Las 3 del día

Chapo Guzmán

El adiós del Chapo

Alejandro Hope

Hoy es la despedida de Joaquín El Chapo Guzmán. En el transcurso del día, conocerá la sentencia impuesta por la justicia estadounidense como castigo por múltiples delitos asociados al tráfico internacional de drogas.

No hay mucho suspenso sobre el alcance de la sanción: en términos de la ley federal de los vecinos, los delitos cometidos por el sinaloense acarrean una pena de cadena perpetua sin posibilidad de acceder a la libertad condicional.

Con alta probabilidad, será enviado a ADX Florence, una prisión de altísima seguridad (del tipo conocido como “supermax”) ubicada en el estado de Colorado. Allí tendrá de compañeros de reclusión a Theodore Kaczynski, el célebre Unabomber y Zacarias Moussaoui, uno de los responsables de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, entre otros.

Claro que difícilmente podrá interactuar con sus famosos compañeros de prisión. O verlos siquiera. Va a estar recluido por el resto de su existencia terrenal en una celda de 8 metros cuadrados durante 23 horas al día, teniendo apenas una hora para ver el sol y tratar de ejercitarse solo en un patio.

De aquí en adelante, el Chapo no verá más que a sus carceleros, sus abogados, su familia en algunas ocasiones, y los médicos que tendrán que atenderlo cuando su salud inevitablemente decline. Probablemente no vuelva a aparecer en público, salvo que el caso tenga un giro inesperado. Sabremos poco de él por años o tal vez nada hasta su último suspiro. Y la muerte tal vez le llegue como alivio.

¿Tendrá algún efecto disuasivo el castigo ejemplar a Joaquín Guzmán? ¿Alguien decidirá no entrar a la ilegalidad para evitar terminar como el Chapo, viviendo su vejez en una celda minúscula, desprovisto de casi cualquier contacto humano? Lo dudo. Siempre habrá alguien que se crea más listo o más suertudo o más brutal y que apueste a que él sí logrará morir en su cama de oro. O que decida jugársela para tener sus pocos años de rey. Y, al fin y al cabo, allí está Ismael El Mayo Zambada de contrapunto: un septuagenario con décadas en el narcotráfico, seguro en algún escondite de la Sierra Madre, disfrutando lo conseguido en una larguísima carrera criminal.


Cuando los vecinos se encuentran

PGR admite errores
Imagen de El Universal

Salvador García Soto

En el Reclusorio Norte de la Ciudad de México, por donde han desfilado infinidad de criminales y procesados por la justicia, conviven toda clase de personajes: desde peligrosos delincuentes confesos y sentenciados, narcotraficantes famosos, inocentes y pobres acusados sin dinero para defenderse, hasta políticos investigados por corrupción que llegan a purgar parte de su proceso judicial o su condena en la cárcel más sobrepoblada, hacinada y conflictiva de la capital del país.

Ahí han coincidido en tiempo y espacio lo mismo Rafael Caro Quintero y Don Neto, acusados por el Caso del “Kiki Camarena”, que Jorge Díaz Serrano, ex director de Pemex acusado de corrupción y desfalco a la petrolera nacional por su amigo José López Portillo o más recientemente, el ex gobernador panista de Sonora, Guillermo Padrés, que acudió por su propio pie a entregarse a esta cárcel, confiando en el consejo de sus abogados de que le fijarían una fianza y seguiría su proceso en libertad, pero una vez que entró por la puerta del famoso “Reno”, fue declarado consignado penalmente, sin derecho a fianza por delitos de corrupción y posteriormente trasladado al Reclusorio Oriente.

Hoy, en esta tristemente célebre cárcel del norte de la Ciudad de México, han vuelto a coincidir dos personajes de la política, uno que lleva ya dos años preso por delitos de lavado de dinero, delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita, Javier Duarte de Ochoa, y otro que apenas ingresó al penal el pasado 9 de julio, acusado por dos de esos mismos delitos, el abogado Juan Collado Mocelo.

Conocidos de la política y con varios “amigos” comunes, uno de ellos el ex presidente de la República, Enrique Peña Nieto, el ex gobernador de Veracruz y el ínclito abogado de los poderosos no sólo se han encontrado en sus ratos libres en el Reclusorio Norte, donde están ubicados en la misma zona, un área reservada y apartada de las secciones del penal donde se ubican los delincuentes comunes y más peligrosos, sino que además son vecinos de celda, por lo que han tenido tiempo de platicar en estos pocos días en los que han coincidido.


Colosio, Baja California y las ratas

Ricardo Rocha

Fue hace exactamente 30 años. Era 1989 y faltaba una semana para la elección en Baja California. Me pidió una cena urgente y discreta: “Nos van a ganar”, me dijo; “ya no tengo la menor duda”; “nos equivocamos de candidata con Margarita Ortega; “se la va a llevar Ernesto Ruffo del PAN”; “¿cómo la ves?”.

Le dije —y él lo tenía muy claro— que no había más que dos opciones: o se roban la elección como han hecho tantas veces o pasas a la historia como el primer presidente del PRI en reconocer una derrota.

También coincidimos en que podría ser el principio del fin de su hasta entonces brillante carrera política. La cancelación definitiva de sus aspiraciones a la Presidencia de la República. A pesar de todo, hubo de pronunciar aquella frase nunca antes escuchada en plena hegemonía priísta: “La tendencia electoral no nos favorece”.

“¡Colosio traidor!” fue el grito que surgió de los priistas rabiosos que se negaban a aceptar el resultado en medio de un incendio político. A esa furia interna y a la estupefacción externa hubo de enfrentarse aquel joven político sonorense que me distinguió con una amistad a toda prueba, de la que me sentiré siempre orgulloso.

Las vueltas que da la vida: a tres décadas de aquella gesta democrática, un robo democrático. Las ratas en lugar de los hombres. Baja California otra vez escenario, pero de la historia al revés. En 1989, el PRI autoritario, el de la Dictadura Perfecta, reconociendo la voluntad popular. Ahora en 2019, Morena, un partido supuestamente progresista, de izquierda e iluminado por la verdad absoluta, pisoteando los votos por dos años e imponiendo por tres años más a su candidato.

Ya hoy todos saben la aberrante trayectoria del señor —así con minúscula— Jaime Bonilla, cuyos únicos méritos son tener mucho dinero y ser amigo de viajes y palcos beisboleros del presidente López Obrador. Todo un cínico que con el apoyo hasta de la Secretaría de Gobernación operó en las sombras de la noche para que el Congreso de mayoría opositora —pero convencido con billetazos millonarios— aprobase una reforma para ampliar de dos a cinco años el periodo del gobierno para el que fue electo.


Las tres del día es un ejercicio de compartir columnas que tratan los temas más importantes del día. Pueden leerse en su totalidad en los links correspondientes.

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