Artesanías con vida

Por Patricia Ruvalcaba

Uno ni se imagina, al caminar entre la marea humana de Madero, que en los altos de una gran perfumería se esconde Artes Populares Mexicanas Víctor, una tienda de artesanías que tiene tras de sí historias muy emotivas.

Una sirena, una ballena, un toro y un pavo real pandean ligeramente sus cuerpos translúcidos color pergamino, trazados con ternura. Son peines de cuerno realizados por un artesano del Estado de México. En el mismo taller se confeccionan llaveros y collares cuyas cuentas son calaveritas.

“Ya es el único que lo hace”, dice Pilar Fosado. Pilar es la heredera y propietaria de Artes Populares Mexicanas Víctor, una peculiar tienda de artesanías escondida en la populosa calle de Madero.

El mismo encanto de los peines de cuerno está en unas muñecas poblanas de trapo, especie de primas de las llamadas lupitas. Articuladas, sin más ropa que un payasito, sus rostros de cera son adorables. Las hay tan pequeñas que caben en una mano o hasta de unos 30 centímetros de altura.

Y qué decir del papel picado antiguo con la imagen de San Jorge —“una reliquia”—, la joyería de plata mazahua, los alambroides —figuras de alambre y cartón— del artesano Saulo Moreno o las esculturas de madera de Maximino Ibarra.

El hechizo de esta tranquila tienda consiste en que, además de ofrecer objetos “con vida” —que van de los 20 pesos a los 300, promedio— tiene tras de sí historias emotivas: la de la familia Fosado, la del descubrimiento de la belleza en los objetos cotidianos del México en los años del nacionalismo, y la de numerosos artesanos dispersos en comunidades rurales de aquel país, y del actual.

“SE HIZO SOLITO”
A fines de los años veinte del siglo pasado, México se reconstituía, después de la Revolución. La búsqueda de una identidad nacional estaba en curso, y una de las fuentes en que se abrevó para modelarla fue el arte popular. Víctor Fosado Contreras (1902-1994)  era entonces “muy joven”, cuenta su hija Pilar.

Huérfano de padre, “estudió hasta tercer año de primaria, y chiquito empezó a buscar los centavos, porque eran su mamá, un hermano y él… mi papá se hizo solito”.

Hacia 1928 entró como empleado del estadounidense Frederick Davis, quien tenía un negocio en la calle de Madero, llamado Sonora News Company, una agencia de viajes que organizaba excursiones en tren para extranjeros. Dado el interés del propio Davis y de sus clientes por las artes populares —“entonces no eran artesanías, ni arte popular, sino objetos de uso cotidiano, pero bonitos”—, el empresario instaló un bazar en su local, ubicado en los bajos de lo que hoy es el Palacio de Iturbide.

Fosado tenía la misión de viajar por provincia para proveer de objetos al bazar, que también ofrecía antigüedades. Se internó en pueblos y rancherías del Estado de México, Hidalgo, Puebla, Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Querétaro, Michoacán, Jalisco, Morelos. Los viajes podían ser muy penosos, en burro, a pie, en precarias carretas, bajo el sol o la lluvia, a veces sin nada que comer durante largos tramos.

Eran misiones de exploración, adquisición y una especie de fomento de la producción.
“Ya entonces muchas cosas se estaban perdiendo”, dice Pilar, así que Davis y Víctor Fosado se propusieron alentar a los artesanos a seguir trabajando. El bazar funcionaba en dos canales: Davis compraba y exhibía obra de los artistas del movimiento nacionalista —Rivera, Montenegro, etcétera — y extraía de la entrañas del país arte popular para alimentar ese movimiento.

Fosado, “un artesano autodidacta” que aprendía ávidamente las técnicas de toda clase de oficios con el fin no de realizar piezas, sino de mejor aconsejar a los artesanos —“para que no saliera chueca una cosa o que no se despintara”— se convirtió no sólo en un experto, sino en un hábil restaurador. “Fue un pionero”.

Terminado el ciclo con Davis, trabajó para la casa Sanborns, que al ver una posibilidad de negocio en las “curiosidades mexicanas”, como se les llamó entonces, abrió departamentos especializados. Fosado fue el encargado de textiles y luego de la  plata.

