
“Desde la Cancha”
Por Demetrio Sodi
Desde que tomó posesión como presidenta de la República, Claudia Sheinbaum ha tenido tras de sí la sombra de Andrés Manuel López Obrador. Su estrategia ha sido inteligente: sabía que no podía enfrentarse al expresidente y que le convenía más apoyarse en su fuerza y en su popularidad. Al mismo tiempo, ha ido modificando poco a poco la forma de gobernar.
Tuvo que cumplir —o adoptó por convencimiento o conveniencia— la agenda de cambios constitucionales que dejó pendiente López Obrador; pero, al hacerlo, afectó, probablemente para todo su gobierno, la confianza del sector privado y de los inversionistas.
En seguridad, su estrategia es radicalmente diferente a la de “abrazos y no balazos”. Ha reconocido el problema de los desaparecidos, que ignoró su antecesor; ha tomado en serio el desabasto de medicinas y el acceso a la salud, y ha dejado de lado la fanfarronería de López Obrador de que nuestro sistema de salud era mejor que el de Dinamarca. En educación, quitó al responsable de los libros de texto y está aumentando la oferta educativa.
El contraste mayor ha sido en la relación con el sector privado. Sabe que, si no hay inversión, no habrá crecimiento económico ni empleo, y ha dedicado gran parte de su tiempo a convencerlo de invertir. La incertidumbre en torno al tratado comercial con EUA y las reformas constitucionales —en especial la reforma al Poder Judicial— han minado su esfuerzo por recuperar la confianza perdida durante los seis años del gobierno de López Obrador.
La presidenta ha gobernado en el filo de la navaja: sin enfrentarse a López Obrador, pero modificando de raíz la forma de gobernar. Ese espacio, sin embargo, ya se le acabó con la denuncia del gobierno de EUA contra el gobernador y el senador de Sinaloa. Está contra la pared: o queda mal con EUA o queda mal con Morena y sus principales cuadros políticos.
No la tiene fácil. El gobierno de EUA no estará conforme hasta que se extradite al gobernador y al senador, y es probable que ella no tenga la fuerza para hacerlo sin entrar en una severa crisis en su gobierno y en su partido. Puede haber —y ella lo sabe— una rebelión de gobernadores y legisladores si accede a la extradición para evitar un enfrentamiento con el gobierno de Donald Trump.
Sus primeras declaraciones han sido bastante torpes: compró las versiones del gobernador y del senador de Sinaloa, quienes sostienen que la denuncia de EUA es un acto político en contra de la Cuarta Transformación y de su líder máximo, López Obrador. Se equivoca. El gobierno de ese país aprovechó la muerte de dos agentes de la CIA para presentar denuncias por actos de corrupción y protección al narcotráfico que tenía preparadas desde hace tiempo. Lo que es seguro es que aquí no termina la embestida contra el gobierno de México: es probable que surjan otros casos para obligar al gobierno a permitir la presencia de agentes de ese país en territorio mexicano.
La presidenta está contra la pared. No podrá evitar la extradición y, si lo intenta, provocará un gran problema en su gobierno y en su partido. La única salida que tiene —para no entrar en una crisis profunda de gobernabilidad— es apoyarse en López Obrador, quien, quiera o no, es el único que puede sacarla del atolladero.



