Imagen editorial que representa a un periodista analizando información en un contexto de saturación mediática. La fotografía acompaña el artículo “Los cínicos no sirven para este oficio” y refuerza la reflexión sobre ética, responsabilidad informativa y el impacto de la desinformación en medios tradicionales y redes sociales.
Por Demetrio Sodi
La semana pasada, la presidenta Claudia Sheinbaum se refirió al libro de Ryszard Kapuściński, probablemente el más famoso reportero de guerra que ha habido: Los cínicos no sirven para este oficio. El libro es un canto a la ética periodística y una referencia para ejercer el oficio, no solo de los periodistas, sino de cualquiera que informe con un mínimo de dignidad.
La referencia viene a cuento porque hoy, en nuestro país y probablemente en muchos países del mundo, la comunicación se ve solo como un negocio, en el que la información es un medio para hacer dinero, no para informar y educar a la gente. No creo exagerar al decir que la mayor parte de la información que recibimos son opiniones, sin ningún fundamento y, en muchos casos, con la conciencia de que la información no es cierta o, cuando menos, no hay certeza sobre lo que se informa.
En México, cada día es más difícil saber quién dice la verdad. Las mañaneras, desde el sexenio de López Obrador, son un espacio de propaganda política más que un espacio para informar realmente cómo está el país. Se tergiversa con frecuencia la información para minimizar los problemas y exagerar los resultados. Por eso, más allá de la popularidad de la presidenta, la gente tiene poca confianza en su palabra.
Algo similar pasa con los periodistas y comunicadores en los medios de comunicación. Ya no existen noticieros: tenemos espacios donde prevalece la opinión de los conductores y opinadores sobre la realidad de la información. El amarillismo que un día estuvo en el periódico Alarma hoy está en las páginas de Reforma y, salvo El Universal, las primeras planas de los demás periódicos parecen un portal del gobierno. Tampoco es aceptable que una concesión pública de televisión, como TV Azteca, se use para atacar al gobierno y como plataforma para una campaña política del dueño.
Y ya no se diga lo que pasa en las redes sociales. Es falso que sean un medio de información; desgraciadamente, son un medio de desinformación. Las descalificaciones, insultos y mentiras que se difunden en ellas, sin ninguna responsabilidad para quien las emite, no ayudan en nada a que la gente se informe. Con la inteligencia artificial se puede imitar la cara, el cuerpo y la voz de cualquier persona y hacerla decir lo que se quiera.
Si alguien quiere estar bien informado, no puede quedarse solo con lo que diga la presidenta en las mañaneras, con la lectura de un solo periódico, con la opinión de periodistas o analistas políticos, ni con lo que se difunde en las redes sociales. Para estar informado, hay que dedicar muchas horas del día a confrontar la información que se da en todos estos espacios.
Lo acabamos de ver con la última llamada de la presidenta Claudia Sheinbaum con el presidente Trump. Mientras la presidenta afirma que todo estuvo bien, analistas, opinadores y comunicadores creen y aseguran, sin tener ninguna evidencia, que el presidente Trump le colgó el teléfono y le entregó una lista de políticos relacionados con el narco. Ninguno de ellos estuvo presente en la llamada. Nadie, salvo la presidenta, el secretario y el subsecretario de Relaciones Exteriores, y el secretario de Seguridad, estuvieron ahí, y ninguno de ellos filtró la información. Sin embargo, lo afirman con tal seguridad que la mayor parte de la gente se lo cree.
Una condición que pone Kapuściński para que un periodista no sea cínico es que debe tener conocimiento real de la información que va a dar y apegarse a ella, dejando de lado opiniones o creencias personales. Ese debería ser el compromiso del gobierno y de todos los comunicadores: comprometerse con la verdad y dejar de dar opiniones. Todos deberíamos leer de nuevo a Kapuściński.
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