Fosado decidió independizarse, y abrió su propia tienda en Artículo 123, tal vez en 1944. Más tarde —Pilar no pudo precisar la fecha— se trasladó a Filomeno Mata, primero en el número 15 y luego en el 13, donde la tienda alcanzó gran prestigio y solía tener en el mezanine muestras de ciertos artesanos a quienes invitaba a trabajar frente al público.

“CREEN QUE NO TIENE VALOR”
En 1975 —“ya se llamaban artesanías”— se mudaron a un local más pequeño, en los altos de Madero 10, sin vista a la calle. Un hermano de Pilar, Víctor, que había estado en la tienda desde niño y que llegó a ser un afamado diseñador de joyas, se había ido a Cancún a fundar otra. Ella, estudiante de piano, tomó el relevo y absorbió las enseñanzas de su padre.

“Nací en esto”, dice Pilar. Pero en la selección de los objetos en venta se nota una mirada atenta.
Por ejemplo, unos medallones de migajón que en una cara tienen, en bajo relieve, rostros coloreados de vírgenes, santos y “almitas”. Cada medallón tiene un palito.

“Esas caritas de harina, valen nada. Son de Oaxaca y sólo son para la temporada de muertos, para las ofrendas, se le ponen al pan de muerto. La gente no cree que eso tiene un valor, una gracia, un gusto, lo ven como cualquier cosa. Yo siento que sí tiene un valor. Primero, la tradición, y algunas caritas son verdaderamente muy bonitas, son artísticas, hay unas muy grandes que hacen así, para los panesotes, unos que parecen volcanes, y hay unas chiquititas, del tamaño de una uña, para los panecitos chiquititos”.

“Es cuestión de ir buscando y de tener una sensibilidad especial”.
Pilar explica muy bien lo que se respira en la tienda: “Cada cosa tiene vida. La vida es la que le da quien la hizo con cariño, con mucho gusto. Sí, les ayuda a sobrevivir, pero a la vez dan parte de sí mismos con su inspiración de campo, de montañas, de esa luz, del cielo… es una inspiración que no dan los edificios, las calles… ésta es otra inspiración. La gente que trabaja esto es gente muy linda, muy sensible, sabia, que piensa tan diferente a nosotros pero de una manera tan profunda, amante de Dios, de la naturaleza, de la gente, sus hijitos, sus pollitos…”.

SUFICIENTE CARIÑO
El aumento de la competencia, una distorsión en el gusto popular —“al común de la gente no le gusta el arte popular como arte”—, una degeneración conceptual de la artesanía —“con demasiado colorido, imágenes apantallantes”— empujada por el interés comercial de algunos intermediarios, la dispersión familiar en el campo, el abandono de los oficios artesanales por parte de generaciones nuevas y la gradual desaparición de los viejos ejecutantes e incluso de algunos materiales, mermaron sensiblemente el mercado de Artes Populares Mexicanas Víctor. “Nuestros principales clientes son coleccionistas, museos, algunos extranjeros que nos visitan por recomendación”, informa Pilar.

El paseante promedio no está interesado en este tipo de artesanía, dice. “Una vez vino una persona que estuvo aquí como dos horas, alabando todo. Cuando se salió, le dijo a su amiga: ‘Ay, todo esto, me encanta, pero yo en mi casa, no lo tendría’. Se me quedó tan grabado”.

Sin embargo, Pilar —ella misma diseñadora ocasional de joyería— tiene suficiente cariño por lo que hace, como para mantener la tienda en pie, y viajar a los lugares donde los artesanos de la casa continúan elaborando objetos bellos.

Al hijo de un extraordinario joyero, quien heredó el don, pero es ingeniero químico y fotógrafo, ella lo alienta. “Lo estoy animando para que vuelva hacerlo, siempre le estamos echando flores porque trabaja muy bonito”.

ARTES POPULARES MEXICANAS VÍCTOR Madero 10-305, entre Condesa y Gante. M Allende y San Juan de Letrán. Lun-Vie 12-19:30hrs. Tel. 5512 1263

 

Fuente: Kilómetro Cero. Noticias del Centro Histórico de la ciudad de México, número 57, abril 2013