¡QUE SE VAYAN TODOS!

Caricatura editorial sobre la crisis de la clase política en México y el desprestigio de los políticos.

“Desde la Cancha”

Por Demetrio Sodi

Con este grito, los ciudadanos argentinos pedían en 2001 la desaparición de la clase política. Deben estar muy arrepentidos con la llegada de un payaso como Milei a la Presidencia.

Ese grito todavía no se ha escuchado en México, pero existe un rechazo generalizado hacia la clase política y hay quienes creen que ese sería el primer paso para superar la crisis que vive el país. El problema es que es imposible desaparecer a los políticos, ya que son, finalmente, quienes se atreven a participar activamente en la vida política nacional. Si se van todos, ¿quién queda? Por eso aquella frase resulta tan paradójica como cierta: “Qué malos son los políticos, pero qué bueno que haya”.

Siempre he coincidido con Dante Caputo, político, legislador y académico argentino, quien, al hacer un análisis de la democracia y de la clase política en América Latina, afirmaba: “Qué fácil es hacer la crítica detrás de un micrófono o de un periódico, pero qué mérito tienen aquellos que arriesgan su prestigio personal y, en ocasiones, su vida, para integrarse al gobierno y a la vida política”.

Yo valoro mucho las críticas de los periodistas y los analistas políticos, pero de poco sirven si los políticos y los partidos no son capaces de convertir esas críticas en acción política y propuestas. He oído decir a algunos periodistas y analistas que ellos son la verdadera oposición. ¡Qué soberbia! La crítica puede abrirle los ojos a la gente, pero no es una fuerza suficiente para cambiar un gobierno. La crítica, por sí misma, no consigue votos; son los políticos y los partidos los que pueden conseguirlos.

Sin duda, la clase política en el mundo, y especialmente en México, está muy desprestigiada, pero solo puede ser sustituida por una nueva clase política. Empresarios, intelectuales, académicos, periodistas y personas provenientes de cualquier otra actividad reniegan de los políticos, pero no se atreven a integrarse a la vida política. Además, en el momento en que entraran, se convertirían también en políticos ante la población y tendrían que cargar con ese mismo desprestigio.

Como político, es muy frecuente recibir críticas de la gente por el simple hecho de serlo. Sin embargo, ninguno de quienes critican está dispuesto a dar un paso más y participar en el gobierno o intervenir directamente en la vida política. Es muy fácil criticar, pero es muy difícil comprometer la propia vida para cambiar las cosas.

En nuestro país, algunos periodistas y analistas se han convertido en los principales enemigos de la clase política y de los partidos de oposición. Cada vez que hablan de ellos, hablan mal. En el fondo, con su crítica, le hacen el juego a Morena y dan prioridad a ese partido, como lo hemos visto con la difusión que han hecho de los nombramientos de las candidaturas a las gubernaturas.

Contrariamente a lo que dice la mayoría de ellos, en el sentido de que la oposición no existe, el próximo año la oposición puede ganar 12 de las 17 gubernaturas en disputa. Es muy diferente lo que ocurre en la política a nivel nacional de lo que sucede en cada entidad federativa. Los liderazgos locales no tienen presencia nacional, pero representan una alternativa real a nivel local.

Yo siempre he estado muy orgulloso de haber decidido participar en el cambio político del país y de haber sido funcionario público: director de Diconsa, funcionario del Gobierno de la Ciudad de México, diputado, senador y delegado. Nunca he tenido un problema ni una acusación durante 45 años, y me da mucho coraje escuchar los comentarios despectivos de periodistas y analistas sobre los políticos.

Es cierto que la clase política en nuestro país nunca había caído tan bajo como ahora, especialmente en el Congreso, con los diputados y senadores de Morena. La forma de elegirlos mediante encuestas, tómbolas o votos asegura un lugar para los más populares, pero no necesariamente para los más capaces.

En un país como el nuestro, con bajos niveles de educación y cultura política, la democracia lleva al gobierno y al Congreso a los más populares, no necesariamente a los más capaces. Pero, como diría Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”.

Por eso, si queremos un cambio, la única forma de lograrlo es votando.

Por eso, si realmente queremos un cambio, la única forma de lograrlo es participando. Y, sobre todo, votando.

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