
Desde la Cancha
Por Demetrio Sodi
Más allá de que tristemente perdimos contra Inglaterra, país donde se juega el mejor fútbol del mundo a nivel de clubes, el verdadero triunfador fue, sin duda, México. El fútbol y la Selección Nacional lograron unir y dar felicidad a los mexicanos como no se había visto desde hace mucho tiempo. La imagen que se presentó al mundo de nuestro país no fue la de la violencia, sino la de un pueblo alegre que sabe divertirse y aprovechar pacíficamente el momento.
Obviamente, esto no va a cambiar la realidad que vivimos, pero sí representa una bocanada de aire fresco en el día a día. En la vida nos enfrentamos a momentos de felicidad y también a momentos de dolor que no podemos evitar; sin embargo, los mexicanos sabemos aprovechar los buenos momentos para ser felices, aunque sea por unos instantes o por unos días.
He leído muchos artículos en los que se critica a quienes osaron olvidar por un momento sus dificultades o las que enfrenta el país para dedicarse a disfrutar los triunfos de la Selección, como si hacerlo fuera una irresponsabilidad o un pecado. Probablemente muchos de los que asistieron al estadio tuvieron que pedir prestado o vender algo para pagar el boleto, pero estoy seguro de que no se arrepienten. Según varios asistentes, fue la mejor experiencia que han tenido en su vida.
Los mexicanos somos fiesteros y hacemos fiesta hasta donde no la hay. El fútbol fue un pretexto para reunirnos y festejar. La alegría en el estadio, en el Ángel, en el Zócalo, en muchas plazas del país y en millones de hogares fue, sin duda, un escape y refleja, en gran medida, cómo somos los mexicanos. No se trata de ignorar los problemas de violencia, la inseguridad o la tragedia de los desaparecidos; se trata de aprovechar el momento para ser felices con la familia y los amigos.
Hace algunos años leí una encuesta sobre la felicidad que colocaba a los mexicanos entre los pueblos más felices del mundo, a pesar de las diferencias que existían en el acceso a los bienes básicos. Las principales razones de esa felicidad eran la familia y los amigos, con quienes se reunían todos los domingos para ver el fútbol.
Tienen razón las madres buscadoras al protestar por el olvido del gobierno, y también debemos respetar las marchas de los maestros. Pero todos tenemos que respetar los espacios de los demás. Somos un país muy complejo y muy diverso, por lo que, para mantener la unidad, todos debemos respetar los derechos de los otros. No es posible que un grupo, del tamaño que sea, pase por encima del derecho a la movilidad del resto de la población mientras el gobierno permanece con los brazos cruzados.
Las concentraciones por los triunfos de la Selección volvieron a enseñarnos que, más allá de las diferencias sociales o políticas, los mexicanos sabemos unirnos. Lo hemos hecho para celebrar un triunfo y también para solidarizarnos frente a una desgracia, como ocurrió tras el terremoto de 1985 o con la devastación provocada por el huracán en Acapulco, cuando millones de personas donaron alimentos, medicinas y ropa.
El mexicano busca la felicidad y, en cuanto encuentra un espacio para alcanzarla, no se contiene y, en muchos casos, se desborda. Eso le permite sobrellevar sus problemas. A todos nos ha tocado asistir a unos quince años, a una boda o incluso a un velorio en el que la familia no cuenta con los recursos suficientes para afrontar ese gasto, pero aun así se endeuda y lo lleva a cabo. Seguramente un extranjero no lo entendería, pero nosotros lo vemos como algo normal, igual que comprar un boleto para un partido sin tener los ingresos suficientes para pagarlo.
Todo lo anterior viene al caso porque varios intelectuales, analistas y activistas critican esos momentos de felicidad. Se preguntan cómo es posible que existan en un país con tantos problemas. Yo les respondería: dejemos que la gente festeje y aproveche el momento. Sabemos que después de la borrachera viene la cruda; mientras tanto, déjennos seguir bebiendo, aunque sea por unos días, de esta felicidad.



