La ciudad de los poetas de Shahen Hacyan

Alejandro Frank

Hace poco más de 25 años, mi colega y amigo Shahen Hacyan, destacado físico y divulgador de la UNAM, publicó un breve artículo con el título “La ciudad de los poetas”, aludiendo a la situación burocrática y el apoyo raquítico que los científicos enfrentábamos con las políticas de gobierno implementadas por el Conacyt.

Lamentablemente, esta actitud de indiferencia hacia la ciencia y la cultura no se modificó en los años subsecuentes. Los cambios ocurridos con las últimas elecciones, sin embargo, despertaron la esperanza en muchos académicos y artistas. Cuando se me preguntó el primero de julio del año pasado mi opinión sobre el significado del triunfo de la oposición, declaré a un noticiero lo siguiente:

“Me parece que es un resultado histórico. Éste es un momento de esperanza para México. Una oportunidad de desarrollar una cultura científica, reorientar nuestras prioridades e incidir en la solución de los grandes problemas ambientales, la salud y las desigualdades. Tengo la esperanza de que esto se logrará mediante un fuerte impulso a la ciencia y a la educación”.

Hoy en día, para desconcierto de científicos, académicos y artistas, estamos enfrentando drásticos recortes al presupuesto de las universidades públicas, centros de investigación, institutos nacionales de salud y agencias encargadas del impulso de la ciencia, las humanidades y las artes, entre otros sectores.

Aunado a ello, vivimos un ambiente agresivo y crítico acerca del valor que estas actividades tienen para nuestro país, incluyendo acusaciones de despilfarro de recursos públicos, abuso y privilegios injustificados de científicos, académicos y artistas. Por supuesto, seguramente algunos habrán actuado de manera indebida. Pero esto no es habitual y me parece que esta opinión refleja ignorancia sobre la compleja historia detrás de la construcción de una cultura basada en el conocimiento en nuestro país y lo que esta labor ha significado para nuestra identidad, soberanía y desarrollo como sociedad.

La situación actual es diferente a la vivida en otros tiempos, pero es similar el menosprecio hacia estas actividades desde algunos sectores gubernamentales.

Con el permiso de Shahen Hacyan, tomé su excelente narración de lo que acontecía en 1992 para reinterpretarla a la luz de los acontecimientos que vivimos hoy, intentando en lo posible conservar su espíritu original y su admirable prosa, que me parece refleja bien el desaliento que hoy viven estas comunidades:

Había una vez una ciudad muy hermosa situada a orillas de un lago cerca de un bosque frondoso. El gobierno de la ciudad estaba a cargo de un nuevo alcalde que moraba en un gran castillo rodeado de un séquito de ayudantes encargados de administrar la vida de los ciudadanos. La principal característica de esa ciudad era su población: entre ella habitaba un pequeño grupo de poetas y juglares que habían elegido ese lugar como residencia por su belleza y por el cariño y respeto que la gente les prodigaba. Nunca se les había apoyado mucho, pero el nuevo alcalde había manifestado ser un gran amante del arte de rimar. Los poetas esperaban con emoción los cambios que seguramente se avecinaban.

Hasta entonces cada poeta recibía mensualmente una pequeña moneda de oro que les permitía vivir con sencillez y dignidad y sin más preocupaciones que componer buenos poemas, aunque sin poder compararse con otros reinos. La población de poetas, sin embargo, había crecido y su fama iba en aumento. La ciudad se enorgullecía de sus versificadores, que le daban identidad y alegría. Por supuesto, había poetas buenos y malos. Incluso algunos vivales se hacían pasar por bardos para recibir regularmente las monedas de oro sin que nadie les conociera un solo verso. Pero la gran mayoría se esforzaba en realizar sus labores tan bien como sus talentos naturales se lo permitieran, y se daba el caso de algunos cuya fama rebasaba incluso los límites de la ciudad.

