Los presidentes populistas buscan la cercanía con la gente, la hace suya, es real y se convierte en poderosa. Mientras Enrique Peña Nieto manejó una comunicación rígida, desprovista de emoción y alejada del sentir de la sociedad; Andrés Manuel y su uso de aviones comerciales, su auto modesto, su gusto por mostrarnos que come en lugares sencillos y, lo han consolidado en la imaginación de muchas personas como un gobernante distinto y realmente cercano a la gente.
Es muy claro el enorme poder de desahogo que tiene el castigo retórico que los líderes populistas propinan a diario. El López Obrador en sus discursos matutinos casi siempre hay linchamientos verbales que rebasan los límites del abuso de poder. El morenista ha conseguido persuadir a la mayoría de que está siendo implacable con los gobernantes previos, los empresarios, los medios, los “neoliberales” y los “corruptos”. Esta “reparación simbólica” explica mucho de su alta aprobación.
El presidente ha asumido un arquetipo profundamente conservador de “padre severo” que cumple roles patriarcales de proveedor (trabaja duro desde muy temprano para ver por los “hijos buenos”) y guardián de la moral (castiga a los “hijos malos”). La gente lo valora por la bondad de sus intenciones, no por los resultados de sus acciones.
El presidente ha creado para ese fin un extenso catálogo de términos cargados de desprecio moral: “conservadores”, “mezquinos y neofascistas”, “corruptos”, “fifís”, “la mafia de la ciencia”, “machuchones” y muchos otros adjetivos que lo confirman como un “artista del insulto”. Él mismo ha dicho sonriente que “es un gozo” utilizar este tipo de palabras contra sus “adversarios”.
Al presidente mexicano es afirma un concepto al negarlo (“ya no voy a decirles prensa fifí”, “yo no me quiero reelegir”). Repite sistemáticamente mensajes simplificados (el más popular: “me canso ganso” – frase que significa “va porque va” o “porque lo digo yo”– una forma de argumento ad baculum, o apelación a la autoridad).
Andrés Manuel López Obrador y su gobierno están usando predominantemente técnicas de propaganda política, no de comunicación gubernamental. Mientras que esta última busca informar, brindar evidencia (datos), rendir cuentas y generar consensos sociales a favor de los planes de gobierno, la propaganda busca generar lealtad a una persona o partido usando el conflicto y el contraste mediante la activación de emociones, el manejo de símbolos y la polarización.
Desde el debate por la cancelación del nuevo aeropuerto se veía cómo las narrativas, opiniones… mejor dicho el “capricho” del presidente de México cerró los espacios para la deliberación sobre esa obra. Esta forma de tratar los asuntos públicos es la definición misma de la posverdad. La retórica también ha sustituido a la evidencia técnica en casos como el del Tren Maya y la Refinería en Tabasco. La posverdad se asoma en el ataque a órganos técnicos que contradicen al presidente (“son una farsa y los vamos a purificar”).
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