimo Antonio Gil, grabador español avecindado en la Nueva España con el cargo de Tallador Mayor de La Real Casa de Moneda, emitió la orden para el establecimiento de la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España.

Con la real orden llegaron profesores de pintura, escultura, arquitectura, matemáticas y grabado. Estos artistas/ profesores se habían formado bajo un nuevo gusto estético que se alejaba de los cánones del barroco vigente en la colonia: el neoclásico. El neoclasicismo fue una corriente artística que intentó restaurar e imitar el gusto y las normas grecoromanas en su búsqueda de la creación de formas y objetos armoniosos por medio de la simetría axial, del ritmo repetido y de la proporción entre las partes y el conjunto. Para enseñar ese nuevo arte se pidieron nuevos materiales, grabados, reproducciones de yeso de las obras clásicas más importantes, así como tratados novedosos de pintura, arquitectura y escultura.

Uno de los pintores más importantes que vino del viejo mundo para fortalecer la recién fundada academia fue Rafael Ximeno y Planes, quien llegó a Nueva España en 1794 para ocupar el puesto de director de Pintura.

Formado profesionalmente en las academias de Valencia, Madrid y Roma, su trabajo en Nueva España fue notable y destacó como fresquista decorando la cúpula de la catedral de México con La Asunción de la Virgen. En la capilla del Palacio de Minería pintó La Asunción y la Coronación de la Virgen y un tema de devoción guadalupano, considerado como una de sus obras maestras, El milagro del pocito.

También fue reconocido por sus famosos retratos de Manuel Tolsá, Jerónimo Antonio Gil, la del científico y naturalista alemán, Alejandro von Humboldt, así como la del arzobispo-virrey, Alonso Núñez de Haro.

Ximeno y Planes estuvo comprometido hasta su muerte con su labor docente. Entre los discípulos más notables que formó se encuentran, José María Uriarte, José María Guerrero y José de Castro. Muchos de ellos abrirían sus propios talleres o regresarían a sus ciudades natales para realizar obras neoclásicas.

* Revista Relatos e Historias en México, Nov. 2009
Suscríbete a la Revista en www.relatosehistorias.com.mx