Las 3 del día

El presidente irreconocible

Carlos Loret de Mola

Me acuerdo de un Andrés Manuel López Obrador que conquistó al electorado con un discurso de grandeza. Que invitó a soñar con una Transformación con mayúsculas. Que planteó, así, de saque, que el primer año de su gobierno la economía crecería al 2%. Y de ahí para arriba, hasta el 4%. Hoy lo que hay es un presidente que festeja como gran logro que el crecimiento es de 0.1%.

Me acuerdo de un Andrés Manuel López Obrador que atemorizaba a los más poderosos cuando anunciaba un mitin de domingo en el Zócalo, una marcha de decenas de miles, un plantón bloqueando el corazón de la capital nacional. Que hizo de la protesta callejera el megáfono internacional de su lucha política. Hoy lo que hay es un presidente que se esconde en sus cómplices políticos —como el morenista gobernador de Tabasco— para prohibir las manifestaciones y blindar así la segunda peor decisión de su gobierno: construir una refinería en Dos Bocas, a la fuerza, y en contra de las recomendaciones hasta de sus aliados.

Me acuerdo de un Andrés Manuel López Obrador que se quejaba desde la oposición de un tal “cerco informativo”. Que decía que todos los medios de comunicación estaban plegados al poder presidencial. Hoy lo que hay es un presidente que exige que la prensa se alinee a sus dictados, tome partido por él y sólo por él, que no sea plural ni crítica.

Me acuerdo de un Andrés Manuel López Obrador que decía que la violencia se resolvería desde el primer día de su gobierno. Hoy lo que hay es un presidente que lleva más de medio año en el gobierno, y los índices de delincuencia están en récord histórico. Me acuerdo de un Andrés Manuel López Obrador que criticaba los operativos que sólo pateaban el avispero. Hoy lo que hay es un presidente cuyo principal operativo antidelincuencia, el ejecutado en Guanajuato contra los huachicoleros, tiene hoy a ese Estado en segundo lugar nacional de ejecuciones.

Me acuerdo de un Andrés Manuel López Obrador… y no reconozco al que veo en cada mañanera.


Son las armas, carajo

Alejandro Hope

Patrick Crusius, el asesino de El Paso, es un hombre desequilibrado. Solo una persona con un severo problema de salud mental puede hacer lo que hizo: manejar centenares de kilómetros, entrar a un supermercado, verificar que se encuentra lleno, salir al vehículo, tomar un rifle de asalto, regresar a la tienda y empezar a disparar a mansalva.

Patrick Crusius es también un fanático. Minutos antes de convertirse en multihomicida, subió a la red un violento manifiesto antiinmigrante en el que hablaba de la “invasión hispana a Texas”, expresaba su admiración por el perpetrador de la masacre de Christchurch, Nueva Zelanda, y amenazaba con “eliminar a suficientes personas”.

Patrick Crusius era un visitante constante en los rincones más oscuros de Internet. Participaba activamente en 8chan, un foro virtual frecuentado por neonazis, nacionalistas blancos y extremistas xenófobos. Es, además un admirador del presidente Donald Trump, partidario del muro fronterizo y la deportación masiva de extranjeros.

A Patrick Crusius, el discurso de odio le dio motivación para matar. La enfermad mental le quitó las inhibiciones. Pero su locura se convirtió en masacre porque pudo hacerse de un instrumento de destrucción masiva: un rifle de asalto.

La diferencia central entre Estados Unidos y el resto del mundo desarrollado no es el racismo o la exclusión o la enfermedad mental: es el acceso a las armas. En Estados Unidos, hay 120 armas de fuego por cada 100 habitantes. En Canadá, el número comparable es 34. En Francia, 20, y en el Reino Unido, 5.

No es casualidad, por tanto, que la tasa de homicidio por arma de fuego en Estados Unidos sea cuatro veces mayor que la de Suiza y catorce veces la de Alemania.

La masacre de El Paso tiene múltiples causas, sin lugar a dudas. Pero una explica mucho más que otras.


El parecido más lamentable entre AMLO y Trump

Ana Paula Ordorica

Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador tienen muchas semejanzas, de las cuales se ha escrito ampliamente. Varias de estas similitudes caben en el libreto del populismo, pero de todas ellas la similitud que considero más lamentable por los efectos que está teniendo en México y en Estados Unidos es el no darse cuenta, ninguno de los dos, del tamaño del megáfono que tienen y las consecuencias por ello no solo de sus palabras, sino de sus mentiras.

Tanto Trump como AMLO mienten con total desfachatez. Lo han hecho antes de estar sentados en la silla presidencial y lo siguen haciendo ahora. El problema es justamente que no toman en consideración la gravedad del peso de sus palabras ahora que están al mando.

Trump tiene un megáfono. Y tiene que asumir las consecuencias de ello, no solo lucrar con sus beneficios.

Lo mismo podemos decir de nuestro presidente, Andrés Manuel López Obrador, quien estos días volvió a repetir que la elección de 2006 fue fraudulenta. Lo ha dicho muchas veces y de muchas formas, desde el plantón de Reforma que paralizó la Ciudad de México durante dos meses. Ahora, trece años después y desde el púlpito de la mañanera en Palacio Nacional, ha vuelto a repetir algo que nunca ha podido probar, lo que sin duda es irresponsable.

Las instituciones electorales le permitieron ganar la Presidencia. No fueron solamente las ‘benditas redes sociales’. Seguir denostándolas, conociendo que hay legiones que le creen ciegamente, es sumarle al desprecio por el INE, el Tribunal Electoral y los ciudadanos que han trabajado en favor de su fortalecimiento.


Las tres del día es un ejercicio de compartir columnas que tratan los temas más importantes del día. Pueden leerse en su totalidad en los links correspondientes.