¿La corrupción es el peor enemigo de la democracia?

Tanto la teoría como la evidencia empírica nos demuestran que la corrupción puede conducir al desgaste del recurso más importante que posee el sistema democrático: su legitimidad. Al mismo tiempo, muchas veces se nos pasa por alto que podemos convertir la corrupción en una oportunidad para reformar y fortalecer las instituciones.

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Si bien los escándalos de corrupción muchas veces actúan como el árbol que nos tapa el bosque, es importante que hagamos una reflexión profunda de los vínculos entre corrupción y democracia. Para ello es clave empezar por elaborar una cronología de esta complicada relación en el escenario latinoamericano del último medio siglo.

Aun cuando la relación entre corrupción y democracia debe continuar analizándose con muchísima cautela, la evidencia existente es clara en demostrar que la corrupción puede afectar directamente el apoyo a los gobiernos, así como la imagen y el desempeño de las instituciones. La corrupción genera incentivos para que las instituciones públicas se llenen de funcionarios que gestionan de acuerdo a intereses privados.

Cuando los ciudadanos pierden confianza de que las decisiones políticas son tomadas por razones públicas y justificables, y que los que ocupan cargos toman en serio las opiniones y los intereses de la gente, a menudo se vuelven cínicos y esto empaña a todos los funcionarios públicos, sean o no corruptos. Además, cuando los ciudadanos desconfían de los gobiernos, también son cínicos acerca de sus propias capacidades para actuar en favor del bien público, y tienen menos confianza en que sus propios conciudadanos actúen. La corrupción generalizada provoca una pérdida en el capital social de los individuos, lo cual es necesario para generar y mantener democracias de calidad.

No hace falta irse a las altas esferas ni a teorías enrevesadas para entender esto: actualmente, en varios países de la región, la corrupción relacionada con la realización de trámites administrativos básicos, como por ejemplo la obtención de un documento nacional de identidad o el registro de una propiedad, erosiona a diario la posibilidad de fortalecer la democracia como sistema que sirve y cumple con los ciudadanos, generando una muerte por asfixia que puede resultar aún más dramática que un cambio de líder. En otras palabras, al ser experimentada en la vida cotidiana, la corrupción daña las bases en que se funda la preferencia por la democracia como régimen.

Hoy en día la mayoría de los ciudadanos de nuestra región sienten que tal vez ya sea muy tarde, pues la corrupción ha debilitado seriamente las posibilidades de que nuestros países salgan adelante. Casos como Lava Jato-Odebrecht y los Panama Papers, entre otros grandes escándalos con resonancia regional y global, han sido elementos clave en generar este sentimiento.

Con todo, es importante no concentrarse en el vaso medio vacío. Hoy en día tenemos más herramientas que nunca para luchar contra la corrupción. Y esto no solamente se relaciona con la creciente utilización de la tecnología, sino también con el fortalecimiento de los sistemas judiciales, el empoderamiento de los ciudadanos, y la implementación de estándares internacionales para prevenir y controlar la corrupción. En esta línea, Roberto de Michele recientemente ha publicado un artículo sobre las cinco razones que nos permiten ser optimistas frente a los escándalos de corrupción actuales.

Además, la historia nos dice que no es tarde. Si prestamos atención, lo que nos muestra esta breve cronología es que América Latina redefinió varias veces la relación entre corrupción y democracia, en el marco de una misma generación.

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One Comment

  1. JUAN ADRIAN DE LUCIO PEREZ

    EL PEOR ENEMIGO QUE TENEMOS TODOS LOS CIUDADANOS ES SIN LUGAR A DUDAS EL GOBIERNO QUE NOS IMPONEN Y NOSOTROS AGACHAMOS LAS OREJAS ASI O MAS CLARO

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