Por desgracia, en los últimos tiempos la situación económica del reino se había vuelto cada vez más mala. Algunos alcaldes anteriores y sus ayudantes, así como algunos malos ciudadanos habían acumulado riquezas y olvidado al pueblo. El clima cambiaba, las cosechas se perdían y la desigualdad crecía. La pobreza invadió el reino. El alcalde recortó los gastos públicos y los primeros en resentir la escasez fueron los poetas y juglares que antaño le daban fama a la ciudad. Con aflicción vieron que en lugar de sancionar a los abusivos que se habían enriquecido, se acusó a los trovadores y bardos de ser un clan privilegiado que no hacía nada por el pueblo. Se publicaron sus nombres en panfletos pegados por toda la ciudad. Se dijo que los poetas hacían turismo poético y siempre se transportaban en carrozas de lujo, por lo que se prohibieron los viajes a pueblos vecinos y se cancelaron recitales y lecturas poéticas.

Muy pronto la moneda de oro que recibían mensualmente se transformó en una moneda de plata y luego de cobre, y cada vez la moneda era más y más pequeña. Los poetas empezaron a padecer hambre. Unos emigraron a reinos vecinos y otros se dedicaron a labores muy alejadas de su arte para redondear sus ingresos. Entre los jóvenes, creció el desaliento y sólo aquellos con un gran amor a su musa y espíritu de sacrificio se entregaron a la poesía. Hubo oídos sordos a los que intentaron ser escuchados. Las asociaciones poéticas, peñas y tertulias pronto sucumbieron.

Finalmente, después de arduas discusiones, el alcalde anunció un buen día que pagaría algunas monedas adicionales a los poetas, pero sólo a aquéllos que dedicaran sus rimas a enaltecer al reino y se apegaran a estrictas normas de frugalidad. Además, se prohibirían temas críticos a la autoridad. Fue así como se impuso un estricto control sobre la actividad literaria para evitar que los poetas remisos cobraran las pocas monedas adicionales que el alcalde había prometido. Se le asignó a cada uno un lugar específico donde instalarse a esperar la inspiración, bajo un árbol, a orillas de un lago o en la mesa de una taberna.

Luego se les pidió dejar de usar tintas y utilizar en cambio colorantes y pigmentos extraídos de flores e insectos, así como pliegos y folios reciclados. Se dejó de adquirir los códices con versos de consagrados poetas foráneos, mediante los cuales los bardos solían inspirarse en los cantos y poemas de otros reinos. Prohibióse rimar después del ocaso para ahorrar en velas, cirios y candiles. Los pupilos y aprendices de juglares y poetas fueron despedidos y tuvieron que buscar otros oficios y senderos.

Se dedicaron jornadas enteras en el castillo para decidir la manera más conveniente de evaluar a los poetas. ¿Debía de contar menos un poema escrito en latín que uno en alguno de los antiguos dialectos locales? ¿Valdrían más si versificaban al estilo de antaño que con los métodos vanguardistas? ¿Era mejor un alejandrino provincial que un hexámetro con tema universal? ¿Equivalía una prosa épica de veinte estrofas a dos de diez? ¿Qué valor para el pueblo tendría cada yambo, espondeo o dáctilo? Se ponderaría cada estrofa de acuerdo con su rima y su importancia para la ciudad y el reino. Daríase más valor a los poemas que trataran de los grandes problemas nacionales, y menos a los soliloquios y cantos de amores frustrados. ¿Cómo pues evaluar el mérito de los versos y poemas?

Con el fin de realizar esta compleja labor de evaluación, el alcalde tuvo que contratar a un buen número de ayudantes. Los poetas, trovadores y juglares eran cada día menos y muchos abandonaron su arte para dedicarse a la labor mejor remunerada de ayudar al alcalde en la justa evaluación de los rimadores sobrevivientes. Ante tal situación, los trabajadores de la pluma adaptaron sus obras a las normas establecidas por sus benefactores. Por ejemplo, muy pronto se abandonó el género lírico y se popularizaron el himno y la oda. Los tradicionales dramas de desdichas e infortunios se abandonaron en favor del género vernáculo y se respaldaron los temas señalados como prioritarios por el alcalde y sus ayudantes.

La ciudad, sin embargo, se tornó silenciosa, oscura y triste y el clima cambiante, las cosechas perdidas y la desigualdad y la pobreza continuaron. Hasta los ruiseñores y jilgueros dejaron de trinar. La “ciudad de los poetas” pronto olvidó su nombre.

Cuenta la leyenda que en las noches de Luna llena, algunos viejos poetas se reúnen en un claro del bosque para componer versos como en los tiempos antiguos. Pero escriben sus poemas en las hojas de los árboles y el viento las dispersa a la mañana siguiente.

* Coordinador del Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM

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