Tras 16 años de una estrategia que ha depositado la responsabilidad de la seguridad nacional y pública en el Ejército, el país enfrenta un panorama desalentador. El artículo “Fracasó el Ejército”, publicado por Demetrio Sodi en El Economista, pone de manifiesto una realidad ineludible: la incapacidad de las Fuerzas Armadas para contener la violencia y debilitar la delincuencia organizada.
Desde el inicio de la “guerra contra el narcotráfico” bajo el gobierno de Felipe Calderón, la estrategia ha permanecido invariable, con resultados decepcionantes bajo las administraciones de Peña Nieto y López Obrador. A pesar de la creación de la Guardia Nacional, integrada mayoritariamente por elementos militares, los índices de violencia no muestran mejoría significativa.
La apuesta del presidente López Obrador por el Ejército y la Marina como punta de lanza en la lucha contra la delincuencia organizada se ha revelado insuficiente. A pesar de la creación de la Guardia Nacional, con una inversión sin precedentes y una cobertura nacional, los resultados no han estado a la altura de las expectativas. La reducción inicial del 20% en homicidios dolosos ha estancado en los últimos meses, evidenciando la ineficacia de la estrategia actual.
La delincuencia organizada, lejos de disminuir, ha diversificado sus actividades, extendiéndose más allá del narcotráfico e infiltrándose en sectores como el secuestro y el cobro de cuotas a diversas industrias. Ni el Ejército ni la Guardia Nacional están preparados para hacer frente a esta evolución del crimen.
Resulta preocupante que, en medio de las campañas electorales, los candidatos sigan apostando por una estrategia militarizada. Tanto Claudia como Xóchitl continúan respaldando a la Guardia Nacional como pieza central de su plan para pacificar el país, a pesar de su evidente fracaso.
Es imperativo un cambio de rumbo en la estrategia de seguridad. Los gobiernos estatales y municipales deben asumir un papel protagónico en la protección de sus territorios, con el respaldo del gobierno federal. La seguridad pública se construye desde la base, con la participación activa de las comunidades y el fortalecimiento de las instituciones policiales locales.
En conclusión, Demetrio Sodi considera que es hora de abandonar una estrategia que ha demostrado su ineficacia y adoptar un enfoque más integral y colaborativo para abordar la compleja realidad de la delincuencia en México.
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