Drogas en Ciudad Universitaria; la mota se mueve sin pena

Drogas en Ciudad Universitaria

Drogas en Ciudad Universitaria; la mota se mueve sin pena

El consumo de drogas en la UNAM ha creado un mercado que apuñala la propia legislación auriazul


Entre muchos “güey”, “carnal”, “valedor”, “amigo”, pocos dan su nombre o siquiera su apodo. Son difíciles de reconocer porque no siempre aparecen los mismos, pero todos ubican a la perfección lo que venden y los puntos exactos. Son más de 30 sujetos repartidos entre las inmediaciones de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM, el Campus Central, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), y el metro Universidad, todos ellos artífices del narcomenudeo en Ciudad Universitaria.

Contrario a la lógica que impera en la venta de drogas a baja escala en todo el Distrito Federal, con acuerdos llenos de secrecía, intercambios discretos y movimientos prudentes, en la Máxima Casa de Estudios la realidad es otra y los narcóticos, principalmente mariguana, son tan evidentes como los libros o las áreas verdes, y a nadie parece incomodarle.

Desde algunas décadas, CU se ha caracterizado por ser un espacio de suma tolerancia y empatía, de parte de la comunidad y las propias autoridades educativas. El consumo de drogas, como elección personal de los estudiantes nunca fue señalado, hasta que la autonomía terminó por auspiciar de forma indirecta un mercado que apuñala la legislación auriazul.

En otras palabras, el tema de las drogas dejaron de ser un fenómeno socio-cultural, por decirlo de alguna forma, y se naturalizó como una transacción cualquiera, similar a comprar tacos de canasta a uno de los tantos vendedores en bicicleta que abundan por ahí.

Corredor de “Filos”

En un recorrido cualquiera por la zona de las islas, es muy fácil notar la presencia de los dealers, en especial cuando el olor escandaloso del cannabis quemado los delata. Casi nunca están solos, por lo común son grupos estáticos de tres o cuatro, y aunque en ocasiones son retirados por elementos de Seguridad UNAM, siempre vuelven a los puntos ante la nula reacción de las altas esferas universitarias, que insisten en obviar el tufo de criminalidad esparcido por los pasillos.

Mónica, egresada de la FFyL, recuerda que pudo apreciar esta situación desde que comenzó la licenciatura en Letras Inglesas en el año 2009, aunque desde que era pequeña escuchaba relatos de su padre sobre la venta de drogas en CU, al grado de considerarlo una característica intrínseca de la UNAM y sus estudiantes.

Uno de los puntos de venta de drogas más conocido, se localiza entre “Filos” y la Biblioteca Central. Se trata de una especie de jardinera sin plantas, ubicada en el descanso de unas escaleras que por un lado conducen a la Facultad de Derecho, y por el otro lleva al estacionamiento de la referida facultad.

Al encontrarse entre los dos inmuebles, ese corredor con escaleras es un sitio estratégico para mover drogas entre un sector de la comunidad universitaria y compradores externos, por el gran flujo de gente, ya que conecta dos facultades, el estacionamiento de Filosofía, una parte de las islas, así como la salida a Insurgentes Sur y Circuito Escolar.

Sentados de espaldas al edificio de la FFyL, es común ver a los dealers mientras departen drogas y alcohol con estudiantes, además de otros sujetos que todos aseguran ni siquiera son alumnos. Casi todos los viernes, o incluso desde lo jueves como dictan los cánones modernos de diversión, en ese mismo punto se arma la bebedera hasta altas horas de la noche, incluso personal de seguridad los insta a retirarse sin ninguna repercusión, a pesar de que está prohibido en la legislación universitaria y podrían solicitar la presencia de la Policía del Distrito Federal.

Campus Central

Los jóvenes consumidores conocen de memoria este punto como los otros, ya que, aunque no siempre sean los mismos narcomenudistas, saben que ahí siempre habrá un sujeto que por 10, 20, 30, 40, 50 o los pesos que sean, saciará su necesidad de hierba, polvo, rocky o pastas, según sea el caso.

Lo mismo sucede con otro punto, ubicado justo al centro del campus central, donde algunos árboles forman un diminuto bosque y desde dentro los vendedores llaman con señas y chiflidos a sus clientes.

Debido a que es la zona donde convergen casi todas las facultades de la UNAM, aquí son comunes las actividades lúdicas y deportivas. Tocho bandera, retas de futbol, mesas de ping-pong y decenas de estudiantes tirados en el pasto son elementos cotidianos. Justo por eso llama la atención la normalidad con la que estos vendedores actúan, pues pareciera que se han mimetizado como camaleones con los árboles y fueran parte del paisaje natural. Ya a nadie le espanta ver personas vendiendo drogas y mucho menos consumiéndolas.

La extinta “polacas”

Antes de que limpiaran la FCPyS por las constantes quejas, sólo había dos lugares donde conseguir drogas en CU: la referida escuela y el jardín frente al paradero del Pumabús. Exiliada de todas sus “hermanas”, en la Facultad de “Polacas”, el narcomenudeo tenía una logística igual o más cínica que las anteriores.

De la misma forma que lo hacen los otros spots, aquí la venta iniciaba entre las 10 y 11 horas, justo para el “mañanero” de los estudiantes, pues desde esa hora ya se veían algunos quemando en las jardineras, recién remozadas ahora zona trasera mesas techadas y wifi gratis para los alumnos, ocupado también en su momento por los dealers.

A un costado de ese espacio, entre una especie de vereda que lleva a una cafetería, ahí se colocaban a vender y fumar.  Se protegían detrás de una pequeña escalera de metal, pero a metros de distancia se podía distinguir el comercio de drogas -mota, perico y tachas, principalmente- en especial por el tráfico inusual de alumnos en un área tan alejada.

Jardín del Paradero

Muerta “Polacas”, al menos en venta, quedó la zona recreativa ubicada entre las calles Escolar e Investigación Científica.

Esta enorme área verde que funciona como “dispensario” de mariguana, es también un atajo para aquellos que van o viene del metro. Es conocido pues ahí todos los viernes se organizan actividades lúdicas como juegos de ajedrez, ping-pong y pequeños conciertos, situación que aprovechan tanto dealers como consumidores.

A ritmo de rock, reggae o ska, estudiantes de todas las facultades se acomodan a lo largo del pasto para tomar una siesta, leer si es posible o drogarse con un churro de mota o hasta una mona de activo. Se trata de un ritual burlesco, pues cada cierto tiempo un automóvil de seguridad UNAM rodea el jardín mientras todos esconden el cigarro incriminatorio, en una escena que se repite hasta que la música termine, el sol se esconda, o lo permita el humor de los guardias.

En ocasiones algunos alumnos son remitidos por el personal de seguridad, aunque muchos aseguran que no les pasa absolutamente nada. “Te sacan de ahí y primero te interrogan para ver si eres alumno o no, pero al final te dicen que ya mejor te vayas”, asegura un estudiante de la Escuela de Trabajo Social, que cada viernes va con sus amigos a fumar un blunt, beber y escuchar música.

“Si te cargan con el jurídico ya es porque te andabas metiendo coca o haciendo otra cosa”, asegura el universitario.

Letra Roja