
“Desde la Cancha”
Por Demetrio Sodi
No cabe duda de que la presidenta no entiende lo que quiere decir «soy mexicano». Al reivindicar nuestro pasado indígena, parece ignorar nuestra herencia europea, principalmente la española.
Yo no me siento español, pero tampoco me siento indígena. Tengo antecedentes familiares indígenas, españoles e italianos, pero lo que realmente soy es mexicano.
Mis ancestros españoles llegaron a México en el siglo XVIII. El padre de mi tatarabuelo llegó a Oaxaca en ese siglo y su hijo, Joaquín Guerqué, fue gobernador del estado en 1847. Mis antepasados italianos llegaron en el siglo XIX, también a Oaxaca.
Mi bisabuelo, Jacinto Pallares, era hijo de una mujer de origen indígena y fue considerado en su tiempo como uno de los mejores abogados del siglo XIX. El aula magna de la Facultad de Derecho de la UNAM lleva su nombre.
Admiro profundamente y me siento muy orgulloso, como mexicano, de las culturas indígenas. Desde niño, mi padre nos llevó a conocer las pirámides de El Tajín, Teotihuacán, Mitla y Monte Albán, así como el templo de Santo Domingo y el Zócalo de la ciudad de Oaxaca.
Aunque me siento particularmente identificado con mi pasado indígena, no puedo negar la herencia de la cultura europea. El idioma que hablamos es el español y nuestros apellidos, costumbres, religión, comida, música, fiestas y muchas de nuestras formas de vida tienen una profunda influencia europea. Los mexicanos, en nuestro origen, somos también resultado del encuentro entre españoles y pueblos originarios de México.
El gobierno, desde hace muchos años, ha tratado de minimizar la influencia española en el México actual y ha reducido, en ocasiones, la importancia de los tres siglos de la Nueva España. Sin embargo, basta recorrer la Ciudad de México o cualquier otra ciudad del país para encontrar la presencia de la época colonial y del virreinato en miles de edificios, iglesias, casas y espacios públicos.
Nuestra independencia fue convocada y consumada por mexicanos: no por indígenas ni por españoles peninsulares, sino, en buena medida, por criollos y mestizos nacidos en México. Si algo muestra lo que somos los mexicanos es nuestra cultura, construida a partir de múltiples raíces.
Ahí están los grandes muralistas: José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, entre muchos otros. Están también las películas y los personajes que marcaron nuestra cultura popular: Jorge Negrete, Pedro Infante, Sara García y tantos directores, actores y actrices que contribuyeron a construir una identidad cultural profundamente mexicana.
Son expresiones artísticas que tienen como centro al mexicano: una identidad propia que no puede reducirse ni exclusivamente a lo indígena ni exclusivamente a lo español.
Reivindicar las culturas indígenas es fundamental para entender de dónde venimos. Pero rechazar nuestra herencia europea sería también negar una parte de nosotros mismos.
Qué bueno que se difunda y se valore la herencia de las grandes culturas de nuestros antepasados indígenas. Pero lo mismo debería hacerse con nuestra herencia europea y con la historia de la formación del México actual durante la época colonial.
No se puede entender el México de hoy sin reconocer sus raíces indígenas, pero tampoco sin reconocer la profunda influencia española y europea que, durante siglos, contribuyó a formar la sociedad, la cultura y la identidad que hoy llamamos mexicana.



